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Lunes, 30 de marzo de 2009

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TRIBUNA

Democracia sentimental

Miguel Angel Manjarrés - 30/03/2009

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Ya los antiguos distinguieron bien las tres partes del alma humana que conformaban nuestra realidad psicológica: la zona del puro instinto (nacer, crecer, alimentarse, reproducirse), compartida con todos los seres vivos; la zona de las pasiones y emociones, propia de animales; la zona intelectiva, exclusiva del hombre. Y sabían que, para el funcionamiento de la razón, había que partir por fuerza de la sensación, es decir, de los datos adquiridos por los órganos sensoriales, de manera que sobre ellos obrasen después las tres facultades del alma superior: imaginación, memoria y raciocinio. Así pues, no podía haber conocimiento sin percepción sensible, pero esa misma percepción sensible suscitaba al tiempo una serie de reacciones más o menos inmediatas y de una condición distinta a la racional. Suscitaba, en efecto, emociones, sentimientos, pasiones, que condicionaban el pensamiento y, cuando se volvían exacerbadas, lo sobrepasaban hasta dominarlo.

El conocimiento más o menos consciente de tal realidad psíquica explica, ya metidos en sociedad, la necesidad de la retórica para lograr el triunfo, el dominio y el poder. El despliegue oratorio es fundamental en cualquier organización social, sea autoritaria o democrática. En ambos casos la finalidad es la manipulación, por lo general amparada en el orden. Pero, como es obvio, caben aquí muchas distinciones, pues la manipulación oratoria, como la mentira, puede llevar a fines buenos y malos: propiciar conductas cívicas, por ejemplo, o favorecer en cambio pretensiones hegemónicas de evidente perjuicio social. Lo que parece claro es que, en el caso de la democracia, la retórica política debe servir, más allá del burdo adoctrinamiento, para convencer a los ciudadanos de que sólo será posible una convivencia beneficiosa si son capaces de respetar y ejercer unas reglas mínimas, que a menudo pueden chocar con la sentimentalidad de cada cual.

Ahí estriba otro de los objetivos prioritarios de la manipulación retórica de la democracia: los poderes políticos (incluido el mediático, se entiende) han de ser capaces de encauzar los sentimientos y las emociones de los individuos, de modo que alteren lo menos posible la normal convivencia. Parece aceptado desde hace tiempo que el progreso de la civilización reside, en buena medida, en saber domeñar nuestra carga sentimental, nuestra animalidad. Y aquí no caben medias tintas: las emociones y las pasiones, que son ineludibles, impiden y estorban la reflexión objetiva y, sólo bien dirigidas, permiten que se sigan manteniendo las reglas de juego.

Uno de los peligros evidentes que amenazan el régimen democrático es, precisamente, el exceso sentimental: no sólo se promueve la conducta emocional de los ciudadanos, sino que son los propios dirigentes quienes hacen exhibición constante de sus sentimientos. Y en España sabemos de lo que hablamos: ahí está el sentimiento nacionalista o, más aún, nuestro presidente sentimental, que habla con la pasión en la boca y hace ministerios con determinación emocional. No obstante, hay todavía quien promueve la sentimentalización de la política para renovar la democracia, convencido de que “esta despolitización de lo sentimental es uno de los factores que más empobrecen nuestra vida política” (Daniel Innerarity, “El gobierno emocional”, El País, 7 de marzo). Hummm. Aunque el autor toma sus prevenciones expresivas: no dice abiertamente que la política deba hacerse sensible, sino al contrario, son los sentimientos los que deben politizarse: “el espacio público no se revitaliza desemocionalizándolo, sino repolitizando y democratizando los sentimientos”. La oscuridad de la jerga esconde la intención: ¿repolitizar los sentimientos?, ¿democratizarlos? Ah, ya: feminizar la cosa o, si se quiere, zapaterizarla.

