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El imparable deterioro del Estado de Derecho: una urgencia informativa

Derecho Economía Leyes Santiago Muñoz Machado

@Cristina Falkenberg - 06/12/2008

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Sin Derecho no hay economía. Punto. Y esto es así porque el Derecho provee los cauces por los que debe discurrir nuestra convivencia, lo que incluye toda la actividad económica, al menos la que es legal. El comercio es intercambio y sin él no hay posibilidad alguna de creación de riqueza. Pero exige y de manera ineludible un marco jurídico razonable, fiable y creíble.

La racionabilidad impone que las leyes sean justas, sensatas, lógicas: que sirvan efectivamente para el fin que se proponen que, en todo caso, debe orientarse hacia la procura del bien común. La fiabilidad por su parte demanda que la norma esté elaborada con un mínimo de calidad que le permita tener cierta estabilidad de modo que cualquier modificación resulte medianamente previsible. La riqueza no se crea de la noche a la mañana: lo que es más, suele requerir de una planificación a largo plazo, incluida la de inversiones con frecuencia multimillonarias y que no se olvide, tienen lugar en mercados globales donde los países compiten entre sí por atraerse los grandes capitales.

Finalmente, la credibilidad es el broche que cierra todo el sistema, haciendo que las normas jurídicas sean tales y no una mera apariencia para mayor autobombo del que gobierna. La credibilidad del sistema implica que las normas se apliquen efectivamente, de manera igual para todos y en su recto sentido, sin que se den por válidas interpretaciones difícilmente explicables más que por la averiguación de los intereses más o menos inconfesables a que sirven. La regla general debe ser el cumplimiento espontáneo y de buena fe del Derecho, también por parte del más poderoso. El ordenamiento está pensado para que el litigio y la imposición coactiva de las normas con toda la fuerza del Estado de Derecho sea una excepción fruto de un proceso con todas las garantías incluida la ausencia de dilaciones indebidas. Cualquier cosa contraria a todo esto hace que el sistema resulte simplemente insostenible a largo plazo.

Muchos de los problemas subyacentes a la actual crisis económica —incluido el hecho de que no se vaya a salir de ella fácilmente— hay que buscarlos en que nuestro vigente marco jurídico ni es razonable, ni es fiable, ni es creíble. Esta es una percepción que el ciudadano medio tiene cada vez más clara, en especial cuando resulta víctima de unas leyes injustas, inútiles o ineficaces y que llegado el momento resulta que no eran iguales para todos. Igual de dañoso que una mala legislación resulta el indecoroso proceder de las Administraciones públicas cuando expiden sin rubor actos administrativos manifiestamente contrarios a la ley, sea a sabiendas o debiendo saber de su ilegalidad.

Resulta entonces particularmente grotesco que estos actos gocen, como todo acto administrativo, de una presunción de legalidad, fundamento de su inmediata ejecutividad que respaldan las exorbitantes potestades de autotutela de la Administración, entre ellas el expeditivo procedimiento de apremio que le faculta para dirigirse de manera directa e inmediata contra el patrimonio de los administrados. Ocurre además que exigir el cumplimiento de la ley es con demasiada frecuencia un ejercicio costoso e inútil, vistas, entre otras cosas, el monumental atasco que pesa como una losa sobre nuestro sistema judicial. Sabedores de ello, quienes pudieren derivar alguna ventaja por dejar de cumplir con sus deberes y obligaciones, se sentirán inevitablemente tentados a ponderar el beneficio esperable por incumplir frente a la probabilidad de resultar efectivamente demandados y en su caso, condenados.

Todas éstas son circunstancias que los operadores económicos descuentan de manera más o menos consciente. Cada uno decide a su nivel: unos respecto de inversiones que podrían generar de miles de puestos de trabajo directos e indirectos; otros muchos respecto de simples opciones de consumo. El resultado final es que toda la economía se ve afectada, ralentizada, incluso paralizada. La prima de riesgo puede llegar a ser enorme.

Los juristas obviamente no son ajenos a esta realidad. Es cada vez más frecuente que un elevado debate doctrinal se vea abruptamente interrumpido por llamadas de atención sobre cuestiones absolutamente elementales que deberían estar ya superadas; o que un autor al abordar un tema jurídico lo haga sintiéndose obligado a dar la voz de alarma. El problema es que las muy enjundiosas observaciones que puedan hacer los estudiosos del Derecho rara vez traspasan el umbral del ámbito académico o de las revistas especializadas no aptas para legos en leyes.

Ello, empero, no resta un gramo de importancia a lo que estas personas tengan que decir. Cuando con su inmenso y profundo conocimiento y experiencia están exponiendo los peligros reales del panorama desolador que presenta una materia, parece que nadie les escucha… ¡y eso que su valiosísimo consejo es gratuito! Mejor dicho, siempre hay quien les escucha, pero ni de lejos llegan a ser suficientes oyentes como para que quien ocupa el poder sienta la presión de la opinión pública.

Con la idea de superar esta situación ha nacido en el seno de la Editorial Iustel una nueva revista de nombre “El Cronista (del Estado Social y Democrático de Derecho)”, iniciativa que lidera D. Santiago Muñoz Machado, destacadísimo jurista y Catedrático de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. Se trata, como dice este autor, de “movilizar el pensamiento sobre el Estado, para proteger las instituciones de los maltratos a que las someten aventureros e ignorantes”. El Cronista intentará, “modestamente… mejorar la comunicación de la clase de los juristas con quienes se ocupan de las políticas públicas y empresariales de interés general, hacen las leyes y las ejecutan y aplican…”, aspirando a caer sobre la mesa de legisladores, jueces, altos, funcionarios, abogados y todos quienes puedan tener alguna relevancia a la hora de proponer y decidir acerca de las políticas públicas.

