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Orquitos New Age

@Nuño Vallés - 10/01/2009

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ORCOS

Autor: Stan Nicholls.
Editorial: Marlow.
Páginas: 896.
Precio: 29 €.
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Quien leyera El señor de los anillos –y todos lo hemos leído– es difícil que no sintiera intriga por el orco, esa criatura cerduna, oscura, malcarada, hedionda y que, en fin, reúne todos los defectos imaginables, dado que se construyeron como opuesto de los elfos, seres cuasidivinos; seres infernales, habitantes del inframundo, enemigos de la luz, una vacía representación del mal, pero tenían encanto. Costaba imaginarse su degenerada forma de vida, aunque algunos atisbos se ofrecían en El hobbit, por ejemplo. Por eso decepciona tanto la obra de Stan Nicholls –y no sólo por su divergencia con el maestro–, porque sus orcos han perdido todo el encanto. No se parecen nada a la imagen tradicional del orco; están retratados como neandertales –la nueva visión, más ajustada, de éstos– o como nativos americanos –algo muy envidente en los sueños de Stryke–. A Nicholls le ha faltado talento para meterse en la piel de los subseres y por ello ha tenido que cambiarlos. Nada que ver, pues, con Wicked, novela que invertía el cuento clásico de El mago de Oz manteniéndose dentro del cuento, aprovechándose con inteligencia del atractivo del relato original.

Orcos, sin embargo, se inscribe en un mundo nuevo no tan bien estructurado como la Tierra Media o Krynn –el mundo de Dragonlance–. Si la gran novedad que aportaba el autor era el punto de vista –no tan novedoso: Kirill Eskov hacía lo propio y con mucho más ingenio en El último anillo–, esto es, que los protagonistas de la novela son los orcos y no otras criaturas consideradas benéficas, nos encontramos con unos orcos que burlan las coordenadas marcadas por la tradición y, especialmente, por J. R. R. Tolkien. Nicholls juega con la constante de que es el vencedor el que escribe la historia. Como sabemos, la batalla entre humanos y orcos la perdieron éstos y, por tanto, nuestra estirpe convirtió a los nobles ogros en los malos del cuento. Pero, aunque en las primeras páginas del relato su imagen no es muy distinta de la habitual –se comen varios puñados de molestas hadas y se relamen ante un bebé– en seguida cobran un carácter más “humano” al liberar a los grifos estabulados en el asentamiento humano, mostrando un inesperado amor por la naturaleza.

Son pues los hombres, un nuevo pueblo que ha hecho su aparición en la tierra ancestral de Maras-Dantia, alterando el equilibrio entre las razas antiguas y corrompiendo la magia que lo alimentaba, quienes ganan para sí los pecados de la brutalidad, la crueldad o el egoísmo, y especialmente el fanatismo. Porque, al igual que algunas obras recientes de fantasía que han cosechado demasiado éxito –como en la trilogía La materia oscura– el autor resulta presa de un trauma religioso que acaba moviendo la acción de su novela. La religión estaba muy presente en la obra de Tolkien, por ejemplo, pero estos autores contemporáneos carecen de su sutileza. El conflicto racial y ecológico que se desarrolla en Orcos lo hace en paralelo a otro religioso que está realmente en la base de los anteriores: los humanos traen consigo un credo intransigente, el unitarismo, y aunque no todos lo siguen –algunos abrazan el politeísmo ancestral, aunque no por ello son mucho menos dañinos– es suficiente para alterar toda la tierra de Maras-Dantia y condenarla a la edad glacial por la interrución de los torrentes mágicos.

 

La novela tiene algunos detalles interesantes, como la burla que se hace de los elfos, criaturas andróginas y delicadísimas, la organización platónica de las tribus de orcos, o las descripciones de combates que, a pesar de todo, se acaban haciendo monótonas –son cientos y cientos de páginas; si hasta las luchas heroicas de Homero se hacen pesadas, ¿qué será de Nicholls, bastante mermado literariamente?–. Es una novela cruda, violenta, adornada con una ocasional pornografía morbosa y sangrienta. Estructuralmente es truculenta e incoherente y permamentemente se recurre a intervenciones externas –Deus ex machina– para sacar al relato del atolladero del que unos personajes arquetípicos son incapaces de salir por si solos. Se podía haber hecho mejor.

 

 

LO MEJOR: el desprecio que todos profesan por los elfos.

LO PEOR: lo anodino de estos orcos.

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