EL HISPANISTA DESCRIBE LA VIDA DEL LÍDER COMUNISTA COMO UN FRACASO SAZONADO DE MENTIRAS

Paul Preston ajusta cuentas con Carrillo

Antidemócrata, cacique, mentiroso y maquiavélico. Paul Preston desmonta a Santiago Carrillo sin ambages en la biografía El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo (Debate). En
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    Antidemócrata, cacique, mentiroso y maquiavélico. Paul Preston desmonta a Santiago Carrillo sin ambages en la biografía El zorro rojo. La vida de Santiago Carrillo (Debate). En el libro Preston recupera sus investigaciones sobre la vinculación de Carrillo en la mayor atrocidad cometida en territorio republicano durante la Guerra Civil, en Paracuellos. El hispanista explica que Carrillo era el responsable de Orden Público y que él nombró como director de Seguridad a Segundo Serrano, quien “organizó a diario las sacas”. Por eso no concibe que el líder del Partido Comunista no lo supiera.

    Pero más allá de esta tesis sostenida en su anterior libro, El Holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, Preston afina sus aceradas críticas en el relato de la destrucción de cualquier disidencia y desobediencia que mantuvo el antiguo secretario general del PCE en su propio partido. Explica el historiador que una de las frases que más repetía Carrillo era la que mejor le define: “En la política, el arrepentimiento no existe. Uno se equivoca o acierta, pero no cabe el arrepentimiento”.

    Preston acude a las entrevistas y memorias con las que Carrillo derramó y reinventó su biografía para aclarar que “en ninguno de esos libros se advierte nada parecido al arrepentimiento, y sí abundantes falsedades y confusiones deliberadas”. “Se podría llegar a la conclusión de que, si tuviera la posibilidad de vivir otra vez su vida, lo único que cambiaría sería la crónica de sus actos”, prescribe el historiador inglés nacido en Liverpool hace 67 años.

    Ambición desmedida

    Para Preston, Carrillo ha sido un hombre “tan pagado de sí mismo” que rechazó cualquier necesidad de contrición, pero no justifica “la constante necesidad de reinventar la historia de su vida”. Es precisamente en el capítulo titulado Una ambición sin límites (1930-1950), en el que narra las múltiples traiciones que lleva a cabo en el partido desde el exilio, empezando por su propio padre Wenceslao Carrillo.

    “Cuando pides ponerte en comunicación conmigo olvidas que yo soy un comunista y tú un hombre que ha traicionado a su clase, que ha vendido a su pueblo. Entre un comunista y un traidor no puede haber relaciones de ningún género”, escribe con indignación en una carta contra su padre por haber secundado el intento de golpe de Estado de Segismundo Casado, el 5 de marzo de 1939 contra el presidente Negrín, y expresada en una “retórica estalinista absurdamente exagerada”, opina Preston.

    Como Wenceslao no da crédito y se niega a creer que sea su hijo el autor de la misiva, piensa más en el dictado de La Pasionaria y Jesús Hernández, aunque inspirada por “el señor Stalin”. La carta del padre termina así: “Yo, Señor Stalin, había educado a mi hijo en el amor a la libertad, ustedes me lo han convertido a la esclavitud. Como le sigo queriendo, a pesar de tan monstruosa carta, procuraré, con el ejemplo, que vuelva al lugar del que no debiera haber salido nunca”. Transcurrieron casi veinte años hasta que Carrillo vio de nuevo a su padre.

    La nueva publicación de Preston aparece al poco de Mi testamento político, publicado por Galaxia Gutenberg unos meses después de la muerte del líder comunista, en el que se justificaba y revisaba su evolución personal a partir de las circunstancias que le tocaron vivir. Complaciente consigo mismo, no apunta sus denuncias a los trotskistas, a sus ex compañeros socialistas o incluso a su padre, como señala Preston. El historiador revisa la vida de Carrillo en varias fases, en las que públicamente pasó de ser un agitador revolucionario, líder estalinista y héroe nacional gracias a su contribución al restablecimiento de la democracia.

    Un tesoro nacional

    Sin embargo, recuerda que sembró su camino de traiciones, además de la mencionada, a “Largo Caballero, Jesús Monzón, Carmen de Pedro, Joan Comorera, Francisco Antón, Fernando Claudín, Jorge Semprún, Javier Pradera y muchos, muchos más”. “Y hubo mentiras: sobre Paracuellos, Val d’Aran, la guerrilla, las diversas variantes de la gran huelga general y su relación con la Unión Soviética”, añade.

    Preston acude a los informes de Carrillo a las asambleas sucesivas del Politburó y el Comité Central para mostrar su triunfalismo y falta de visión, en los que declaró que no podía esperarse nada de una monarquía inventada por Franco. “No obstante, a pesar de sus errores, llegado el momento de su muerte, Carrillo se había convertido en un tesoro nacional, ensalzado por destacadas figuras de la derecha”.

    Tampoco es indulgente el historiador con la figura del político cuando abandona el partido en 1985, momento en el que Carrillo pasa a ganarse la vida como comentarista en los medios de comunicación y como escritor: “Sus lentas y meditadas aportaciones a programas de radio y televisión potenciaron su imagen de figura nacional reflexiva. Con su voz ronca y fumando un cigarrillo tras otro hasta el último día, su manera de manejarse ante los medios denotaba una honda satisfacción con su carrera”. Preston no tiene ninguna duda, la de Carrillo fue una vida de “fracasos sazonada por un optimismo imperecedero y recordada entre mentiras”.

    El zorro rojo es un monumento a la cara menos amable de Santiago Carrillo, en el que Preston se explaya en descubrir el andamiaje de las mentiras con la que el protagonista remodeló su pasado. A pesar de todo, dice el hispanista que lo único que destaca de él es que “desempeñó un papel crucial en la transición a la democracia”, pero que su máxima prioridad fue él mismo y su propio interés. Así traicionó a camaradas y se adueñó de sus ideas. “Su ambición y la rigidez con la que la puso en práctica malbarataron los sacrificios y el heroísmo de las decenas de miles de militantes que sufrieron en la lucha contra Franco”, remata Preston. Si el arrepentimiento no existe, habrá que crearlo a la fuerza. 

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