De Paul Bowles (Nueva York, 1910-Tanger, 1999) sabíamos que es una leyenda de la literatura de viajes. Que es el escritor estadounidense nómada por excelencia. Que es el autor de una novela autobiográfica de referencia, El cielo protector,  llevada al cine por Bernardo Bertolucci en 1999 y ambientada en el desierto marroquí. Que se instaló en Tánger y recibió allí en los años cincuenta a la crema de la intelectualidad bohemia/gay: Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Truman Capote, William Burroughs, Jack Kerouac, Gore Vidal, Djuna Barnes y Cecil Beaton.  

Lo que desconocíamos era su habilidad para burlar las colas en la verja de Gibraltar... ¡en 1964! Escuchen: "Estaba eufórico con mi suerte en La Línea. Los españoles han iniciado un programa de hostigamiento oficial a los automovilistas en la frontera entre Gibraltar y España. Con detener, de forma arbitraria, un coche en la aduana durante un cuarto de hora pueden provocar un atasco impresionante; el objetivo es desalentar a la gente que quiere cruzar la frontera en coche. Si hay un mínimo de tráfico, la espera puede ser interminable. No es inusual pasar seis o siete horas sentado en La Línea. Siguiendo el consejo de mi chófer, salimos muy temprano por la mañana y sólo había dos vehículos delante de nosotros. Treinta y cinco minutos después habíamos pasado la barrera".

Así arranca el artículo Zany Costa del Sol, publicado originalmente en 1965 en la revista Holiday y recuperado ahora en Paul Bowles. Desafío a la identidad (Galaxia Gutenberg, 2013), que reúne por primera vez sus escritos completos sobre viajes. Un paseo por Marruecos, el Sáhara, la India, Ceilán, Tailandia, Estambul, Kenia y Costa Rica en el que, ay, España se lleva la palma por su excentricidades.  Porque a Bowles le parecía una extravagancia el modo en que las autoridades franquistas hinchaban la burbuja del ladrillo como si no hubiera un mañana.

El primer viaje de Bowles a la Costa del Sol data de 1934, aunque entonces ni siquiera se llamaba así: era la nadaEl primer viaje de Bowles a la Costa del Sol data de 1934, aunque entonces ni siquiera se llamaba así: era un no-lugar. "En aquella época no tenía nombre y nadie parecía considerarla una entidad", escribe. Lo que se encontró cuando bajó en coche de Granada a Motril y procedió bordear la costa hasta Gibraltar fue... la nada. A la nada es difícil sacarle rentabilidad económica, pero la descripción de la nada despierta la nostalgia de lo que fue y ya no es: "Grandes montañas yermas por la parte norte; entre sus estribaciones y el Mediterráneo, una planicie levemente inclinada donde crecían higos, aceitunas, caña de azúcar, alcornoques y pequeños pinos. De vez en cuando un camino largo, con palmeras a ambos lados, conducía a un granja aislada. Aquí y allá, un camello enganchado a una mula tiraba de un arado. Lo impresionante de aquel viaje eran los doscientos veinticinco kilómetros de costa mediterránea, cuya arena parda no se había usado nunca, más que para poner a secar las redes y varar los barcos de pesca", escribe. Es decir, entre la nada y el paraíso en la Tierra.   

A Bowles no le gustará nada lo que se encontrará allí tres décadas después. Entre medias Franco había ganado la guerra y del autarquismo/aislamiento habíamos pasado al desarrollismo/turismo. O la apertura de la economía española al exterior y la apuesta por convertir el país en la playa de Europa. La Costa del Sol ya tenía nombre e identidad definida.  El cambio fue tan brusco que a Bowles, que había pasado por allí en 1961, le pilló el toro del turismo en 1964: "Desde entonces esa franja de costa se ha convertido en el lugar de Europa con el auge más espectacular de sus bienes raíces. Cuando una región crece así de rápido puede cambiar de aspecto cada pocos meses; y hacía más de tres años que no había visitado la Costa. Ya en 1961 el rebuzno del burro había sido eclipsado por el estruendo del tráfico. Hoy en día la transformación ha ido mucho más lejos; en algunos puntos de crucial actividad hay un caos de pequeños camiones, grúas, mezcladoras de cemento y tuberías de alcantarillado. Nivelan las laderas, llenan las depresiones y amplían las carreteras. Y por todas partes se erigen cajas de cemento".

