COMPRABA LOS DESNUDOS EN LA ÉPOCA DORADA DE INTERVIÚ

"Marta Sánchez se llevó 15 millones en una bolsa de El Corte Inglés y nos demandó"

De Marta Sánchez a Lola Flores pasando por los 'casis' de Elsa Pataky o Isabel Preysler. Miguel Ángel Gordillo rememora la historia detrás de portadas históricas de Interviú

Foto: Gordillo lee un Interviú frente a la Puerta de Alcalá. (Enrique Villarino)
Gordillo lee un Interviú frente a la Puerta de Alcalá. (Enrique Villarino)

Las portadas de desnudos ya no impactan como antes. Playboy, la revista masculina por excelencia, renunció la semana pasada a incluir mujeres sin ropa en la cubierta porque la ecuación perdió la rentabilidad: perjudican la trayectoria de su merchandising en Asia al tiempo que palidecen frente a la abundancia de erotismo -cuando no pornografía- de la red. Algo semejante sucede con Interviú, cuya época dorada quedó diez o veinte años atrás, cuando su tirada en kioskos era diez veces mayor y había tortas por figurar en portada. Charlamos de los viejos tiempos con Miguel Ángel Gordillo, el hombre que aterrizó en Interviú con la misión de desnudar a Madrid.

Pregunta: Llega a Interviú en 1982. ¿Cómo fue aquello?

Respuesta: Yo trabajaba en Contifoto, una agencia que le vendía fotos a Interviú, entre otros, y un día me llamó Antonio Asensio, fundador del Grupo Zeta, para que fuese a verle a la redacción. Me dijo: “Eres el mejor vendedor que hay en Madrid y quiero que seas el mejor comprador para Interviú”. La sorpresa fue enorme.

P.: ¿No se atrevía?

R.: Es que yo sabía vender, era parte de mi vida, pero ¿comprar? ¡No he comprado en mi vida, jamás! Hablamos de principios de los 80, cuando incluso había delegado en mi ayudante las fotos del corazón y de esos temas. Además era y soy gran, gran amigo de Gianni Ferrari, el dueño de Contifoto, lo que lo hacía todo más difícil.

P.: Usted ni siquiera es fotógrafo.

R.: No, pero tengo buena vista. Yo, mirando una imagen con el cuentahílos, soy capaz de decirte si la chica estaba o no incómoda en la sesión. Hay muchos fotógrafos sobones o mirones… y eso se nota en el posado. Se nota en los codos de las mujeres; los acercan al cuerpo para intentar taparse, porque se sienten acosadas. Mi trabajo en Madrid era desnudar personas y creo que lo hice bien.

P.: Al final aceptó la oferta.

R.: Me lo pensé veinte días y acepté. Vender en la calle era muy duro, con muchos madrugones y visitas al aeropuerto a por carretes…. y todo esto corriendo contra la competencia. Me desenvolví muy bien en aquel ambiente, pero Asensio me ofrecía un despacho... (risas).

P.: El despacho del Jefe de Compras.

R.: Sí, aunque luego me hicieron subdirector también. Entraba a las reuniones editoriales e influía en la portada, pero mi labor fue siempre la de comprar reportajes. De hecho, al cambiarme de trinchera, mis ex compañeros, a los que ahora tenía que comprar las fotos, me insultaban. “Ese es un cabrón”, decían.

(Foto: Enrique Villarino)
(Foto: Enrique Villarino)

 

P.: ¿Tan duro se volvió?

R.: Es que yo conocía muy bien el mercado, a mí no podían venirme con cuentos chinos. Sabía quién vende, cuánto vale, quién lo puede pagar y quién no… y eso les apretaba las tuercas. Me decían: "Pues se las vendo a Fulanito", y yo decía "adelante, si está pelao".

P.: Al menos sus nuevos compañeros estarían contentos.

R.: Al principio, tampoco. Me incorporé un día de Huelga General y me los encontré en la puerta de la revista, por entonces en la calle Potosí de Madrid, manifestándose. Ya nos conocíamos todos de cuando vendía, y se pusieron a gritarme: “¡Esquirol, esquirol!”. ¿Pero cómo que esquirol, si vengo aquí temblando? En Interviú se hacían huelgas muy gordas.

