El IRPF se regionaliza: un paso más en el desmantelamiento de su eficacia
@Carlos Sánchez - 31/12/2008
Un veterano dirigente empresarial decía hace algún tiempo que no hay negociación sin liturgia. Se refería a que antes de cada proceso negociador los implicados ponen siempre pie en pared, al menos de cara a la galería, y declaran a los cuatro vientos que no cederán un ápice en sus planteamientos. Lo dicen de forma solemne, como si se tratara de una verdad revelada. Pero pasado un tiempo prudencial, sin embargo, los buenos principios se diluyen. Hasta el punto de que en la mayoría de los casos se puede aplicar aquel viejo aforismo que se atribuye a Groucho Marx, que solía decir sus interlocutores: “Si no le gustan mis principios, no se preocupe, tengo otros”.
A la financiación autonómica le sucede algo parecido. Desde que el vicepresidente Solbes lanzó oficialmente el debate allá por el mes de julio, todo han sido declaraciones grandilocuentes, pero ni una cifra que llevarse a la boca. Todo apuntaba a que antes de acabar el año, los ciudadanos conocerían la propuesta del Gobierno, pero hete aquí que llega 2009 y continúa sin conocerse ni una mísera cifra, que en última instancia es lo que preocupa a los contribuyentes. Mucha filosofía y mucha farfolla que sólo abunda en lugares comunes (garantía de suficiencia global o mayor equidad del sistema), pero a la vista del documento presentando ayer por el Gobierno a las comunidades autónomas es imposible conocer la repuesta a tres preguntas clave: ¿Cuánto costará el nuevo sistema (es absurdo hablar de nuevo modelo); ¿a quién beneficiará más? y, sobre todo, ¿hacia dónde se dirige un país que cada cinco años ve empequeñecer la figura de la Administración central del Estado a favor de las comunidades autónomas?
Vaya por delante que uno de los mejores inventos que ha alumbrado España en 31 años de democracia tiene que ver con la existencia de administraciones periféricas que acercan la acción del gobierno a los ciudadanos en sus diferentes ámbitos (local o autonómico). Esas buenas intenciones se plasmaron de una forma un tanto incoherente -el espadón militar estaba ahí- en la Constitución de 1978, pero el Título VIII sirvió para que el proceso autonómico echara a andar. Y no hay ninguna duda de que este país ha dado un gran salto adelante en las tres últimas décadas en todos los órdenes. Gracias, entre otras cosas, a la descentralización territorial del gasto público.
Un modelo agotado
Ese modelo, sin embargo, parece agotado y no da más de sí en sus actuales términos, dado que está generando todo tipo de duplicidades e ineficiencias del gasto público. De ahí que sea necesario un nuevo modelo de financiación que vaya mucho más allá que un simple reparto de dinero por parte del ministro de Economía de turno de forma más o menos arbitraria, y que se distribuyen en franca camaradería las regiones. Uu dinero que, por cierto, no tiene la Administración central, por lo que será financiado vía endeudamiento, lo cual es un auténtico disparate. Las pymes y las familias no disponen de recursos suficientes para financiar sus necesidades, mientras que las administraciones saturan los mercados internacionales de crédito en busca de liquidez. Todo un ejemplo de solidaridad. Eso significa, además, que los miles de millones de euros que cueste el nuevo sistema -destinado a financiar gasto corriente- no se va pagar subiendo los impuestos o reduciendo el gasto público, como sería lo razonable, sino que la próxima generación tendrá que hacer frente a esas deudas. Otro ejemplo de solidaridad intergeneracional.
Lo peor, sin embargo, es que el nuevo sistema avanza un poco más en el desmantelamiento de la imposición directa como eje vertebrador del Estado en materia fiscal. En lugar de caminar hacia la creación de tributos autonómicos, se da otra dentellada al Impuesto sobre la Renta. No sólo se amplía la cesión del IRPF hasta el 50%, sino que, sobre todo, el impuesto queda deshilachado al aumentar la capacidad normativa de las regiones en asuntos tan capitales como el mínimo personal o familiar, la política de deducciones en cuota o la modulación de escalas de gravamen en función de lo que dictamine cada parlamento regional. Poniendo en serio peligro, además, la unidad del mercado en materia fiscal.
