Refuerzos en la sala once. La vigilante corre hacia allí, cruzando como puede la marea de público que se apila en las estancias de la exposición. El aforo está regulado, hay pases cada media hora, pero sólo se controla la entrada, no la salida. “Bajad la voz”, reclama disciplina a los visitantes del museo. Explica que si siguen hablando tan alto, la gente con audioguías no escuchará nada. Ahora exige a un par de señoras que respeten la línea del suelo. No deben cruzarla, no pueden acercarse tanto a la pintura. Pero Dalí, demonios, es un pintor de detalles, de secretos escondidos entre todo ese ruido de sueños y pesadillas. Sus cuadros reclaman cercanía.

Los cuerpos se arquean, los pies quedan detrás de la línea y el resto se aproxima todo lo que le permite su maltrecha flexibilidad. Es una nueva prueba deportiva. Y cuando la nariz está sobre el cristal o la materia de la pintura el juez salta y sanciona. “¿Lo más absurdo que me ha pasado con esta exposición? Un señor que decidió pasar sus dedos por el cuadro. Le llamé la atención, no podía creer lo que estaba haciendo. Me respondió que necesitaba saber de qué material estaba hecho”, cuenta la vigilante que esta mañana está en la sala uno, completamente abarrotada de gente

Hay más de diez personas mirando al tiempo el mismo cuadro. Unos se acercan, se agachan, buscando esas minúsculas sorpresas que Dalí reserva para los más curiosos. Pero Wally no aparece. Es inevitable recordar el inicio de las exposiciones de masas, cuando en 1974, en un préstamo sin precedentes, La Gioconda, llega a Japón como embajadora francesa –tras su paso por los EEUU y Moscú– y atrae a 18.881 visitantes diarios que rinden culto al retrato. Ante la avalancha, las autoridades programan para cada uno de los japoneses diez segundos de mirada. A los disminuidos físicos se les prohíbe el acceso para que no interrumpan el tránsito, hasta que las quejas logran que un día a la semana se dedique sólo a ellos. El cálculo del Louvre es que en la actualidad pasan delante de ella unas 20.000 personas por jornada.

Cifras de mareo   

Esta semana el Museo Reina Sofía informaba de que más de 630.000 visitantes han pasado hasta julio (a ver la retrospectiva de Sorolla, en El Prado, en 2009, acudieron 459.000) por las once salas dedicadas al provocador maestro, pero hubo un tiempo en el que los taxistas no sabían dónde quedaba si les pedías que te llevaran hasta allí. Eran años en los que el público sólo tenía ojos para los grandes maestros antiguos.

Dos décadas más tarde, y algunas exposiciones que han colocado al viejo hospital en el mapa de las referencias culturales, los artistas contemporáneos han encontrado su hueco y a sus adoradores. El primer hito fue la retrospectiva de Antonio López (año 1993), luego vino Picasso. Tradición y vanguardia (2006) y, ahora, Dalí, con un subtítulo menos directo: Todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas.

Desde el rellano de los ascensores en la planta tres, se ve cómo la larga fila repta y se adapta a las esquinas de la plaza de la entrada principal al museo. A primera hora la espera no lleva más de una hora. Hasta el almuerzo, hora punta. Hay informadores que responden a las dudas de la gente. En el hall de entrada, las taquillas están saturadas. La segunda fila de la jornada se crea en los ascensores. Mucho zapato con calcetín negro deportivo, carritos de bebé y sandalias. Menos bermudas de lo que podría esperarse en un día con tanto calor.

“Donde tú ves una puerta él ve otra cosa”, resume una señora jubilada señalando el acceso al elevador. Viene con su hija, es la segunda visita a la exposición y esta vez quiere verla con tranquilidad. Un vistazo a la cola que se ha formado hace suponer que su suerte no va a mejorar. Se definen como dos fanáticas de Dalí desde su visita el verano pasado al Museo de Figueres. “Es un pintor que…”, y la frase la acaba su mano en dando vueltas en el aire, dando a entender que fue un adelantado, un loco, un genio. 

Buenas cuentas

La vigilante que negocia la entrada a las salas: “Ya sólo falta lo peor”. Se refiere a las dos semanas que faltan para que la muestra desaparezca del cartel. A este ritmo, la exposición podría llegar a los 800.000 visitantes (en el Pompidou de París, cerró con 790.090). No hablamos de récords. Hablamos de densidad de población por metro cuadrado y de financiación: la entrada general de 8 euros lleva un suplemento de 2 euros más para ver la muestra del pintor, además se han vendido más de 18.000 audioguías en estos tres meses –a 4 euros cada una-. Por cierto, a las dos de la tarde se han vendido todas las entradas para el día. Aforo completo. Dalí ha inaugurado un nuevo mundo en el Museo Reina Sofía, con cifras insólitas que ayudarán al saneamiento de las cuentas.