Asensio no sólo decidía sobre qué portadas salían y cuáles no, sino que daba consignas sobre su precioP.: ¿Cómo era un día típico?

R.: Yo llegaba por la mañana y tenía a los representantes de diez o doce agencias esperándome en la puerta para enseñarme sus reportajes. Me pasaba la mañana entera mirando fotos y fotos… y por la tarde recibía a los managers de los personajes. Un no parar. Después seleccionaba el mejor material y me lo guardaba para mostrárselo el lunes a Asensio en la reunión semanal.

P.: ¿Asensio intervenía en las portadas de Interviú?

R.: Claro. Yo despachaba los desnudos directamente con él. Los veía y me decía: “Esta foto es cojonuda. Rebájala de precio y, sobre todo, que no se te escape”. Siempre repetía “que no se te escape”. Imagínate la tensión que me metía.

P.: Parece que la tensión funcionó. Al poco de llegar desnuda a Lola Flores, lo que nadie había conseguido. 

R.: La clave fue que se casaba su hija Lolita, así que imagínate la de dinero que debió mover en aquella época. Supuse que necesitaría capital y le toqué a través de un paparazzi de Marbella, donde estaba veraneando. Me dijo que sí, que aceptaba hablar, y allá que me fui. Cuando aceptan hablar tienes la mitad del trabajo hecho.

P.: Lola en 1983 ya tenía 60 castañas...

R.: ¡Da igual! Era la joya de la corona por entonces, el desnudo más esperado.

P.: Asensio encantado, claro.

R.: No me creía. Me dijo: “¿A Lola? Si nos hemos bajado con los maletines y ha dicho que no”. Y yo le contesté que, ya que tenía la oportunidad, por lo menos iba a intentarlo.

P.: ¿Dónde le recibe?

R.: En su casa, claro. Recuerdo que me abrió El Pescaílla y me dijo (imita el acento andaluz): “¿Qué vienes, a por ella?”. No se me olvida. Nos sentamos en su terraza los tres, Lola, mi fotógrafo y yo, y antes de empezar a hablar se subió la camiseta y nos enseñó los pechos. Me soltó: “Esto es lo que tú quieres”.

P.: Y eso era lo que quería.

R.: Sí, cerramos muy rápido un acuerdo por poco dinero, menos de siete millones de pesetas. Hicimos las fotos, algunos retratos y otros falsos robados, en su casa, sin problemas. Lo que pasa es que, cuando regresé a Madrid con todo el material, me llamó y me pidió medio millón más. Y se lo dimos. 

Pero al día siguiente llamó de nuevo reclamando otro medio quilo. Y se lo volvimos a dar. Mis jefes estaban enfadadísimos, y con razón.

P.: Curiosa forma de negociar.

R.: Y llamó una tercera vez, pero esta vez le remití al director, que iba a bajar a Marbella con los talones. Pacté con Álvarez Puga, el director de entonces, un teatro en el que me despedía delante de Lola por la nefasta negociación… dijo, muy enfadado, “de acuerdo, te pagaremos otro medio millón, Lola, pero tú, Miguel Ángel, te vas a la calle ahora mismo”... y Lola se estremeció. Renunció al medio millón en el momento. Al final se portó bien (risas).

P.: De 400.000 ejemplares pasaron a vender un millón. Y eso que no era una portada muy estética.

R.: Es una foto horrorosa. Se pactó y se firmó con ella que la portada fuese una imagen en la que cubría con un mantón de manila, pero luego Asensio, en la reunión de Barcelona, decidió: “En la portada la ponemos en tetas. ¿Aquí quién manda?”. No hubo nada que hacer.

P.: A Lola le sentó mal.

R.: Nos retiró la palabra al director y a mí y pasó muchos años lamentando “esa portada maldita”. ¿Qué culpa teníamos nosotros? Lo intentamos, pero el dueño es el que tiene la última palabra.

