retrospectiva de cinco décadas de obra

Nicolas Muller, el fotógrafo olvidado de la posguerra española

Esta es la historia de un fotógrafo enterrado por la Historia. Nicolás Muller, nacido el mismo año que Robert Capa y pionero documentalista en España
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    Esta es la historia de un fotógrafo enterrado por la Historia. Nicolás Muller, judío húngaro (nacido el mismo año que Robert Capa), formado en la Bauhaus, reprimido por la exaltación nacionalista húngara en tiempos de Hitler por un reportaje comprometedor, víctima superviviente del nacismo y residente en España desde 1947 después de pasar por Francia, Portugal, Marruecos. La de Muller es una de tantas biografías olvidadas con injusticia.

    Hace unas semanas se celebraron los 100 años del nacimiento de Capa, que ha pasado como el único húngaro con una cámara entre las manos. Pero Muller y Capa eran los cachorros de un árbol genealógico de fotógrafos excepcionales, encabezados por Brassaï (1899-1984), Martin Munkácsi (1896-1963) y François Kollar. Capa iba a guerras y Muller visitaba pueblos de la España profunda. Nadie hace sombra a la muerte en las portadas.  

    Chema Conesa es el responsable del nuevo rescate de una figura esencial en el desarrollo y evolución de la fotografía documental en este país. La última exposición protagonizada por su mirada la organizó el Museo Reina Sofía, en 1994. Eran otros tiempos.

    Nuevas fotos

    Niños en Marsella, en 1938. Nicolás Muller.
    Niños en Marsella, en 1938. Nicolás Muller.
    Ahora, casi veinte años después, y sin haber logrado cambiar el reconocimiento de la influencia de Muller, la Sala Canal de Isabel II, de la Comunidad de Madrid, insiste (hasta el 23 de febrero, luego viajará al Jeu de Paume de París) con una nueva retrospectiva. Pero con novedades: Conesa cuenta a este periódico que ha tenido la oportunidad de trabajar en los archivos del fotógrafo fallecido hace trece años y ha descubierto cerca de 40 imágenes nuevas.

    Muller fue la ventana abierta a la modernidad en nuestro país, uno de los máximos representantes de la fotografía documental de entreguerras, que junto con Francesc Catalá-Roca (1922-1998) reflejó la variada realidad española de los cincuenta y sesenta. “Pero Muller se adelantó una década”, explica Conesa, con cuidado para no levantar ampollas.

    “Ha pasado de puntillas por la historia de la fotografía y fue el responsable de trasladar a España la nueva corriente fotográfica que bebió de los artistas exiliados en París”, explica el comisario de la muestra. “La fotografía en España en el año 47 ofrecía un aspecto bastante oficinal”, se lee en la sala, en un testimonio de Muller rescatado, en el que aclaraba que la foto entonces no era valorada ni atendida.

    Pionero en el desierto

    Él tuvo que inventárselo todo. La principal referencia de la foto de aquella época era José Ortiz-Echagüe (1886-1980), monarca del pictorialismo fotográfico, de honorable visión periclitada en el resto de Europa. El atraso era notable y Muller introdujo el nuevo documentalismo, primero en el protectorado de Marruecos, donde el secretario de Ortega y Gasset le encarga crear una imagen cosmopolita del último reducto colonialista español. Se utilizó la modernidad de su propuesta para hacer una buena propaganda.

    Tánger, en 1942. Nicolás Muller.
    Tánger, en 1942. Nicolás Muller.
    “Pero cuando llega a España se hace más amable, da un paso atrás. Se dulcifica”, afirma Conesa, que destaca la habilidad de nuestro fotógrafo para el retrato de niños. Aquí se dedica a trabajar con revistas y editoriales, y abre un estudio en el que se dedica al retrato comercial. El resultado es un inigualable documento donde aparece la generación de intelectuales y artistas de su tiempo.

    Atrás quedan los trabajos más arriesgados de Muller. Aquellos que más se identifican con lo que escribió Robert Doisneau, en 1979, en Diálogo con la fotografía: “Me siento socialmente responsable y además fotógrafo comprometido. El fotógrafo comprometido puede revelar cierto aspecto de las condiciones de la vida humana allí donde va. Hay fotógrafos que hicieron esto y creo que es uno de los grandes méritos de la fotografía. El hecho de que el fotógrafo pueda tener esta responsabilidad social es muy importante, porque estará mostrando algo que la mayor parte de la gente objeta y tal vez quiera ocultar”.

    Represión nazi

    Precisamente, esos mismos trabajos son los que le forzaron al exilio. En Hungría se ejercitó en una sincera preocupación por el ser humano, por tratar de resolver esa fórmula secreta que es el ser humano, compuesta de miseria y orgullo a partes iguales. No se conformó con el folclore y ejecutó un retrato de las profundidades de su país con toda la crueldad que le permitía la verdad. No se lo consintieron y la derecha húngara -pro Hitler- acusó al equipo de la publicación de antipatriotas.

    Argamasilla de Alba, en 1957. Nicolás Muller.
    Argamasilla de Alba, en 1957. Nicolás Muller.
    Conesa ha incluido una vitrina en la presenta la documentación de su peculiar periplo, con los carnets de las universidades por las que pasó, un libro de recortes que hizo mientras trabajaba en Austria, compuesto a base de recuerdos. El director de cine Gonzalo Suárez también tiene recortes de la vida de Muller, porque le conoció una vez se retiró en los setenta a un pueblín de Asturias, Andrín, cerca de Llanes.  

    “Era un cazador de los de antaño. Hubo un tiempo en el que el fotógrafo calculaba las fotos que disparaba”, cuenta el cineasta a El Confidencial. Recuerda que le contaba que ya estaba cansado de la fotografía. Suárez le invitó a participar en su película Mi nombre es sombra (1995), en la que se mete en el papel –imagínense- de un fotógrafo. Hizo lo mismo con Catlá-Roca, en Ditirambo (1969), pero a éste le convirtió en boxeador gracias a su perfil chato. “Era un hombre con mucho sentido del humor, sardónico, y un excelente conversador”, le recuerda.

    “Yo siempre creí que el fotógrafo tiene en sus manos un medio único para reflejar la realidad y la cámara debe tener una especie de fidelidad notarial y hacerlo, además, en una cierta dirección estética”, explicó Muller, que abría a la imagen de testimonio la puerta del arte. Algo incomprensible en la obra de Catalá-Roca. Muller evitó y superó el tópico, esmerándose en las composiciones que siempre pertrechaba con una cámara de seis por seis. Un formato que le restaba inmediatez, pero le hacía insuperable en el rigor. “Hay que estar preparado para no preparar la fotografía”
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