'EL NOMBRE DE LA ROSA' EN CLAVE SURREALISTA

El escándalo de Girolamini: el director cleptómano, la rubia, el cura y el perro

El saqueo de miles de libros antiguos en la suntuosa biblioteca Girolamini de Nápoles –a día de hoy se han recuperado 2.327– ha conmocionado al país
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El escándalo de Girolamini: el director cleptómano, la rubia, el cura y el perro
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    El saqueo de miles de libros antiguos en la suntuosa biblioteca Girolamini de Nápoles –a día de hoy se han recuperado 2.327– ha conmocionado al país entero por el enrevesado tinte novelesco de la historia, que parece revivir la trama ideada por Umberto Eco en El Nombre de la rosa, aunque sin asesinatos de por medio y en versión tragicómica. El protagonista principal no es otro que el propio director de la institución pública, Massimo Marino De Caro, quien robó las obras pacientemente, y a lo largo de varios meses. Entre los actores secundarios, que actuaron como cómplices del hurto, se encuentran el padre Sandro Marsano, comisario de la biblioteca y conocido por misar en latín, una bella rubia ucraniana, dos consejeros de Berlusconi y… un perro.

    Sólo el valor de algunos ejemplares ascendía a un millón de euros, y es que entre las obras figuran el original de La Divina Comedia; una singular edición de la La Enciclopedia de Diderot y d’Alembert; la edición parisina de 1610 de Jerusalén liberada de Tasso; La Teseida de Boccaccio, así como volúmenes de Séneca o Virgilio. Algunos de ellos hasta fueron a parar al catálogo de la famosa galería londinense de subastas Christie’s, que al descubrirse el escándalo se afanó en retirar rápidamente.

    Un ladrón de libros antiguos al que se le encargó custodiarlos

    Unos libros extraordinarios sólo al alcance de los investigadores y meticulosamente vigilados por cámaras de seguridad, aunque esta última medida sólo duró hasta la llegada de De Caro a su puesto, el primero de junio del pasado año, cuando el circuito de videovigilancia fue desactivado. Desde entonces la tosquedad del robo continuado fue in crescendo, pero no saltó a la luz hasta que un investigador de Historia del Arte de la Universidad de Nápoles, Tomaso Montanari, visitó la biblioteca e, indignado por la falta de libros y el desorden general, decidió publicar un incendiario artículo en el diario Il fatto Quotidiano. Entre sus críticas revela el “deplorable” estado de la biblioteca y la “conocida cleptomanía” de su director. El directo acusado del hurto alegó que sustraía los libros para salvar la biblioteca

    “El desorden que reinaba en la sala era extremo, los libros estaban apilados de cualquier manera sobre las mesas e incluso por el suelo entre botellas de Coca-Cola”, relataba el historiador. El surrealismo de la historia continúa: “Cuando estaba viendo este caótico panorama entró un perro con un hueso en la boca y se dispuso a realizar sus necesidades sobre una de las mesas”. Como circunstancia más agravante, relata Montanari, la mascota se llamaba “Vico, como la sala en la que estaba y en honor al filósofo Giambattista Vico”, quien ayudó a los monjes a recabar los primeros fondos con los que se constituyó la biblioteca.

    A los carabineros encargados de la protección de bienes culturales tampoco dudó en espetarles: “Todo el mundo sabe que De Caro es un delincuente, pero al mismo tiempo es asesor del ministro de Cultura y no podemos hacer nada en su contra”. Fue entonces cuando los intelectuales italianos se movilizaron para reclamar al ministro una comisión de investigación, con Umberto Eco y el premio nobel Dario Fo a la cabeza.

    La biblioteca barroca, el escenario donde se desarrolla la historia, rezuma un halo místico que ha custodiado sus cerca de 160.000 obras durante siglos hasta que De Caro comenzó a vaciarla. Finalmente, la detención se produjo gracias a uno de los trabajadores que, al corriente de lo que estaba sucediendo y aprovechando el descuido de los cómplices de la trama que se habían olvidado de apagar las cámaras de los corredores, conectó su ordenador al circuito y recabó ocho vídeos, en los que se ve a De Caro cargar con cajas enteras de libros hacia el exterior de la institución. Ante la rotundidad de los hechos, el bibliotecario se defendió asegurando con total descaro que había sustraído los libros ni más ni menos que “para salvar la biblioteca”.

