BIOGRAFÍA
Federico Quevedo 28/03/2009
“España ha dejado de ser un país atractivo para la inversión extranjera”. No es una frase de un dirigente de la oposición, sino de un ejecutivo dedicado a la representación de intereses de fondos de inversión extranjeros en nuestro país.
Porque el problema no es solo lo que debemos, sino lo que estamos dejando de ingresar debido al desplome de la actividad económica, al tiempo que el aumento descomunal del paro está llevando a cotas imposibles el gasto en prestaciones. El sistema no tiene liquidez, pero tampoco la banca puede hacer nada por evitarlo. La caída del crédito a empresas y familias tiene que ver, es cierto, con el exceso de celo con el que las entidades financieras están atendiendo las peticiones de préstamos y ampliaciones de crédito, pero también tiene que ver con la situación que las propias entidades están atravesando: alrededor de 400.000 millones de euros en activos inmobiliarios que hoy valen la mitad de lo que valían cuando la banca se dedicó a invertir en el sector. Por eso no caen los precios de los pisos: la banca no está dispuesta a sacarlos a la venta para no perder ese dinero. Pero, ¿Qué va a pasar cuando este mes de abril el Banco de España les pida a bancos y cajas que hagan provisión de fondos? Entonces no les va a quedar más remedio que comenzar a deshacerse de esos activos a precios de saldo, lo que, inevitablemente, va a repercutir muy negativamente en sus cuentas de resultados.
Este país, en el que hasta hace muy poco el dinero corría de mano en mano como si toda la nación fuera un inmenso casino de Las Vegas, está ahora al borde de la bancarrota. El hecho de que nuestra prima de riesgo haya pasado en muy poco tiempo de cero a noventa y nueve puntos básicos de diferencial respecto del bono alemán, o de que Stándard & Poor’s haya bajado nuestro rating de solvencia y que otras entidades de control de riesgo estén dispuestas a hacer lo mismo, no es más que una simple señal de lo que la verdad esconde y el Gobierno de Rodríguez nos oculta conscientemente. No hay un solo organismo internacional que apueste por una recuperación en España al mismo tiempo que Estados Unidos y Europa. Es más, todos vaticinan unos años más de crisis, mientras el resto del mundo occidental empieza a ver la luz al final de túnel, aunque todavía sea muy tenue. Y no están siendo del todo sinceros, porque es el propio Gobierno de España el que pide a esos organismos que suavicen sus análisis para evitar que cunda el desánimo y eso agrave la depresión económica en la que nos encontramos inmersos. Pero la situación es, insisto, extremadamente grave y se hace del todo necesario adoptar una solución.
Una solución que no va a venir de la mano del Gobierno porque, de hecho, es el principal problema. Durante su primera legislatura, Rodríguez vivió de la inercia y de las rentas que le dejaba el Gobierno de José María Aznar. Hizo caso omiso a las señales que ya entonces le advertían de lo que se venía encima -el deterioro de nuestra competitividad, fundamentalmente, y la espiral de precios del sector inmobiliario-, no quiso adoptar las medidas económicas que en aquel momento necesitaba el país, entre otras cosas porque llegó al Gobierno sin un plan de acción porque la suya fue una victoria con la que nadie contaba -ni siquiera él-, pero lo peor es que esa tendencia a la inacción y la falta de ideas en la que se había instalado el Ejecutivo se ha mantenido en la segunda legislatura obviando, de nuevo, las necesarias reformas estructurales que la economía requiere. En lugar de eso, Rodríguez nos ha obsequiado con una sucesión de planes improductivos, a cada cual más chistoso, que solo sirven para hacer más grave el problema que tenemos. Un problema que, siendo ya dramático, amenaza con serlo todavía más en cuanto aparezca con toda su crudeza la conflictividad social propia de una situación de desempleo generalizado y necesidades básicas no cubiertas para una parte importante de la población. La ‘marca España’ es hoy una amenaza de derribo.
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