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Sólo los criminales hacen daño sin ideología

Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre ideología

@Carlos Sánchez - 23/01/2009

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La lucidez de Robert Musil le llevó a escribir lo que sigue: “Sólo los criminales se atreven a hacer daño a los hombres sin filosofar”. La cita la rescató del olvido el politólogo Rafael del Águila, recientemente fallecido, y denuncia las fechorías escondidas tras las sombra de las ideologías.

Del Águila solía recordar un cálculo que hizo el historiador británico marxista Eric Hobsbawm, quien llegó a estimar que 187 millones de personas habían perdido la vida a lo largo del tormentoso siglo XX por violencia política. Es decir, que en nombre de las utopías se habían cometido espeluznantes crímenes que han desangrado el planeta. Hobsbawm -que recientemente estuvo en Barcelona- es un intelectual que a sus 90 primaveras todavía ilumina, y que ha dedicado parte de su obra a estudiar el comportamiento de las élites políticas. Su conclusión es que tienden a inventar la  historia para legitimarse.

Este comportamiento se achaca habitualmente a los nacionalismos, empeñados en escudriñar el pasado remoto para dar forma y materia a su propia utopía territorial. Pero como dice el propio Hobsbawm, la democracia no sólo está herida por esa falsificación de la historia, sino por lo que él denomina ‘retórica vacía’. O hueca, como se prefiera.

Se refiere con esta expresión al comportamiento de las clases políticas, que limitan el valor de la democracia al hecho de votar cada cuatro años. Así legitiman las estructuras de poder, conformando una especie de oligopolio perfecto que se articula mediante sistemas políticos de corte bipartidista. Sólo hay dos opciones con capacidad real de gobernar: la opción A y la opción B. Por lo tanto, no hay alternativa, sino alternancia, como en la España de la Restauración. Hay que esperar el desgaste del partido en el Gobierno para que haya recambio. Así de fácil.

Para compensar esa degradación de la democracia, muchas naciones han optado por sistemas políticos abiertos capaces de limitar las perversiones inherentes al oligopolio. Al bipartidismo perfecto. En esos casos, la dirección del partido no es quien configura -en régimen de exclusividad- el sistema político, sino que lo articulan los ciudadanos mediante el voto. Estamos, por lo tanto, ante un sistema político con mayor participación real, lo que redunda en la calidad de la democracia. No hay democracia perfecta, pero si es la menos imperfecta, que se suele decir.

¿Ocurre en España algo parecido? ¿Son los ciudadanos quienes eligen realmente a sus representantes? Nada más lejos de la realidad. Y el espegate, ese sainete que han montado algunos de los dirigentes del Parrido Popular en Madrid, lo demuestra nítidamente.

Se dirá que el asunto es responsabilidad exclusiva del PP madrileño y que, por lo tanto, es injusto extender el estiércol entre el resto de la clase política. Pero se olvida que el caldo de cultivo que hace posible ese tipo de comportamientos está propiciado, precisamente, por la inexistencia de controles internos dentro de cada formación, y que convierte a los militantes de los partidos en simples ‘brazos de madera’ en el momento de las votaciones. La respuesta a lo publicado por El País desde el pasado lunes es la prueba más evidente. El PP de Madrid -y  no digamos nada el de Génova- mira para otro lado esperando que el temporal amaine. Pero no hay un debate abierto y franco sobre lo que está pasando. ¿Qué es eso de que Esperanza Aguirre pone la mano en el fuego por sus consejeros?

Deberían ser los propios dirigentes del Partido Popular ajenos al escándalo, quienes plantearan la necesidad de levantar las alfombras. Al menos por tres razones. Por higiene democrática, por su propia credibilidad ante la opinión pública y por el bien de su formación. Sin embargo, nos encontramos con un sistema de partidos cerrado en el que los dirigentes controlan tanto el aparato como los cargos públicos. Se hurta a los ciudadanos, por lo tanto, de cumplir la esencia de la democracia: la elección de sus representantes mediante el voto directo y en concurrencia efectiva entre posiciones distintas de la misma formación. Ya sea mediante circunscripciones electorales más pequeñas o a través de listas abiertas en las que los ciudadanos expresen sus preferencias por los candidatos.

Se ha optado, por el contrario, por un modelo jerárquico. Más parecido al centralismo democrático (así se llamaba) que imperaba en los partidos estalinistas. En lugar de adoptar sistemas abiertos en los que el representante del pueblo adquiere un compromiso emocional y político con los electores, y no con el jefe político de turno. Este modelo es el que explica la existencia de políticos profesionales cuyo futuro está vinculado a su capacidad de supervivencia y de maniobra. No a su talento ante los ciudadanos.

Parece evidente que ningún sistema político escapa de los casos de corrupción, pero no es descabellado pensar que detrás de lo que pueda haber ocurrido en la Comunidad de Madrid tiene que ver con una lucha desaforada por el poder entre profesionales del poder. Y que convierte a los partidos en maquinarias electorales que enarbolan falsos programas cargados de una ideología superficial y pueril que es abrazada por los electores como un mal menor ante la inexistencia de un sistema real de concurrencia. Es decir, la ideología convertida en agitación y propaganda que sugería Hobsbawm, pero afortunadamente menos incruenta. En eso, hemos avanzado.

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Opiniones de los lectores (6)

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6. usuario registrado camellovolador23/01/2009, 21:15 h.