De todos modos es habitual que la chica de portada se enfade con la revista: Marisol también le retiró el saludo a César Lucas, su íntimo amigo, que fue quien le hizo -y vendió- las fotos. Aquella portada se llevó por delante una gran amistad.

P.: Marisol, otra apertura histórica.

R.: Más que histórica. Aquella portada fue clave, es la que hizo que Interviú saliera disparada.

P.: Septiembre del 76. Aquella portada sí era bonita. “Marisol, desnuda y joven”.

R.: Era preciosa. Francisco Umbral, gran amigo mío, la tenía colgada encima de su escritorio cuando trabajaba en el Instituto de Cultura Hispánica. Estaba completamente enamorado de esa foto.

P.: Vamos con su gran 'hit': Marta Sánchez. También hubo polémica.

R.: ¡Vaya si la hubo! En primera instancia le ofrecimos 50 millones, y ella pidió, además, un fotógrafo norteamericano de primer nivel y una campaña publicitaria con su desnudo. No aceptamos y la cosa quedó en suspenso durante un año, porque echamos cuentas y aquello era totalmente descabellado.

Al siguiente verano sucedió que Marta se fue con su novio (Sterling Campbell, ex batería de Duran Duran y David Bowie) a Islas Vírgenes a hacer un reportaje en bañador y unos paparazzis le pillaron cambiándose de bañador.

P.: Y al carajo su caché.

R.: Una tarde, días después, vinieron a ofrecerme las fotos a la revista. Y al mismo tiempo se presentó una amiga de Marta Sánchez para negociar un desnudo en Interviú. Les metí a cada uno en un despacho y fui alternando (risas).

P.: Otra negociación atípica, propia de Billy Wilder.

R.: Acordé que compraba las fotos robadas por diez millones, para que nadie las publicase, y le daba a Marta los 40 restantes. Si te digo la verdad, le dijimos que costaron 15 y lo dejamos en 35. Hicimos las fotos e incluso firmamos qué fotos saldrían y cuáles no. Todo bien hasta, ¿sabes qué pasó? Que su amiga hizo polaroids de la sesión y amenazó con vendérselas a otra revista.

P.: ¿Por qué?

R.: Porque al parecer Marta no le pagó su comisión. A mí casi me da un infarto cuando me lo dijo, ¡ya estaba la revista imprimiéndose! Finalmente llamamos a Marta amenazándole con medidas legales y lo arregló.

P.: Salvaron la exclusiva ‘in extremis’.

R.: ¡No la salvamos! Vino un día después una chica de Claro (un diario joint venture entre Prensa Española y Axel Springer que sobrevivió cuatro meses) pidiendo las fotos de Marta para hacer una previa. Así que hablamos con el director del periódico, que si mal no recuerdo era Arsenio Escolar, y pactamos que sólo sacase la portada.

Pero cometimos el error de pasarle la revista completa… y ellos fusilaron todo el reportaje. ¡Completo! Salió el mismo día que el nuestro, solo que Claro llegó unas horas antes al kiosko. Un desastre total, aunque nosotros vendimos un millón de ejemplares.

P.: Marta siempre ha dicho que le chantajearon.

R.: Es mentira. Nos llevó a juicio porque decía que solo le habíamos pagado 20 millones de los 35 acordados. Lo que pasa es que le pagamos 20 millones en un talón y otros 15 en billetes de cinco mil en una bolsa de El Corte Inglés. Me sentó tan mal que reconocí en el juicio que pagamos en dinero negro sólo por decir la verdad. ¡Si es que hasta contaron los billetes uno a uno!

P.: ¿Y cómo acabó aquello?

R.: La juez nos absolvió. Además nosotros, muy rápido, le ingresamos en su cuenta el importe del IRPF de los 15 millones. De chantaje nada, Marta, te has montado una película de indios. Fue una negociación muy desagradable, con muchos flecos y quejas… de las peores profesionales con las que he trabajado, aunque seguramente la culpa no fuese suya, sino de los abogados que la representaban.

 

P.: Marta ha sido la más cara de Interviú.