Redistribución de la renta
Es decir, que en lugar de conservar un instrumento eficaz para la redistribución de la renta y el bienestar en el conjunto del país, se opta por su territorialización, lo cual deja al Estado inerme para afrontar determinadas decisiones de política económica. Máxime si se tiene en cuenta que se trata de un impuesto con enorme potencia recaudatoria.
Parecería más razonable la existencia de impuestos estrictamente autonómicos complementados con aportaciones del Estado para asegurar una calidad homogénea de los servicios públicos esenciales, lo cual tendría una doble ventaja. En primer lugar, esa imposición autonómica sería más transparente y, por lo tanto, más ‘visible’ para los ciudadanos. Como consecuencia de ello, los políticos locales estarían en la obligación de dar la cara ante sus electores sobre el nivel de presión fiscal que se aplica a cada territorio. Lo que sucede ahora es que los ‘barones’ regionales –de todos los signos políticos- se escudan tras la silueta de madrid para ocultar sus vergüenzas. Acusando a los gestores del Estado de ser inclementes con las demandas sociales.
En lugar de explorar esta vía, el Gobierno ha optado por dar a luz un complejo sistema de financiación que crea diversos fondos a la medida del consumidor. Las regiones ricas (‘más dinámicas’, según la terminología políticamente correcta) tendrán el llamado Fondo de Competitividad; mientras que las pobres (ahora se llaman las de menor riqueza relativa) tendrán acceso a un Fondo de Cooperación, a los que hay que sumar el actual Fondo de Suficiencia y el Fondo de Compensación Interterritorial.
Como se ve, el documento presentado ayer es un prodigio de equidistancia regional, pero continúa sin resolver el problema de fondo: la inexistencia de un modelo definitivo capaz de actualizar sus variables básicas de forma automática y no cada cinco años. Y que, al mismo tiempo, sea capaz de establecer el principio de quien gasta es responsable de los ingresos, lo que ayudaría a acabar con muchos de los despilfarros actuales. Es decir, algo parecido a un Estado federal.
No estará de más recordar que el modelo actual (que se ha ido actualizando a golpe de presión autonómica) apenas ha servido para acercar los niveles de renta entre regiones, lo cual dice muy poco de su eficacia. Las siete regiones que en 1995 tenían un pib per cápita superior a la media (Aragón, Baleares, Cataluña, Madrid, Navarra, País Vasco y La Rioja) continúan en esa misma posición doce años después, según los datos de la Contabilidad Regional. Por el contrario, las más pobres siguen ahí. En el pozo.
Pese a los ingentes recursos que han llegado de la UE y del Estado en los últimos años, Andalucía ha recortado apenas 3,5 puntos en más de una década respecto de la media ( el 74,8% ha pasado al 78,3%); Extremadura se ha acercado en 4,6 puntos (del 64,1% al 68,7%) y Castilla La Mancha no sólo no ha mejorado, sino que se ha alejado de la media. De una riqueza relativa equivalente al 82,1% en 1995, ha retrocedido hasta el 79,3%, lo que dice muy poco a favor de los diferentes sistemas de financiación que cacarean cada cinco años tópicos como la garantía de financiación de los servicios básicos o la suficiencia del sistema.
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Opiniones de los lectores (17)
17.
j&l02/01/2009, 19:50 h.
Mahouuu. No es posible hablar de elementos de control del gasto autonómico cuando se dan factores como, entre otros, éstos:
- Traspaso de competencias a las Comunidades sin ir acompañadas de los recursos correspondientes.
- Idéntica jugada por parte de la Comunidades a los ayuntamientos.
Y tal vez el más letal. La dependencia de la estabilidad del gobierno de la nación y su elección, del voto de Comunidades Autónomas cuyos gobiernos locales condicionan a aquel y, por una mala ley electoral, el voto de unos pocos tiene mayor peso que el de otros muchos.
A ver que control va ejercer un gobierno nacional sobre el gasto de un socio nacionalista que puede auparle a la poltrona gubernamental o descabalgarle de ella apoyando una moción de censura de otro, o tirarle por tierra la aprobación de los PGE.
