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Ana I. Gracia.- 27/03/2009
Siempre ha sido el empollón de la clase. O el más listo, como diría su madre. Ni café ni Red Bull. Su mérito se lo ha ganado a base de Cola Cao. Imbatible en cirugía, neurobiología, bioética, geriatría o cualquier asignatura que se le presentaba, Eduardo Franco ni se ha parado a contar las matrículas de honor que ha recogido durante su carrera de Medicina. Con 25 años, nunca ha suspendido un examen ni se ha sacado una chuleta. "Bueno, uno de vocabulario de francés en 3º ESO no lo aprobé. Pero fue un examen sorpresa", justifica en una entrevista con El Confidencial. Su nombre aparece en la primera posición de las listas de clasificaciones del examen del MIR 2009. Acertó 218 preguntas netas sobre 250. Su expediente es impoluto: 3,76 sobre 4. Lo suyo no fue un milagro, porque ni reza ni cree en Dios. "Soy agnóstico", se define. También intuía que se iba a quedar entre los primeros. Esta vez no se emocionó tal vez porque es más tranquilo que nervioso. Pero se sincera: "Lloro, lloro mucho, lloro hasta con las películas".
Eduardo Franco no es supersticioso, pero el 24 de enero, el día que se enfrentó al examen más difícil que recuerda cualquier médico, se llevó un llavero como amuleto. "Me lo regaló mi madre". No se le puso la piel de gallina la primera vez que diseccionó un cadáver en la universidad. Pero de orugas, ni le hables. También tuvo miedo a la muerte, pero ya no piensa en ella. "¿Para qué voy a tener miedo a la muerte si cuando estás vivo no hay muerte y cuando estás muerto no hay vida?", se despreocupa. No cumple con la típica historia de hijo y nieto de médico cuya responsabilidad moral le obliga a seguir con la tradición familiar, y eso que es hijo único "aunque no por ello mimado", deja claro. Aunque dice ser muy cuadriculado, de pequeño quería ser granjero para, más tarde, pensar en la paleontología. Aprobó selectividad y seguía con dudas: ¿Médico o arquitecto?
Ni ha seguido la serie MIR ni se siente identificado con el doctor House, aunque le haga gracia su papel. No lee mucho la prensa escrita y mucho menos la online, que sólo ojea fuera de España. Cuando se sumerge en los temas de máxima controversia de su recién estrenado sector, habla como perro viejo y sin ningún pelo en la lengua. "Sobre el aborto apuesto por la prevención en los embarazos no deseados y por promover más hijos en adopción". Completamente a favor de la eutanasia, opina que todo el mundo debería tener derecho a morir aunque, eso sí, "se debería crear un consenso social".
Próxima prueba: la residencia
Estudió en
Le gusta trabajar en equipo, y no teme el fracaso profesional. Es consciente de que los principios siempre son duros, pero su único propósito ahora es llegar a ser un buen médico. El amor por la cardiología le llegó en el último año de carrera. "Siempre soñé con la cirugía". Extrapolándose hacia el futuro, se ve trabajando en un hospital grande público, en una ciudad grande, tal vez Madrid, la suya. ¿Medicina pública para siempre? Sí rotundo. Sin estar de acuerdo con la gestión pública, "que nunca ha funcionado en España", no es compatible con su ética ganar más dinero a costa de los pacientes que puedan pagarte. "No me veo en una clínica privada". Aunque no se pilla los dedos y reconoce que nunca puedes decir de esta agua no beberé. Precisamente su intención es aprovechar la residencia para formarse en la especialidad y adentrarse en el mundo de la investigación.
En estos días está visitando algunos hospitales de Madrid para confirmar su elección definitiva. Prefiere ir en coche que en metro, porque se ha vuelto muy cómodo, y no pierde el tiempo en cotillear la vida de sus amigos en Facebook. En estos casos, deja a un lado la pereza e intenta llegar puntual.
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