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Ana I. Gracia.- 20/05/2009
Victoria Camps, presidenta del Comité de Bioética de España, respondió a Aído que la ciencia no se pronuncia sobre el momento en que una persona comienza a ser persona. En el ámbito científico, “un feto de 13 semanas es un feto de 13 semanas”. Ni más ni menos. Nada más que eso. La misma Camps dijo que la ciencia deja indeterminado decidir cuándo una persona empieza a ser persona, ya que “no ve en ello un problema científico”.
Tal vez a la ministra le cayó por sorpresa la pregunta que le lanzó un oyente y no calibró el primer error de tal afirmación: plantear la cuestión como un dilema binario de si el feto es o no es persona (en este caso, según la ministra, el punto de inflexión son las 13 semanas de gestación). Así planteada, lleva a respuestas arbitrarias. Unos dicen que lo es ya desde la concepción, otros desde que es viable, algunos que desde que puede vivir independientemente, otros sólo desde que nace. Todos creen tener la respuesta para una cuestión que parece imposible de contestar. No existe forma alguna de poder responder a la pregunta de cuándo exactamente, en qué momento concreto, comienza a existir la vida humana. Porque no se ha consensuado. La religión, la ciencia o la medicina ponen aquí o allí ese comienzo. Y están siendo arbitrarios en cierto modo, en su modo de percibir una misma realidad. Camps insistió en que la ciencia considera al feto como un feto, sin determinar si es persona o no. La ciencia, por su parte, “sí decide si el feto es viable o no lo es, independientemente de que esté en el útero de la madre” y estipulando la viabilidad a partir de la semana 22 de gestación. Aquí, en la indeterminación de la ciencia, es cuando se da alas a otras interpretaciones desde el punto de vista ideológico.
El problema está cuando utilizamos el verbo ser para cuestiones como ésta. Estamos discutiendo cuándo el feto ‘es’ persona. Utilizamos el verbo ser cuando discutimos como si sólo significara una cosa, y encima tenemos la razón. Un óvulo fecundado ‘es’ una persona humana en el sentido de que ese germen tiende a constituirse finalmente como tal. Pero no lo ‘es’ en otro sentido, ya que carece de casi todos los requisitos que consideramos como parte del ser humano: no piensa y es incapaz de sufrir o de gozar, ni tiene conciencia porque todavía no ha adquirido las estructuras, las conexiones y las funciones nerviosas necesarias. Un feto es un ser humano. En potencia, pero un ser humano.
La respuesta que dio ayer la Ministra se frustra a sí misma cuando establece un momento cronológico para determinar una cosa. Dice Aído que no hay respuesta científica que sostenga que un feto de 13 semanas sea un ser humano. Y yo me pregunto si la comunidad científica tiene respuesta a preguntas que, a mi entender, son similares. ¿Cómo, cuándo, en qué momento aprendí a andar? ¿Todos los seres humanos empiezan en ese momento? ¿Cuándo exactamente se enamora alguien por primera vez? ¿Quién sabe en qué momento de la vida ya se es maduro o cuándo una persona es vieja?
Buscar el momento exacto en que el ser en potencia se transforma en ser en acto está condenado al fracaso, ya que es intentar aplicar el tiempo de la cronología a un proceso que no es cronológico. Lo que no podemos es huir del problema, porque la realidad nos exige atenderlo y darle soluciones. Hay que consensuar en qué momento el aborto es lícito y desde qué momento deja de serlo. O en qué circunstancias se podría ejecutar. La política no consiste en quedarnos hablando de los problemas, sino en darles soluciones.
¿No hay vida humana hasta las 13 semanas pero sí a partir de ellas? ¿Qué pasa en la doce semana, seis días y veintitrés horas y media? ¿Por qué se produce a las 13 semanas, y no a la 12 o a la 18? Ministra Aído, ¿puede aclarar cómo adquiere el feto la condición humana? ¿Y quién concede la categoría de ser humano?
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