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La echaron por sobrepeso con 43 kilos

@Ana I. Gracia. - 31/07/2009

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Tania Lamarca subió a lo más alto del podio de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Tenía 16 años y era la más menuda del equipo de gimnasia rítmica que consiguió el oro. No paró de llorar durante su momento de gloria. “De alegría, por supuesto”. Unas lágrimas que se convirtieron en el fiel reflejo de los sacrificios, la entrega, las renuncias y la lucha de una niña que empezó en la gimnasia a los cinco años por diversión y pasó por la alta competición hasta que la echaron por no adelgazar hasta los 41 kilos. “No conseguí bajar de los 43,5”. Aunque ahora lo agradece.

 

La peor parte de esta vida llegó con los preparativos para los Juegos Olímpicos. Dejó su Vitoria natal para encerrarse en una casa en Madrid con sus compañeras de equipo y una cuidadora que cerraba la cocina con candado. Se llegó a obsesionar con el peso cuando cada mañana la obligaban a confesarse en la báscula, la única que podía delatar que las jóvenes ‘infringían’ las normas. “Les pedíamos a los chicos que nos colaran por la ventana galletas, chocolate, chucherías”. Si un día marcaba 200 gramos más de lo permitido, la bronca era tremenda. “Yo no pasé hambre, aunque me costó acostumbrarme a vivir sin pan, sin galletas, sin chocolate”.

 

Ahora, visto desde el tiempo, aquél fue un año bastante duro. Era gimnasta, y estaba dispuesta a sacrificar su vida por su sueño. En tres meses se presentaron al campeonato europeo y al mundial. Les quedaba un curso escolar para prepararse los Juegos Olímpicos, así que su calendario se redujo a entrenar y ni un día de vacaciones. La escuela ya había pasado a un segundo plano. En esos momentos, Tania ya se había acostumbrado a vivir siguiendo las pautas que le marcaban. “Siempre me decían lo que tenía que hacer”. Hoy se compite aquí y mañana viajamos allá. Pero ningún mandatario le avisó de que cuando terminara todo esto, estaría sola. “Fue la peor parte de esta historia”. Se había pasado durante años entrenándose psicológicamente para ser la mejor, y nadie perdió un segundo para prepararla para su peor campeonato: el día después.

 

Con 18 años recién cumplidos la soltaron en el mundo real. Después de aquellos Juegos engordó cuatro kilos más de lo marcado por la Federación. “No se me olvidará en la vida: el 26 de diciembre de 1997 fue la fecha que debía pesar 41 kilos”. Tania abandonó la concentración del equipo nacional el 15 de noviembre con una dieta de 1.500 calorías y esa fecha límite. Esta vez la báscula la delató, y la Federación simplemente la echó del equipo. “Yo supongo que debería haber algo más, pero fue la única razón que me dieron”. Volvió a Vitoria, y fue entonces cuando se dio cuenta de que un trozo de metal no sirve nada más que para adornar la vitrina de casa.

 

Ni rastro de la Federación

 

Se matriculó en mitad de invierno en 2º de BUP, con chavales dos años más pequeños que ella. “Salí adelante gracias a mi familia y a mis amigos”. Porque de la federación de gimnasia, del equipo técnico y del mundillo de antes, ni rastro. “Solo mantuve contacto con mis compañeras que ya habían salido. Vivimos lo mismo, y éramos las que mejor nos podíamos entender”.  Después de casi caer en una depresión, ha podido hacer una vida normal.

 

Ya con 29 años, se ha atrevido a escribir junto con Cristina Gallo Lágrimas por una medalla, un relato donde explica detalladamente sus maratorianos entrenos y cómo eran sus jornadas en el ‘cuartel general’ que las formó para ganar el oro en Atlanta. “Ahora soy feliz con mi vida, con mi hija Aitana, con mi marido, con mi trabajo”. Entrena a un grupo de niñas aspirantes a ser gimnastas como ella. “Tengo muy claro lo que les diría si quieren dedicarse a esto: que persigan su sueño, si es lo que quieren. Pero que se preocupen por la vida de después”.

 

El tema tabú en su libro ha sido la anorexia que, junto a la bulimia, son las enfermedades que más atacan a las gimnastas. Según las tablas de Metropolitan Life Insurance, con 17 años y 1,58 centímetros de estatura, Tania Lamarca debería haber pesado 51 kilos. No diez menos como le exigían. Más de un experto ha contado que la obsesión por el peso es uno de los primeros síntomas de la anorexia. Exigir una dieta estricta en épocas de crecimiento retrasa el crecimiento de las jóvenes. Así que a las gimnastas les separa una línea demasiado fina de la anorexia. Tania ha tardado más de diez años en publicar su historia porque la herida, por fin, “ya está cicatrizada”.