Paul Bowles estuvo allí. En ese momento decisivo en el que un país cambia de identidad sin saberlo. En el preciso instante en que España, cuyo motor económico seguía siendo entonces la industria, empezó su acelerada carrera por transformarse en país de servicios. El pistoletazo de salida a lo que acabó siendo el milagro español. La apuesta por el monocultivo del ladrillo con única vía para el éxito y el desastre. Nuestra salvación y nuestra condena.  

Es sabido que el inicio de la planificación urbanística de la costa se caracterizó precisamente por su falta de planificación. O si prefieren por la arbitrariedad, el caos y el vale todo de los primeros años, cuando el negocio iba unos metros por delante de la regulación. "Los extranjeros que llevan en la zona diez años o más se consideran viejos residentes; están indignados de que Torremolinos se haya convertido en algo más parecido a Las Vegas... Torremolinos ha marcado el estilo en toda la costa; allí donde empezó el boom y donde las construcciones caóticas y aleatorias, por llevar más tiempo en proceso, han alcanzado proporciones monstruosas", cuenta.

Entonces, no obstante, la cosa aún tenía arreglo. Aún no se había llegado tan lejos como para no poder volver atrás.  El escritor dudaba entre creer que el delirio urbanístico era demasiado evidente como para no caer por su propio peso y pensar que la turistificación de España era inevitable. He aquí Paul Bowles en modo profético: "Me inclino a esperar que la fiebre de Torremolinos sea aún más furiosa. Tal vez si llega a un extremo cuyo absurdo sea patente para los propios españoles se tomen las medidas necesarias para proteger otras partes del país e impedir que sufran el ataque de una plaga arquitectónica similar. Parece probable que un día toda la Costa del Sol tendrá el mismo aspecto anárquico que la actual franja de tres kilómetros de Torremolinos; ninguna planificación puede salvarla ahora".

Lo que estaba claro es que España, abrazada a la casa del turismo de masas, ya no era país para bohemios.  Entre tanto ladrillo, la intelectualidad extranjera ya no reconocía a la España misteriosa con un pie en Europa y otro en África. El nuevo exotismo era el skyline de Torremolinos, y no le veían la gracia. "Parece que Miss Honor Tracy, la novelista, sufrió un shock traumático cuando regresó a Torremolinos tras varios años de ausencia. 'Verlo ahora -escribió- es como mirar la cara de un amigo que no padece un único mal, sino todos los males de la piel: verrugas, quistes sebáceos, furúnculos, viruela, lepra y lupus". Traducción: que a Miss Tracy no le agradaba el nuevo Torremolinos. Esta no es mi España que me la han cambiado.

La función acaba, como quizás no podía ser de otra manera, en Marbella.  Si su descripción de la verja de Gibraltar podría aparecer perfectamente en un periódico de 2013, qué decir de su visión de la Marbella de 1964: "Si Torremolinos es Miami, Marbella, entonces, bajando por la costa hacia el oeste, es Palm Beach. Su lista de propietarios brilla con títulos y fortunas, e incluye nombres como los duques de Alba, el príncipe y la princesa Bismark, los marqueses de Villaverde, y el duque y la duquesa de Windsor. Alardea de tener el mejor clima invernal de Europa y, en este momento, se considera como el lugar de residencia más elegante de la Costa del Sol. Eso se refleja en los precios: hasta en el supermercado, son entre un diez y un veinte por ciento más altos que en otros pueblos de la zona".

Para rematar, un cotilleo sobre el príncipe Alfonso Hohenlohe, constructor y dueño del Marbella Club Hotel, al que la historiografía marbellí señala como el cerebro gris de la conversión de la ciudad en lugar de esparcimiento la jet set. Bowles recoge en el libro unas palabras de Hohenlohe en las el príncipe detalla uno de aquellos momentos fundacionales en los que Marbella se convirtió en lo que es hoy: "Compré la tierra cuando estaba a cincuenta céntimos el metro cuadrado y la vendí por dos mil pesetas el metro cuadrado. Cuatrocientos mil por ciento", de beneficio para su alteza serenísima.