Conste que no es ocurrencia propia: el profesor Innerarity llega a tal conclusión con la simple aplicación del gender. La democracia es muy aburrida, demasiado seria, y su sostén burocrático es tan racional que ha conducido a la “desfeminización de lo público”. El “modelo burocrático-racionalista”, por tanto, se opone a la feminización y, en consecuencia, las mujeres bordearían la razón en beneficio, se supone, de unos valores emocionales que les serían propios. Por supuesto, el autor no dice por qué: ¿propios por biología?, ¿por cultura?, ¿por condición social? El modelo de la política tradicional es el “varón sin emociones”, que sólo busca utilidad práctica; la alternativa renovadora es, justamente, emocionar a los varones con las emociones intrínsecamente femeninas. Y el autor lo ejemplifica: esa falta de sentimientos hace que nos extrañemos del vestuario que luce una mujer política. Vaya, vaya: los reivindicadores de la fisiología femenina establecen los cotos en que pacen las mujeres, es decir, el corral de la moda y la belleza. Y bien que se aprovechan de ello los medios de comunicación, con suplementos femeninos en que todo transcurre por ropajes, posados y cocida sana. Pero el autor, en todo caso, sigue más allá, siempre más allá: quizá el trasfondo sea que las mujeres, como los sentimientos, distorsionan la política. Bueno, por fin: quien se opone a la sentimentalidad democrática o, mejor, a la democracia sentimental es un machista. Tanto recodo doctrinal para volver a las tetas.

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Opiniones de los lectores (4)

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4. usuario registrado dacdllp30/03/2009, 16:51 h.

Maestro, ningún sistema es perfecto. La democracia ni se acerca. Solo es el menos malo de los sistemas conocidos. Así que estoy seguro de que lo que propongo no funcionará.

Lo que necesita una democracia para acercarse a la perfección es que los votantes hagan uso de su derecho al voto pensando en lo que más conviene al grupo, no a sus propios intereses o inclinaciones.

Y eso requiere un nivel de educación cívica, a mi criterio, inalcanzable.

Un sistema como el que tenemos, con las reglas de juego hechas para favorecer a los políticos y quitarle toda capacidad de crítica y control al ciudadano, es un camino seguro hacia un régimen dictatorial. Los ejemplos de Argentina y Venezuela son dos aspectos de la evolución que temo, en fases más avanzadas. El final no es otro sino Cuba. Aunque allí el origen no fué el resultado de una elección.

Mi propuesta es la forma que se me ocurre para controlar las actividades del político, limitando sus atribuciones, fiscalizando sus actos y exigiendoles responsabilidad por los mismos para intentar frenar la deriva hacia el modelo argentino y posteriores.

Todo político es sospechoso mientras no se demuestre lo contrario.

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3. usuario registrado elmaestrodc30/03/2009, 15:49 h.

Hombre, dacdllp, tienes toda la razón, el problema está en las bases del sistema. Pero tampoco hay que olvidar que no hay sistema que resista a una turba movida por medio de la manipulación de sus emociones, la Revolución Animal Francesa con "la golfa guiando al pueblo" es un claro ejemplo. Y tampoco tengo muy claro que un sistema como el que propones funcionase adecuadamente si la mitad de la gente siguiera votando con las tripas. La mayoría de la gente pasa de la realidad y vota por pura empatía. De eso sabe mucho el PSOE.

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2. usuario registrado dacdllp30/03/2009, 14:05 h.

Pues para mí el peligro para la democracia no está en el sentimentalismo. Está en las bases del sistema. De hecho no vivimos en una democracia, lo nuestro es una partitocracia. Y para evitar esto, debemos quitar poder a los partidos, cambiando las reglas del juego. Algunos ejemplos, en absoluto originales:

Elegir por circunscripciones a los legisladores. Nunca más listas. Ni abiertas, ni cerradas.

Elegir por votación popular directa a los ejecutivos [Presidente del Gobierno, Presidentes de Comunidades, Alcaldes...]

Elegir a los organos de control [poder judicial, tribunal de cuentas, defensor del pueblo, tribunal constitucional...] por votación popular directa.

Permitir la modificación de la constitución y de las leyes a través de iniciativas populares.

...



Elegir por votación directa a los miembros del

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1. usuario registrado elmaestrodc30/03/2009, 11:50 h.

Qué grandes verdades has escrito. Yo me esfuerzo en cada posthttp://cienorgasmologia.blogspot.com/ en la tarea de desvelar las mentiras de esa estúpida corriente que se denomina a sí misma "inteligencia emocional", a la que habría que añadir el subtítulo "Y estupidez racional", porque es el origen de casi todos los males actuales. Si una persona es hipersensible, es más fácil manipularla, sólo hará falta apelar a esa otra broma de mal gusto "la empatía" o provocarla para hacer de ella un pelele.

Y dará igual que la realidad vaya a su aire, para un adicto a las emociones, lo importante no es lo real, sino lo que siente o puede sentir ante ello. De ahí a la masa obediente a las sonrisas de su amo, sólo hay un milímetro.

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