exposición retrospectiva de joan colom

El fotógrafo de las prostitutas deja de ser un mito

El ladrón se despierta pronto el sábado. No hay nada como el lumpen a primera hora, cuando los vómitos están recientes y los últimos billetes acaban
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    El ladrón se despierta pronto el sábado. No hay nada como el lumpen a primera hora, cuando los vómitos están recientes y los últimos billetes acaban en los bolsillos de las faldas de las prostitutas del Barrio Chino de Barcelona. Se envuelve en su gabardina gris y se hace invisible. Es el color de las calles que visita, del alma de quienes las transitan. Él no es uno más, es el más gris de todos: de lunes a viernes contable atado a la pata de la mesa de su oficina; de sábado a domingo cazador de los esputos sociales.

    Joan Colom (Barcelona, 1921) hizo en siete años todas las fotografías que le han abierto las puertas de la fama, del reconocimiento y del miedo. Cuando aquella prostituta denunció a Colom por publicar su imagen en el mítico libro ilustrado de Camilo José Cela, Izas, rabizas y colipoterras, acabó con la afición fisgona del fotógrafo de afición, que tardaría 20 años en desempolvar su cámara para volver a sus calles y sus personajes.

    Cinco décadas de trabajo silencioso, casero y privado, que el cazador gris fue acumulando en sus cajas y cajones, en la soledad de su cuarto. Un tesoro familiar que donó el año pasado al Museo Nacional de Arte de Cataluña, que este jueves inaugura una extensa exposición dedicada a la actividad de Colom. Desde su archivo y desde sus imágenes.

    “Hemos incluido muchas vitrinas para mostrar sus archivos, sus álbumes, los reencuadres que hacía de sus fotos… es una manera de acceder a su cabeza y a su método de trabajo. En realidad, mostramos cómo piensa”, cuenta Jorge Ribalta, comisario junto a David Balsells de la muestra. No es un pensamiento exclusivo, sino sintomático de una época, compartido y formado junto a sus compañeros fotógrafos.

    El fin del mito

    Enseñar las tripas del mito para devolverlo a la tierra. “El grueso de las copias estaba organizado en una serie de álbumes. Se trata de álbumes de anillas, muy sencillos, de uso habitual como álbum familiar doméstico de consumo masivo, de venta en las cadenas comerciales y tiendas fotográficas”, de los de hojas plastificadas. En el catálogo de la exposición también se deja ver que el archivo es una maraña incomprensible para todo aquel que no se llame Joan Colom.   

    El archivo consta de 9.000 copias en papel –sólo una pequeña parte, unas 1.000 son en blanco y negro-, unos 7.300 negativos de 35 mm montados en marquitos de diapositivas y algo más de 2.400 negativos del mismo tamaño cortados en tiras, y algo más de 300 hojas de contactos. El zoo humano de Colom cabe en 300 hojas de contactos.

    En esos papeles caben sus fotos entre 1957 y 2010. Colom distribuyó las fotos por sus carpetas, según 31 temáticas diferentes, desde “Plaza real”, “Raval”, “Rambla” a “Marginados”, “Mendigos”, “Niños”, “Amor”. Pero prostitutas, no. Es la parte más importante de su trayectoria, las escenas a las que más se ha dedicado, pero nada. “Hay un placer por mirar a las mujeres que está a lo largo de todo su trabajo”, explica Ribalta. “Hay una profunda ambigüedad en el trabajo de Colom. Mantiene una relación autoritaria con sus propios sujetos. Tiene una mentalidad que ha vinculado a la prostituta con los mendigos y borrachos, pero ellas no tienen nada que ver con la gente que vive en la calle.

    "Hay un problema de política de la representación en la manera en que pone en un mismo plano a los pobres, los sin techo, las trabajadoras sexuales y los diversos personajes que pueblan la calle. esta homogeneización de las diversas formas de marginación expresa una mentalidad, acaso dominante, de la calle como caos que es opuesta a una comprensión del espacio público como espacio de libertad", dice. 

