Sabe que no debe entrar, pero en la fábricas del año 2154 la seguridad de los trabajadores depende solo del remilgo que tengan ellos mismos –y la pobreza, ya se sabe, acaba con todos los remilgos–. Al inicio de Elysium, la cinta de ciencia ficción de Neill Blomkamp estrena este viernes en España, Max –Matt Damon– se quedará encerrado por error en una cámara industrial en la fábrica en la que trabaja y allí recibirá una dosis letal de radiación. Como compensación recibe un tratamiento de analgésicos que aliviará su agonía, y nada más, hasta su muerte, que siendo optimistas tendrá lugar en menos de cinco días.

La única esperanza de supervivencia que tiene es conseguir llegar a Elysium, una estación espacial en órbita donde cada familia dispone de un robot médico doméstico capaz de curar el cáncer de cualquiera con la facilidad con la que hoy se recibe un bronceado en una cama de rayos uva. No será fácil, claro, ni por supuesto legal. La Tierra es un inmenso mar superpoblado de chabolas, devastado ecológicamente y habitado por una marabunta de pobres. Elysium, por el contrario, es un elitista hábitat artificial paradisíaco en el que vive sin preocupaciones una pequeña proporción de la humanidad a la que, por descontado, no le acaba de gustar relacionarse con los mugrientos terrícolas. Equipado con un exoesqueleto mecánico que le da una oportunidad frente a los feroces robots que custodian este equilibrio tan desigual, Max conseguirá que los traficantes de personas que envían emigrantes ilegales al paraíso orbital le den un asiento en una de sus naves.


 

Igual que el dinero no da la felicidad, pero ayuda, una taquilla espectacular no hace que una película sea considerada mejor, pero contribuye. Neill Blomkamp lo tenía todo en contra la última vez que hizo una película: era un director joven y anónimo haciendo una ópera prima, los actores eran desconocidos y partía de una historia localista ambientada en Sudáfrica rodada en inglés y afrikaans que mezclaba, además, el género de la ciencia ficción con el falso documental y la estética de cámara al hombro. Toda una marcianada –nunca mejor dicho, porque la historia iba de extraterrestres– que costó la modesta cantidad de 30 millones de dólares y recaudó, sin embargo, la friolera de 210 en todo el mundo. ¿Por qué? Porque se vendió bien, claro, y porque el nombre de Peter Jackson, productor de la cinta, contribuyó a que los espectadores llenasen la sala. Pero, sobre todo, porque Distrito 9 era una gran película.

Una escena de 'elysium'.Una escena de 'elysium'.Por esa razón había muchas esperanzas puestas en Elysium, la segunda cinta de Blomkamp y la primera que hace en Hollywood, protagonizada en esta ocasión por Matt Damon y Jodie Foster con un presupuesto de 115 millones de dólares y que, como la anterior, recurre a la ciencia ficción para jugar al cine social y fabular sobre los conflictos de hoy. Si en su anterior película una raza extraterrestre se asentaba en Sudáfrica y sufría allí la opresión atroz de las autoridades en una metáfora más o menos evidente del apartheid, en Elysium el tema de fondo no es ya el racismo, sino la desigualdad o, dicho con menos pamplina, la explotación y la lucha de clases.

Aunque la sinopsis de la película, breve por necesidad, invite a pensar que los ricos han abandonado la Tierra para fundar la colonia espacial y abandonar a los pobres a su suerte, en realidad no acaba de ser así. De hecho, las relaciones entre la pequeña colonia y el superpoblado planeta Tierra son fluidas, hasta el punto de que la minoría que vive en el espacio es propietaria de los medios de producción terrestres y, consecuentemente, de sus inmensos beneficios económicos. También lo es del ejército de robots que ha sustituido en la Tierra, tres en uno, a los políticos, al ejército y al sistema judicial.

Desde la aparición misma de la película hay quien ha reseñado Elysium como una ilustración futurista del ideario socialista, pero tampoco. Igual que en Distrito 9 el tema de fondo –el racismo– se trataba a partir de un fenómeno histórico concreto –el apartheid en Sudáfrica–, en la segunda distopía de Blomkamp el tema de fondo –la desigualdad– se invoca a través de un referente específico: la inmigración latinoamericana en Estados Unidos.

Un ejemplo: en el año 2154, cuando Los Angeles es una ciudad de chabolas en la que el español es la lengua materna, la frontera no es ya la que cose México a Estados Unidos o las millas de Caribe que separan Cuba de Miami: ahora es el espacio. El sueño de cualquier terrícola, a la postre su única oportunidad de escapar de la pobreza, es conseguir un pase en alguna de las pequeñas naves –pateras o cayucos espaciales, permitiéndonos la licencia– que regularmente intentan escapar de la Tierra, burlar la seguridad de Elysium y aterrizar en su suelo. La estación espacial, por supuesto, derriba las que puede y cuando no, confina en campos a sus pasajeros y los deporta inmediatamente.

La metáfora no es sutil, quizá porque ni siquiera pretende ser metáfora. Esta historia, de hecho, tiene lugar en un futuro postapocalíptico sin que haya tenido lugar, en puridad, ningún apocalipsis previo. La humanidad se ha limitado a llevar el mismo rumbo que lleva hoy, agudizando los conflictos sociales, económicos y medioambientales de los que somos testigos a principios del siglo XXI, y por eso el espectador es capaz de reconocer intuitivamente todo aquello de lo que habla la Blomkamp: del estatus económico asociado al color de piel, por ejemplo; de la deslocalización industrial y la polarización geográfica de ricos y pobres; o de la emergencia inevitable de la delincuencia y la atrocidad. Incluso pasados unos minutos, cuando el espectador se da cuenta de que su personaje es pobre de solemnidad, hasta empieza a encontrar completamente normal que Matt Damon se pase media película, casi literalmente, hablando en castellano.

Tratándose de una fantasía muy, muy realista, Blomkamp no necesita invertir demasiados recursos en la cosmogonía y puede así dedicar metraje –de hecho, mucho metraje– a evitar la construcción y componer aquello que acaba de hacer de Elysium una gran cinta: la acción.

Puede que la película sea un tratado distópico y una ficción política, pero en lo fundamental no deja de ser, como Distrito 9, una cinta de acción con un héroe idealista –Matt Damon–, su Sancho –Diego Luna–, su antagonista físico –Sharlto Copley, el carismático protagonista de la anterior cinta de Blomkamp– y su villano –Jodie Foster–. Y entre ellos, claro, muchas carreras y persecuciones y una dosis reseñable de sangre en la huida hacia adelante de Max, que intenta llegar a la estación espacial sin reparar en explosiones y muertes porque lo único que le espera si no lo consigue es, recordemos, una muerte inmediata.

Elysium

Director: Neill Blomkamp

Nacionalidad: Estados Unidos

Duración: 109 minutos

Género: Ciencia ficción, acción

Reparto: Matt Damon, Jodie Foster, Sharlto Copley, Diego Luna, Alice Braga, Wagter Moura.