16. Mahouuu02/01/2009, 17:50 h.
(cont.) Lo que digo del mercado se podia aplicar en el sistema educativo o sanitario. No es normal que en la legislatura pasada se regalace millones a las CC.AA. para la sanidad (materia transferida), pero que no haya ningun mecanismo de control para saber qué ha hecho cada CC.AA. con el dinero recibido (porque todas recibieron). Tampoco es cierto que todas las CC.AA. tengan las mismas necesidades. Por ejemplo, el problema que tiene Canarias, o Ceuta o Melilla con la inmigración no se siente igual en Navarra o en Pais Vasco. Por tanto, hay que adecuar la financiación a las necesidades reales de cada CC.AA, proponiendo un suelo de servicios que se puede prestar a los ciudadanos. Tampoco es bueno asficiar a los motores de desarrollo con tal de igualar a todos. No es lo mismo Madrid que Pampl
15. Mahouuu02/01/2009, 17:50 h.
Todo el mundo alaba la España de las autonomías al tiempo que la critica. A mi modo de ver, el sistema autonomico carece de un mecanismo cohesionador que deberia articularse a través del Senado. Por poner un ejemplo: los empresarios se quejan de falta de unidad de mercado, al tiempo que acuden a los jefes autonomicos para afianzar algunos de sus negocios. El sistema de las CC.AA. falla al no tener un sistema sancionador como el que existe en la UE cuando un país miembro se salta la legislación europea. Esto ha ocurrido con la competencia o en el tema de las ayudas fiscales. Aquí, al nivel nacional, se deberia de articular un mecanismo parecido con el fin de conseguir un tronco común, sin necesidad de unificar al estilo centralista toda la legislación autonomica. Lo que digo del mercado ...
14.
j&l02/01/2009, 17:45 h.
Alex,13. Coincido en su opinión. Dar por sentado, como hace el articulista, que el estado de las autonomías es quien ha permitido nuestro desarrollo en éstos años, cuando lo único demostrable es el incremento del gasto administrativo, la duplicación o triplicación de funciones, el entorpecimiento de nuestro mercado interior y el mal aprovechamiento de ciertos recursos básicos y fundamentales, p. ej. el agua, por mor de politicas locales sobre el interés nacional, no solamente es un disparate, sino la constatación de que la prensa es cada vez más un programa tomate, donde cualquier periodista suelta lo que le viene en gana sin más argumento que su propia afirmación.
Y aquí, el autor de éste artículo de hoy, considerándose por encima de la mayoría ciudadana que cree que las Autonomías son la principal causa del cáncer económico que nos corroe.
Válgame Dios que partida de sandeces hiladas sin la menor coherencia para luego acabar en lo único cierto, que si el dinero a manejar no se incrementa, el aumento de las manos que lo administran resta gasto inútil al capital neto líquido a emplear. Justo ahora cuando está disminuyendo la recaudación.
13.
alex02/01/2009, 17:14 h.
Artículo incoherente y disparatado. En la primera parte una equivocada loa del sistema autonómico responsable de todos los progresos conseguidos en los últimos 31 años, para en el segundo epígrafe describir la ratonera en que nos ha metido ese sistema y en el tercero mencionar lo poco que ha solucionado en la mejora de los rezagados. Menos mal que por lo menos ha mencionado "los ingentes recursos que han llegado de la UE", que son los únicos responsables de los progresos habidos, pese al lavado de cerebro a que nos someten políticos autonómicos y periodistas apesebrados.
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Quise ser periodista para viajar; pero al final algo debió fallar y he acabado siendo una especie de tecnócrata del periodismo económico. No me quejo. Ello me permite aprender todos los días y contar lo que sucede. Sin apriorismos y sin necesidad de echar mano de los célebres espejos deformantes que colgaban del Callejón del Gato, y que tanto asombraban a Valle-Inclán. Nací en Madrid en el mismo año en que Bardem estrenó Calle Mayor y soy Licenciado en Ciencias de la Información. He escrito un par de libros sobre el capitalismo español y trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Y al final he descubierto que Internet es todo eso y algo más. Carlos Sánchez es subdirector de El Confidencial.
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