Crónica del ganador de dos entradas para el Sónar
Rafa Barreras.- 23/06/2009

El color de la ciudad es diferente en los días de Sónar. A través de la gente, la música y el ambiente, la ciudad de Barcelona convierte a este festival en una cita ineludible para los amantes de los avances de la música y la faceta más multimedia del arte.
Lejos de los grandes carteles engordados con los nombres más repetidos del momento o con aquellos que figuran en los primeros puestos de las listas de la revistas más vendidas, el Sónar ha sobrevivido a la crisis a base de una perfecta combinación de tendencia, riesgo y apuesta por lo nuevo, todo ello aderezado con pinceladas comerciales, para que los más puristas tengan algo que reprocharse. Desde que yo recuerdo, el cartel en estos días se compone de nombres menos conocidos por el gran público, pero que años después han servido a más de uno para decir: “pues yo lo vi en el Sónar cuando no era nadie…”. Y no sé por qué extraña razón edición tras edición los resultados reflejan un éxito rotundo tanto en asistencia como en crítica.
Hacer una valoración global de un cartel tan heterogéneo resulta tan complicado como injusto. La entrada de Grace Jones, después de una tensa espera, auguraba un gran espectáculo. La diosa vestida de cuero trató de evocar épocas pasadas y dejar claro que los años no pasan para todos igual. La combinación de provocación y música se encargaron de demostrarlo.
La de Richie Hawtin era la actuación más esperada, y estoy seguro de que no defraudó, por lo menos a aquellos que saben distinguir lo que es un estilo que sin duda nada tiene que ver con algo que muchos califican con desprecio como “caótico techno experimental-industrial”. El trato del mejor mínimal y una impecable técnica en el manejo de lo que en otra época serían mesa y platos, lo han convertido en uno de los mejores. O por lo menos de los que más se habla.
Una escapada para ver a Buraka Som Sistema, dejó claro que hay vida después de Hawtin. Ritmos bailables y contundencia tribal para divertir a la gente que de verdad tenía ganas de moverse.
Del resto, cabe destacar la conexión de Heartbreak con el público, de esas actuaciones que dan la impresión de estar llamadas al éxito sea cual el estilo musical elegido. Buena actitud. Más digerible desde luego que los duros Crookers. Probablemente más rudos ellos que su música, y viceversa. Los chicos de LCD Soundsystem manejaron con gran habilidad la mejor música electrónica de aquella época en la que a todo se le llamaba house, siendo una sorpresa agradable. Y en el ir y venir, y conforme la noche se iba haciendo día, Agoria cerró una jornada sin nada que destacar, consumiendo el tiempo y dando la impresión de estar mirando al reloj cada minuto para ver si los segundos pasan más rápido. Sin más.
El Sónar no suele decepcionar por el ambiente y la organización. Con los años, los cambios de generación y la densa oferta de eventos veraniegos, la gente se vuelve más exigente y el festival se expone más a la decepción. Los que aún vamos con la esperanza de ser sorprendidos, como los niños, acudimos con ilusión y nos vamos felices, con la firme convicción de que el año siguiente será mejor que el anterior. Y se cumple.
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