R.: De largo. Nunca nos hemos acercado a las cifras del reportaje de Marta Sánchez, ni creo que lo hagan.

P.: Creo que con Judit Mascó también hubo jaleo.

R.: Sí. Le publicamos unas fotos que no le gustaron y ella pactó con el abogado de Interviú en Barcelona pagarle tres millones para que no demandase a la revista. Acordaron también que esas imágenes no debían salir más en la revista, ni siquiera en los recopilatorios.

Nadie dijo nada a Madrid, de modo que sacamos otras fotos de Judit al tiempo y se montó la marimorena. Estuve a punto de que me despidiesen, solo me salvó que el departamento jurídico reconoció que ni siquiera ellos tenían idea de aquel acuerdo.

P.: ¿Todos los acuerdos eran tan espinosos?

R.: No, claro. El de Carla Duval, por ejemplo, la recuerdo con mucho cariño. Me la encontré en México, en el Mundial de fútbol. A la pobre la habían llevado allí engañada y la convencí para hacerla un reportaje por un millón de pesetas. 

P.: Menudo negociante debía estar hecho.

R.: (Risas) No te lo imaginas. Cogí a Carla y me la llevé a Cancún. Contratamos una barca con un barquero para que nos llevase a una playa recóndita en Isla Mujeres y, nada más subirnos, Carla se desnuda completamente y se abre de piernas para tomar el sol. Imagínate la situación, con el barquero mirándole fijamente a sus partes… (risas) Yo le decía que mirase al frente, que nos íbamos a golpear con algo, y él se quejaba (imita la voz de un mexicano): “No puedo, señor, no puedo”. Raro es que no acabásemos en La Habana (risas).

P.: Esas fotos le quedaron espectaculares.

R.: Se agradece, porque tuve que negociar hasta con las tortugas. Tuve que pagar para que nos dejasen posar con una tortuga, que luego se escapa constantemente… tuvimos que atarla por el cuello y esconder el cordel bajo la arena para las fotos.

P.: ¿Carla fue su preferida?

R.: No, mi preferida es Bibiana Fernández. Trabajar con ella ha sido siempre un placer. Pedía ver la maqueta y nos hacía sugerencias muy interesantes de diseño. Una mujer maravillosa.

P.: Hábleme de ese desnudo que luchó pero nunca logró.

R.: El de Isabel Preysler. Lo intentamos de varias maneras pero fue imposible. Incluso revisé los archivos de José María Castelví, amigo de Julio Iglesias e Isabel en su época en Miami, y no encontré nada.

P.: ¿Y a esa que tuvo pero se le escapó?

R.: Elsa Pataky. Vino a mi despacho porque quería salir en portada y le ofrecí solo tres millones. Más tarde me di cuenta de que la oferta fue ridícula, pero es que tampoco el director quería subir la puja. Me escuchó, me dio las gracias, se fue y nunca más supe de ella.

P.: ¿Acudían muchas famosas a que las retratase?

R.: Alguna sí. María Luisa Merlo fue de las más sonadas. Me pidió que esperase a su divorcio para que no afectase a la custodia de sus hijos, pero después salió el portada. El artículo nos lo publicó Umbral, que le puso un titular gransioso: “El mirlo de la Merlo” (risas).

No sólo mujeres desnudas

P.: Salían pocos desnudos masculinos en Interviú, pero con Lecquio reventaron los kioskos.

R.: Ya te digo, vendímos muchísimo con su portada. Fue muy complicada y cara. Insistió mucho en hacerlo a bordo de un velero en una isla colonial francesa. Salía con Sonia Moldes, su novia de entonces, ¡leyendo un libro del revés! Se supone que era un robado y ella estaba leyendo al revés. Y así se publicó (risas). Luego ella vino a pedirme un desnudo.

P.: También sacaron a Maradona duchándose durante el Mundial de España.

