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La danza sufí, giros místicos para conectar con Dios

Marina Villén (Efe). - 20/07/2009

La danza sufí, giros místicos para conectar con Dios

Un bailarin ejecuta la danza sufí (Efe).

En un baile relacionado directamente con el movimiento giratorio de los planetas y la conexión con Dios, los derviches enlazan un giro tras otro en un espectáculo muy popular  hoy en día en El Cairo, que aúna el misticismo y el folclore.

El público cairota puede disfrutar dos veces por semana en el parque de Al Azhar de esta danza sufí de origen turco, conocida como "tanura", que en el país de los faraones adquiere una impronta particular llena de alegría y color. El término "tanura", que en árabe clásico significa "falda", hace referencia originariamente a la vestimenta de los derviches, pero en Egipto "esta acepción se extiende al baile para distinguirlo del turco", según Ahmed Nour, fundador del grupo "Los derviches de El Cairo".

En una entrevista, Nour asegura que "a los egipcios les gustó la danza (turca) pero no querían aceptarla tal cual", por lo que decidieron ejecutar un baile "más difícil y alegre". "Los turcos -continúa- llevan una chilaba y una falda más ligera, y aquí usamos tres faldas, una doble y otra sencilla", un conjunto de telas que puede llegar a pesar trece kilos.

La danza sufí consiste esencialmente en girar sobre el propio eje y a través de este movimiento los bailarines alternan estados de conciencia y de éxtasis místico, mientras que su alma se desprende de las ataduras terrenales hasta acceder al reino de Dios.

A Egipto, esta tradición y el sufismo, corriente mística del Islam, llegaron con la conquista otomana y permanecen arraigadas en las costumbres populares y son una parte fundamental de los "maulid" o fiestas de los santones.

"El bailarín principal es el sol y los demás representan a los planetas"

Mientras que en la danza sufí turca los bailarines se colocan formando una media luna y una estrella -el símbolo del Islam-, en la versión egipcia se representa el universo. "El bailarín principal es el sol y los demás representan a los planetas, como si fueran el sistema solar", explica Nour, que formó su grupo de derviches en el año 2001 y que ha presentado el espectáculo en varias ciudades españolas, como Madrid y Málaga.

Este cambio respecto al original turco se debe a que para los sufíes egipcios "los giros del universo son rezos para Dios", por lo que "los bailarines tienen que girar para que sus rezos lleguen a Dios", apunta. Se trata de una serie de giros que abruman al espectador por su rapidez y larga duración, pero que los artistas no sienten como una hazaña, ya que para ellos lo que gira no es el cuerpo sino el espíritu.

Esta sensación la transmite el sufí Mohamed Garib, bailarín principal del grupo "Los derviches de El Cairo", quien asegura que cuando baila siente su espíritu, y que lo más difícil durante el espectáculo es el comienzo, hasta que se olvida de los espectadores y se concentra en el baile.

La falda es el espíritu

La falda o "tanura" es el elemento principal de esta tradición ya que representa, según Nour, el espíritu: "Cuando uno reza el espíritu se eleva y al bailar se eleva la falda", añade. Otra teoría acerca de la importancia de esta prenda es que simboliza las cosas malas de las que el ser humano debe deshacerse, y por ello durante el espectáculo los derviches se van quitando una a una las distintas "tanuras" de colores.

En El Cairo la actuación, que consta de tres partes, comienza con la denominada "tahmila musical", durante la cual los intérpretes demuestran su habilidad con la rababa, el mizmar y el sagat (parecido a las castañuelas), entre otros instrumentos tradicionales. Después de los solos musicales entran los bailarines con sus pesadas faldas de colores para representar con su danza el sistema solar y dar paso, a continuación, a un baile más moderno en el que todos son protagonistas del espectáculo.

Y giro tras giro, en medio de su trance, los derviches, que transmiten este baile de generación en generación, parecen alcanzar un clímax místico en el momento en el que, ajenos al folclore exterior, entran con sus plegarias en contacto con Dios.

 

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