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“El Alzheimer no tiene ni tendrá cura”

Ana I. Gracia.-  24/09/2009

“El Alzheimer no tiene ni tendrá cura”

Manuel Sarasa.

“Mi madre llegó a no reconocer a su nieto”. Manuel Sarasa, catedrático de la Universidad de Zaragoza, es el neurobiólogo y embriólogo que ha conseguido la primera vacuna europea contra el Alzheimer. Ha sido el español que más cerca ha estado de los entresijos de la memoria y, al mismo tiempo, no se dio cuenta de que lo que a su madre le pasaba no era cosa del despiste. Que, como cientos de miles de personas de este país, se convirtió en una presa más de esta cruel enfermedad. Paradojas de la vida.

 

El Alzheimer es una enfermedad cruel que emborrona el cerebro del enfermo y golpea el corazón de la familia. Los que mejor lo saben son quienes tienen un familiar perdido en la desmemoria: esos que están ausentes, aunque estén vivos y no reconozcan nada ni a nadie. Sarasa se enredó en los entresijos del Alzheimer hace veinte años, mucho antes de que se le colara en su propia casa la cara más amarga de la enfermedad que estaba investigando.

 

Buscaba algo que le hiciera entender qué escondía la memoria, la parte más desconocida del cuerpo humano. Sabía que en investigación hay que tener ideas originales. Y él se preguntó qué ocurría en el periodo embrionario de las moléculas implicadas en el envejecimiento de la persona, la que te hace perder la memoria. “Así descubrí que la proteína beta-amiloide es la causante de la enfermedad”, cuenta en una entrevista con El Confidencial.  Ha conseguido inventar la primera vacuna que se desarrolla en España como terapia contra esa enfermedad. Y una de las pocas que hay en el mundo.

 

La obsesión de Sarasa no se centra en frenar la enfermedad. Trabaja para prevenir que aparezca. “El Alzheimer es una enfermedad que no tiene ni tendrá cura”. Todas sus ilusiones están ahora puestas en desarrollar, junto a su equipo de la compañía zaragozana Araclon-Biotech, el kit de diagnóstico que cuantifica la cantidad de beta amiloide que hay en sangre, la proteína encargada de afirmar o negar que una persona desarrollará el Alzheimer.  “Los resultados del estudio no se pueden adelantar aún porque realizaremos la comunicación oficial en Estados Unidos el mes que viene”.


El problema es que este tipo de biomarcadores se han buscado en el plasma, pero están en 'habitaciones' del cerebro que aún hay que encontrar. “Nosotros planteamos en este trabajo una forma distinta de buscar y cuantificar estos biomarcadores, pero tenemos mucha fe depositada en esta forma de diagnóstico", añade el científico, quien lanza un guiño a los familiares de los enfermos: “Tranquilos, hay esperanza”.

 

Dicen los médicos que atienden a este tipo de enfermos que éstos han de tener siempre afecto a su alrededor, tienen que saber que aquellos a los que tienen cerca son de verdad su familia y les quieren. Los cuidadores, personas de carne y hueso, de la noche a la mañana deben formarse al más alto nivel de asistencia social, psicológica y asistencial, con la carga emocional añadida de que el enfermo sea su padre, su madre o algún familiar cercano al que quieren. “Esta enfermedad es un reto al amor: duele proporcionalmente al amor que sientes hacia esa persona”.

 

Una esperanza para los cuidadores

 

En su currículo se comprueba su estrecha vinculación con el mundo académico e investigador, pero sus palabras descubren que habla con conocimiento de causa. “Mi madre no recordaba nada de lo que fue, no conocía a sus nietos ni sabía que estaba en su pueblo cuando estábamos en el pueblo”. Esta misma semana, la Confederación Española de Enfermos de Alzheimer y otras Demencias (CEAFA) le ha otorgado su premio anual por haber llenado de esperanza a los 600.000 enfermos que viven en la neblina del Alzheimer.  

 

Mientras enfermos y pacientes esperan con 'los brazos abiertos' la llegada de la propuesta de Sarasa, la sociedad y las autoridades deberían tener presente su sufrimiento y el 'peso' que supone para muchas de las familias la aparición de la enfermedad. Los costes directos e indirectos de la misma ascienden a 30.000 euros por enfermo y año. Pero, sobre todo, la esclavitud que genera la enfermedad exige un cuidado y una atención continua para quien la padece.

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