R.: Lo recuerdo. El vendedor fue durísimo, el peor al que me he enfrentado. Encima tenía mucha tensión porque era uno de esos reportajes que Asensio me había pedido no dejar escapar. Me pedían 300.000 pesetas y yo sólo estaba autorizado a pagar 100.000. No había nada que hacer.
Así que empecé a llamar a las agencias argentinas para ver si sabían algo de esas fotos. E hice diana. Al día siguiente me las mandaron en avión. Me pidieron 50.000 pesetas y me quedé callado del susto; él debió asustarse más, porque además nos dieron la exclusiva de los derechos para Europa (risas).

P.: En su haber también figuran fotos a políticos y empresarios que nunca olvidaremos. Me viene a la mente la de Roldán en plena orgía de sexo y cocaína.

R.: Este fue un asunto especialmente misterioso. Lo trajo una agencia a Interviú pero no a través de su dueño, como era lo habitual para un reportaje de este tipo, sino de una colaboradora. Negociamos durante todo un día con ella y al final soltó la gallina. Me dijo: “Si quieres vamos a ver a Ruiz-Mateos, que está en el Eurobuilding, y negocias con él”.

P.: ¿Qué tenía Ruiz-Mateos contra Roldán en 1994?

R.: Nunca lo supimos. Yo supongo que seguiría rabioso contra el Gobierno por la expropiación de Rumasa. El caso es que llegamos a un acuerdo con él con la condición de que le fotografiásemos en la puerta de Interviú entregando las fotos. Esas fotos fueron un bombazo, pero es que a la semana siguiente teníamos otro que nunca llegó a salir.

P.: No nos deje así.

R.: Teníamos a Josep Borrell, entonces ministro de Obras Públicas, desnudo en la playa, solo con unos calcetines blancos, de tenis. Llegué a comprar esas fotos, pero las pararon.

Marta Sánchez demandó a Interviú por un dinero que había cobrado en negro, y así se lo dije al juezP.: ¿Quién? ¿Asensio?

R.: Sí. Me dijo: “Esas fotos, a mí”. Zeta estaba detrás de la concesión de un canal de televisión y decidió guardarlas. Eran una bomba. Al final no se lo adjudicaron, pero ya no salió nunca.

P.: ¿Se paró alguna foto más en su época?

R.: Sí, las de la Duquesa de Alba, en 1983. De hecho el director general, José Luis Erviti, que el que ahora hace todas las revistas de El Corte Inglés, me pidió que las comprase todas para entregárselas a la duquesa. Es más, al año siguiente nos volvieron a ofrecer el mismo reportaje, volvimos a comprarlas y se las regalamos de nuevo.

(Foto: Enrique Villarino)
(Foto: Enrique Villarino)

 

P.: Ha vivido doce directores, ¿cuál es su preferido?

R.: Jesús Maraña fue un grandísimo director (actual director de InfoLibre) y Manuel Cerdán, que es un gran amigo mío.

P.: ¿Maraña era de su cuerda política?

R.: No, todo lo contrario. Yo soy más de derechas que de izquierdas. De hecho yo siempre tenía una guerra en el consejo porque le diéramos palos también a la izquierda. Asensio decía: “Si zumbáis a la derecha, zumbadle a la izquierda después”. Pero no siempre se cumplía, porque Interviú, y sus directores, tenían querencia por Aznar y ese tipo de personajes.

A mí no me parecía justo, pero siempre hemos tenido un ambiente de respeto. Yo les decía: “Pero bueno, ¿es que las tías desnudas solo le gustan a los de izquierdas? Porque como sigamos así no van a volver a leernos los de derechas”.

P.: ¿Cómo ve la actual Interviú?

R.: Distinta. Ha llegado un momento en el que es muy difícil dar portadones como antes. Hemos sacado a todas las de Gran Hermano, ¡a todas! Y a la gente le da un poco igual, no son mujeres deseadas por la mayoría de la sociedad. Incluso me consta que muchas chicas entran a ese programa por la posterior portada en Interviú. 

P.: ¿Volvería si se lo ofreciesen?

R.: No... yo salí de allí años después de cuando debía haberme jubilado. Pero recuerdo esa época como la mejor de mi vida, fue excepcional a todos los niveles.

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