La sala uno es una fiesta. El silencio de las galerías que dan al patio interior del edificio Sabatini salta por los aires al entrar en la estancia donde se encuentran las primeras pinturas de Dalí. En las mismas habitaciones, con otras exposiciones, una tos inesperada era capaz de asustar; ahora el barullo se ha quedado con todo el silencio.

“¿Ves ese cuadro de ahí? ¿Y a esa compañera junto a él? Ese es un puesto fijo, porque la gente pasa por allí y ni lo ven. Lo golpean con los bolsos”. Dos mujeres acaban de aterrizar ante El gran masturbador (1929). “Es tremendo. Era tal genio que se lo podía permitir. Me da sentimientos. Aunque no sé muy bien qué es lo que quiere decir. A mi marido no le gusta nada, él estudia historia del arte”.

El marido llega, alto, con bigote, simpático. Está jubilado y estudia el grado universitario y no tarda en descargar contra Dalí: “Es un fabricante de dinero, un genio del marketing, un vampiro del arte, con una carga figurativa tan alta que es asequible para todo el mundo. Todo es comercio y dinero”, pim-pam-pum, directo y demoledor. “Pero es bueno, porque así la gente se aficiona al museo”, encuentra el espontáneo algo positivo en la exhibición y no le falta razón porque muchas de las personas a las que encontramos en esta visita no habían pisado antes la institución en la que descansa El Guernica.

Salvadores del arte

Ella es una vigilante veterana, aunque no es fija. Está en la bolsa de personal temporal y así se mantiene desde hace cinco años. Ha custodiado la gran pintura de Picasso, la protagonista del museo, incapaz de atraer tanta expectación. Ha tenido que separar a dos personas que se enzarzaron en una pelea, regañar a los fotógrafos, ha trabajado en El Prado y dice que allí es así todos los días. Quizás exagere un poco. “A veces piensas cómo es posible que no pasen más cosas con todo este tumulto. Pero para eso estamos aquí, para evitar tocamientos. Suelo despejar la sala mandando a la gente a otras y así este cuadro se salva”, cuenta ella, salvadora. Aun así siempre se escapa algún dedosobre el cristal, que la cuadrilla de limpieza borra.

El Retrato de mi hermano muerto (1963) está protegido por un cable de acero. Medidas extremas que quizá el Museo Salvador Dalí de San Petersburgo ha reclamado para su gran cuadro. Es el final de la visita y un hombre se cambia su par de gafas, ahora de cerca, ahora de lejos. “En estos momentos debería estar trabajando. Me he escapado dos horas, pero tengo que volver otro día a verlo con más calma porque no he podido entrar al detalle”, dice.

Una señora mayor se sienta en la silla del vigilante, que no para de moverse de un lado a otro. “Nunca lo he entendido. He vendido muchos periódicos en mi vida, he leído muchos artículos que hablaban sobre él y su pintura, y nunca me han aclarado nada”, la quiosquera jubilada ha venido porque es curiosa y ha dado otra oportunidad a Dalí. “Pero sigo sin entender sus pinturas”.

Y a pesar de todo, atrae. Dalí es un imán al que no se resisten ni sus enemigos. “Menuda parida. Desde que se hizo famoso no vale ni pa tomar por culo”, el marido desairado que acompaña a la esposa silenciosa y entregada al pintor, celebra así de cañí el Busto de mujer retrospectiva (la escultura de mujer con una barra de pan en la cabeza y dos mazorcas al cuello).

“Cada artista en sus obras se desnuda”, alguien al pasar por la escultura Retrato de Joella. Una madre e hija delante de Osificación matinal del ciprés (1934): “Mira, es como si saliera de…” No puede decir más, porque es un ciprés pero parece una montaña, con un agujero del que salta un caballo blanco encabritado. “Este es precioso”, señala otro visitante. “Es un Pegaso pero no le ha puesto alas. Y la luz que tiene. Te ha cogido distintos focos de luz y brillan de diferente manera, ¿ves?”. Otro. “¿Osificación? ¿Qué palabra es esa?”.