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Opiniones de los lectores (33)

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33. usuario registrado Montañero»01/08/2009, 12:04 h.

Para Shadowmaker en #30:

Perdón, pense que se entendía bien. Lo que quería decir es que el control forzado del peso es consustancial a la práctica de muchos deportes, no sólo la gimnasia, y que dicho control no es ni mucho menos negativo [en mi caso era positivo, los rivales eran más pequeños].

Por tanto, no se trata de demonizar el control forzado de peso, peso que vas a ganar [como lamentablemente me pasó a mí] en cuanto abandones la práctica habitual del deporte. Ni mucho menos pensar que ese control forzado del peso te va a provocar problemas de salud. Aunque supongo que habrá proporciones, claro.

Disculpas de nuevo si este mensaje se desvía del contenido del artículo. A mí me parecía que no.


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32. usuario registrado toni23»31/07/2009, 22:57 h.

He leído el comentario de #Luis 09 y sólo puedo decir que "no fotis, nanu" [no fastidies, tío]. ¿Acaso es posible que en el paraíso de nuestro amado y nunca bien comprendido pacto de progreso [personal, porque cobran como reyes y viven como pachás] -compuesto por un arco que va desde la derechona regionalista a los independentistas de Carod Rovira- hay mangoneos de poner amiguitos en cargetes para los que no están titulados?
Me creía que eso sólo pasaba con el catalán: si eres amigo del consejero de turno o eres del partido que parte el bacalao, pues te pasas por el forro del refocile la legalidad y entras por cojoncillos en el cargo para el cual NO tienes el certificado de "català" exigido. Eso sí, que no lo intente un vulgar mortal, que, previo cachondeito generalizado de los talibanes lingüísticos, te enviarán "porque así lo dice la ley" a freir espárragos [en mallorquín: purgar fum]. Pues veo que en otros asuntos ocurre lo mismo. En la próxima vida, procuraré nacer con un buen arsenal de jeta y poca vergüenza y me meto en política, a ver si puedo medrar

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31. usuario registrado toni23»31/07/2009, 22:44 h.

Y digo yo: ¿han dicho algo alguno/a de los ministros/as habitualmente tan verborréicos/as ellos/as? ¿O acaso estamos ante un caso de "descriminación positiva"? ¿Qué [c]oño/[c]ojones tiene que ver una cifra cuando todos y cada uno de los cuerpos tiene una estructura diferente? ¿Es lo mismo distribuir 41 kgrs en un cuerpo de metro y medio que en otro de metro setenta? De verdad, alucino en colores, casi tanto como con nuestros/as inefables/as ministros/as

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30. usuario registrado shadowmaker»31/07/2009, 19:35 h.

#29 Bien, Montañero. Me alegra que estés en forma. ¿Y? ¿Cuál es tu comentario acerca del tema que ocupa este hilo?

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29. usuario registrado Montañero»31/07/2009, 18:39 h.

No pretendo sentar doctrina, sólo explicar mi caso personal, sabiendo que es muy distinto del que aquí se trata. En mi juventud [20-25 años] practiqué como aficionado el Tae-kwon-do, compitiendo a nivel regional. Como deporte de combate que es, las categorías se fijan en función del peso de los deportistas [más o menos como en el boxeo].

Mi peso habitual en aquella época era de 85Kg. Cuando se acercaba una competición, el mero aumento del ritmo de entrenamientos ya me hacía bajar a 81Kg. y gracias a una pequeña contención en la alimentación lograba pesar 78Kg. [el límite superior de uno de los pesos]. Por supuesto mi cuerpo era puro músculo y fibra [había que aguantar los golpes también]. Entrenábamos fortaleza, resistencia, agilidad, rapidez, reflejos... nunca pensé que mi salud pudiera estar en peligro; es más, nunca he estado más en forma que en aquella época, en reposo mi corazón sonaba lento pero fuerte como las calderas del Titanic. Creo que el control del peso es algo natural en deporte.

Fui cumpliendo años y aquello pasó; ahora me dedico a subir montañas, sin afán competitivo alguno [salvo contra mí mismo]. Tengo 40 años, peso 105Kg y tengo el colesterol un poco alto.

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