    La idoneidad de De Caro para regir una de las bibliotecas más importantes del mundo también fue puesta en duda por Montarini: “Nombrarlo para regir la institución ha sido poner un queso delante de un ratón”. Y es que, además de no contar con estudios superiores, ya había sido acusado en Florencia del robo de un incunable del siglo XV e implicado en el robo de pergaminos en la Biblioteca Nacional de España, así como en la de Zaragoza.

    Un negocio pujante al alcance de cualquiera

    Las compañías aseguradoras de obras de arte desembolsaron, sólo durante el año 2010, la nada desdeñable cantidad de 6.000 millones de euros para cubrir económicamente a los propietarios. Una astronómica cifra que, según explica el autor de El Códice del Peregrino (Planeta) y catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, José Luis Corral, sólo da cuenta de la mitad del dinero que se mueve en el mercado negro del arte: “Una de cada dos obras sustraídas no estaban aseguradas y, en algunos de los casos, tampoco catalogadas”.El saqueo de obras de arte ha sido una constante en España a lo largo de toda su historia

    El Códice Calixtino, por ejemplo, es una de esas obras de incalculable valor que no contaba con seguro y cuyo robo puso de relieve la insuficiencia de las medidas de seguridad para proteger el patrimonio histórico de la Iglesia. Quizá por este motivo, además de por su numeroso patrimonio, los bienes de la Iglesia son los que más circulan en el mercado de obras de arte robadas: “Los hurtos más frecuentes son los que se cometen en templos y ermitas, sobre todo de pequeñas obras de pintura o escultura, candelabros y orfebrería. Lo que más salida tiene son las tallas de vírgenes románicas y góticas, que pueden oscilar desde los 4.000 o 5.000 euros hasta los 120.000”, apunta Corral, quien llama también la atención sobre la desaparición reciente de retablos completos en pequeñas capillas románicas y hasta de capiteles. La mayoría de estos hurtos, que se cifran en unos 12.000 millones de euros anuales, pasan desapercibidos hasta que salta el escándalo a la opinión pública por el alto valor de las obras o por las circunstancias chapuceras que rodean al hurto. En el caso del Códice Calixtino se sumaron ambos factores.

    Detrás de un gran robo siempre está un gran marchante

    Los robos de obras de arte parecen haberse incrementado en los últimos años, pues muchos millonarios ven en su compra una inversión segura en momentos en los que otros valores pueden no ser una buena elección. De hecho, el tráfico ilegal de obras de arte es ya el tercero en la economía negra, sólo detrás de las armas y las drogas. Para Corral, no se trata de un fenómeno que haya experimentado un reciente auge, sino que la concienciación ha aumentado y como tal se visibilizan más los robos en los medios de comunicación. “El saqueo de obras de arte ha sido una constante en España a lo largo de toda su historia, pero cada vez hay más información al respecto y nos damos más cuenta de la dimensión de estos robos”, añade el catedrático.

    Detrás de estos hurtos, asegura Corral, “siempre está gente especializada que conoce bien los canales de distribución y venta, salvo en casos muy excepcionales”. Por eso, en el caso del robo del Códice Calixtino, un sorprendente revival del tema central de su última novela, no se cree que el electricista detenido sea el único cerebro de la operación. “Por sí mismo el electricista no podría introducir el libro en el mercado negro, aunque el robo se cometa de forma chapucera, luego tiene que haber detrás otra gente con contactos para moverlo, pero este nexo está escondido y es muy difícil de descubrir”, según lamenta el escritor.Es muy fácil entrar en una sacristía y llevarse alguna talla o un pergamino

    No se trata pues, de cuatro o cinco mafias internacionales especializadas en todo el mundo, “el tema es mucho más complicado de lo que parece” y Corral habla de ramificaciones infinitas. Las causas de que el robo de arte siga siendo un negocio pujante para los ladrones se centran para este catedrático en la facilidad para sustraerlas y las carentes medidas de seguridad en muchos casos. “Con un simple cúter o incluso con la mano, cualquiera puede arrancar una lámina del siglo XV de una sacristía o de un museo, meterla en una carpeta e irse por donde ha entrado”. Algo así, compara este experto medievalista, fue lo ocurrido en 2007 en los fondos de la Biblioteca Nacional, cuando se sustrajeron dos mapas incrustados en sendos ejemplares de la edición incunable de 1482 de la obra de Ptolomeo Cosmografía.

    El rastro de las piezas robadas suele diluirse en una intrincada maraña de anticuarios, coleccionistas e inversores que, según Corral, cuentan con un gran mercado negro y, en la mayoría de los casos, “es muy difícil que se vuelvan a recuperar”.

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