Con la absolución de “Los Albertos” por el Tribunal Constitucional en el caso Urbanor sacándose de la manga el concepto jurídico de “tutela judicial reforzada”, hasta entonces desconocido, la Justicia separó del garantismo genérico del derecho a la tutela judicial efectiva a una élite para dar rango legal al proteccionismo de una casta de ciudadanos dignos de especial amparo judicial.

Esa particularidad judicial que atiende a la protección de unos pocos como auténtica Razón de Estado imposibilita la aplicación uniforme de la Ley. La solución judicial es primero que el razonamiento jurídico, intentándose luego construir la sentencia en retorcida interpretación del Derecho. Primero se redacta el Fallo y luego se buscan los Fundamentos Jurídicos en torticera o nueva jurisprudencia si es preciso.
http://acratas.mihost.info/Prometheo/

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5. usuario registrado agarcía23/01/2009, 20:09 h.

Sr Sánchez, un muy lúcido análisis apuntalado en no menos lúcidos pensadores: Musul y Hobsbawn; solo le ha faltado ponerle nombre y apellidos al caso español: todos los del nomenclátor político tanto los ya afincados como los postulantes.
Y es el caso que Hobsbawn solo contó los muertos por acción directa del poder ideológico convertido en ambición y manipulación propagandística; pero si se añadiera las muertes morales, que en casos devienen en físicas adelantadas, por vía de las esperanzas quebradas, las ruinas sobrevenidas por la incuria de los gobernantes, la Crisis actual que se ha negado como quien quita el cartel de ¡Cuidado Precipicio! para empezar a hablar de ella cuando lo peor ya es irreversible para los desprevenidos... Todo ello configura un cuadro de degradación moral llevada al Poder y justificada en el relativismo de esa moral ausente...
Son tiempos de jeremiadas pero mejor que se hagan con lucidez y referencias para el pensamiento moral en un mundo donde no se encuentra mas que propaganda y manipulación de los hechos presentados. U ocultación de lo indeformable.
Se pronuncia Democracia como un mantra en nuestra política, pero la palabra ya no es un concepto.

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4. politólogo23/01/2009, 16:07 h.

Desde los años 80, la tiplogía de partidos ha llevado a la consecución del llamado partido cártel. Es el claro ejemplo de la profesionalización de la política. Esto lleva en numerosos casos al establecimiento de "entornos políticos" inamovibles.
Y como consecuencia, suelen aparecer elementos "oscuros" de corrupción, financiaciones a "partidarios", etc...
El caso del espionaje es un claro ejemplo de consecuencia de ese estancamiento que vive en el PP desde las últimas elecciones. Espero que caso tras caso, el Señor Rajoy lo vaya teniendo en cuenta.

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3. usuario registrado haciendo las maletas23/01/2009, 11:53 h.

Vázquez Montalbán contaba en una de sus últimas novelas cómo las nacioncitas juegan a los espías y crean servicios de inteligencia de difícil encaje legal que,a falta de poder titularse de tales, ejercen desde la oscuridad financiados con partidas del origen más variopinto. LO cierto es que en España espiar es costumbre, no sé si recuerdan aquel caso sonado de los primeros tiempos del PSOE,el que el juez Vázquez Honrubia archivó acojonado, y tantos más, el último,que debería haber escandalizado a PRISA fue el de Pizarro. Llama la atención que los negadores de realidades escandalosas como GAL y compañía ahora,al borde de la quiebra,se lance a destapar escándalos. Lo triste es que se engañe a la gente, no sé si lo saben [todo el que trata con temas sensibles en este país sí] pero en España es práctica común,por ejemplo, esuchar conversaciones telefónicas sin orden judicial. Entre otras cosas más feas.

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2. usuario registrado Pickwick23/01/2009, 11:26 h.

Es muy curioso lo del Sr.Sánchez. Con este asunto del supuesto espionaje en el PP y la Comunidad de Madrid le ha venido a la mente una sesuda reflexión sobre la degradación de la democracia y la corrupción.
Y digo que es muy curioso porque cuando fue espiado Manuel Pizarro por la Guardia Civil y funcionarios del CNI, el Sr.Sánchez ignoró totalmente el asunto sin plantearse ninguna cuestión sobre la intrínseca maldad de los poderes públicos.
Y la cuestión tiene su miga. En este último caso no sabemos todavía si realmente es cierto lo del espionaje o es la clásica tralla progre contra la Sra.Aguirre. E includo tampoco sabemos si de existir, ese hecho puede constituir un delito. Sin embargo, en el caso de Pizarro y Endesa, como en el caso del BBVA y el Sr.González, sí sabemos que el espionaje corrió a cargo de funcionarios públicos por orden de cargos institucionales. Y eso es delito sin ninguna duda, aunque el fiscal correveydile diga lo contrario.
Quizá el Sr.Sánchez tiene distintas varas de medir y considera que existen determinados ciudadanos a los que es legítimo espiarlos, por las maldades que puedan maquinar. Y también que es legítimo que existan espías, eso sí, progres.

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Quise ser periodista para viajar; pero al final algo debió fallar y he acabado siendo una especie de tecnócrata del periodismo económico. No me quejo. Ello me permite aprender todos los días y contar lo que sucede. Sin apriorismos y sin necesidad de echar mano de los célebres espejos deformantes que colgaban del Callejón del Gato, y que tanto asombraban a Valle-Inclán. Nací en Madrid en el mismo año en que Bardem estrenó Calle Mayor y soy Licenciado en Ciencias de la Información. He escrito un par de libros sobre el capitalismo español y trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Y al final he descubierto que Internet es todo eso y algo más. Carlos Sánchez es subdirector de El Confidencial.

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