    El arte de la desaparición

    “Colom es políticamente muy ambiguo, porque sus imágenes se identifican con la visión de la prostituta, pero al tiempo explota la imagen de ella, con lo que de alguna manera también la chulea. Es un gran fotógrafo conservador en el tratamiento del espacio público”, dice. Ribalta destaca como gran mérito del fotógrafo su capacidad para meterse en los “microacontecimientos” de manera muy eficaz. “Mete la cámara a 20 centímetros de las esposas. Tiene una capacidad de hacerse invisible en situaciones que pasan muy rápido, porque es un virtuoso en la captura de los momentos efímeros”, ese es el gran valor según el comisario.  

    El hecho histórico y documental es: el mismo fotógrafo visitando las mismas calles durante décadas. De la dictadura a la democracia. Primero en los cincuenta, luego 30 años más viejo. Vuelve al mismo sitio, trabaja de la misma manera. “Él no se ha movido, ha sido la realidad la que se ha trasladado”. Colom interviene con la poética del humanismo del momento en los desheredados, con visión clandestina, aplicando una poética del inframundo.

    Ribalta cuenta la importancia de contar con el archivo personal al completo para levantar el relato de la obra y el contexto histórico de este fotógrafo. Es un hecho decisivo e inédito en la historia de la fotografía en España. Con este material se ha montado la tercera gran exposición del considerado uno de los grandes nombres de la fotografía de los cincuenta, junto a los de Catalá-RocaMiserachsMasatsMaspons o Terré.

    La diferencia con el resto de compañeros de generación es que hemos ido conociendo su trabajo poco a poco. La primera muestra, en 1999, en el MNAC, que consistió en la reconstrucción de la muestra de Colom en la Sala Aixelà, en 1961; la segunda, en 2004, en la Fundación Telefónica, organizada por el Ministerio de Cultura para celebrar su Premio Nacional de Fotografía, que se centraba en la actividad del Barrio Chino.

    El miedo del fotógrafo

    Las tres han estado al cuidado y bajo la responsabilidad de Ribalta y Balsells. Para el primero Colom es el fotógrafo español mejor considerado de aquella generación porque “le hemos aprovechado poco a poco”. “Se ha historizado mejor que el resto”. Es decir, que no le gastaron los cartuchos a la primera. “Además, del resto hemos perdido el sentido histórico de su trayectoria, se ha malinterpretado y despilfarrado. El efecto de Colom dentro y fuera del país es el resultado de un enfoque museográfico que ni siquiera ha tenido Catalá-Roca.

    La muestra, que permanecerá abierta hasta el 25 de mayo, descubre el trabajo tardío, aún inédito, realizado a lo largo de las tres últimas décadas y en color. Esta parte ha sido cubierta con 200 imágenes, que saturan las paredes. La salud de Colom, cuenta Ribalta, ha empeorado del verano a esta parte y lamenta no ver la reacción del maestro cuando se enfrentara a la sala de sus trabajos más recientes. Él nunca quiso enseñarlos, porque hay fotos de mujeres que todavía trabajan la calle. Los responsables de la muestra han tenido que pedir permisos para evitar los mismos problemas que tuvo el fotógrafo en su día. “Tenía mucho miedo”, dice.  

    La importancia de esta exposición es la valentía con la que se ha tratado la figura del homenajeado. Es expuesto desde sus contradicciones, sin dulcificar nada. Ni sus tendencias, ni lo que bebió de su grupo. La línea de flotación del mito ha caído y desmontada la imagen del genio que aparece por generación espontánea. Un gran autor no es alguien sin vínculos con otros artistas, y al mostrarlos no se reducen sus logros. Se ensalzan.

     

    * Por petición de Jorge Ribalta, el autor de este artículo accedió a sustituir unas declaraciones con las que el comisario no se sentía cómodo, dos días después de haber sido realizadas. La frase sustituida hacía referencia a la mentalidad pequeño burguesa, sexista y clasista del fotógrafo.

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