En efecto, el hecho de que los juristas técnicos no tiendan a aparecer de manera habitual en los grandes medios de comunicación ha derivado en que “el Estado va por un lado y quienes han contribuido de manera decisiva a crear sus fundamentos teóricos y resolver sus problemas, por otro”, quedando desaprovechados unos valiosísimos conocimientos y experiencias.

El derecho y los medios de comunicación

El pensamiento jurídico es, sin duda posible, el componente más relevante de la filosofía del Estado”, afirma Muñoz Machado con razón, si bien “la opinión sobre el Estado de Derecho ha sido secuestrada y es expresada únicamente en los medios de comunicación” que tienden a imponer, cierto que legítimamente, una determinada línea editorial publicando, cuando lo hacen, (casi) exclusivamente las opiniones de los juristas ideológicamente afines a cada medio. Sin embargo desde el punto de vista del debate racional esta no es en absoluto la mejor solución. El Cronista se plantea como un pluridisciplinar “observatorio de vigilancia” de los problemas actuales del Estado de Derecho. La única línea editorial que se impone “es la que resulta de la simple aplicación de los valores recogidos en la Constitución”.

Pero para que llegue a poder cumplir más plenamente su función a El Cronista le falta saltar, al menos en sus contenidos esenciales, a los grandes medios de comunicación. Como se decía, sólo el conocimiento por “la opinión pública” de las cuestiones que recoge El Cronista podrá forzar un cambio en la preocupante evolución de nuestro Estado de Derecho hacia su irremisible deterioro. En este sentido El Confidencial es un medio ideal: su perfil político plural, independiente, racional y de búsqueda de informaciones relevantes para los operadores económicos provee un escaparate óptimo para la exposición clara, sucinta, sencilla y ordenada de lo que tienen que decir nuestras mejores cabezas jurídicas, esas cuyos honorarios profesionales… no estarán jamás al alcance del ciudadano medio. Su amplísimo y profundo conocimiento del ordenamiento, su experiencia ante o al frente de juzgados, tribunales, altas magistraturas del Estado o en la Administración les coloca en un punto de observación absolutamente privilegiado. Aprovéchese pues la oportunidad que se ofrece de poder otear el horizonte desde el mismo acantilado: nada más racional, nada más prudente…

Lo dicho para El Cronista vale para tantas otras de nuestras estupendas publicaciones jurídicas tan frecuentemente fuera del alcance del lector común: sea por su difusión limitada o por la extensión y el carácter eminentemente técnico de sus artículos. Se intentará poner a disposición del lector interesado una serie de informaciones concretas, muy relevantes y actuales, sin presuponer por su parte ningún conocimiento previo de Derecho. Ello exigirá simplificar las exposiciones e incluso aclarar conceptos y expresiones, aunque no debe necesariamente entrañar una pérdida de calidad, profundidad, rigor o precisión en torno al mensaje principal que se quiere transmitir. Se pretende que la percepción general, y a veces algo nebulosa del inexperto en Derecho acerca de que nuestro entero marco jurídico se desgasta a marchas forzadas, se vea iluminada por la toma de contacto con estas cuestiones.

El ejercicio no debería llevarle más de diez minutos de lectura atenta. Para el jurista avezado, se procurará ordenar la información a fin de que de un vistazo en un par de minutos y leyendo “en diagonal” pueda tener puntual noticia de cuestiones que aún no perteneciendo a su especialidad, le puedan resultar de conocimiento útil, cuando no inexcusable. Se trata, en suma, de dar noticia de cuestiones esencialísimas, puestas de manifiesto por nuestros más destacados juristas, con la intención de que el lector sienta que el tiempo, recurso escaso —a veces escasísimo— que dedica a pasarse por estas páginas de El Confidencial y que versarán sobre temas jurídicos de fondo verdaderamente le merece la pena.

Se hará todo esfuerzo posible por estar a la altura aunque sólo sea por aquello de que sin un Derecho que merezca el nombre de tal, no hay economía que valga. Siguiendo a D. Julián Marías: “Por mí que no quede”.

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Opiniones de los lectores (12)

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12. usuario registrado una misma08/12/2008, 13:12 h.

A Gandalfito y Fernandoff: sí pero al final seguimos teniendo Derecho, ¿no? Uno que dice que la propiedad no la pueden detentar los sujetos de derecho privados; esto es, que el único propietario puede ser el Estado, persona, sujeto de derecho público.

De hecho esto que describimos es así grosso modo pues sí que existía una propiedad privada aunque fuertemente restringida. Ello enseguida fue así pues el de propiedad es un derecho natural, derivado del sustrato material del hombre y que hace que éste para subvenir sus necesidades materiales y poder sobrevivir sepa que cuenta con ciertas cosas que son suyas pudiendo reclamar contra quien se apropie de ellas ilegítimamente. por ejemplo: la ropa que llevo puesta es mía, el plato de comida que me voy a toar a la cena, también. No existe régimen en el mundo que funcione sin el reconocimiento de cierto ámbito de propiedad privada.

Pero, a lo que íbamos, atribuirla al Estado es una decisión jurídica que se materializa en una regla que dice "los medios de producción serán del Estado, no de los particulares" y eso se respeta por todos porque es ley.

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11. usuario registrado fernandoff08/12/2008, 11:57 h.

Debo insisitir porque creo que es la mejor forma de sensibilizar a la sociedad de esta imperante necesidad - más que el derecho, hay que implantar la ética en cualquier profesión ejercida.

De lo contrario, la mayor parte del esfuerzo es poco útil hacia los fines para cuales se emprenden.

Como ha comentado "gandalfito", a lo largo de la Historia ha habido regímenes que abolieron la propiedad privada. Aún existen estados que ejercen parcialmente esa práctica.

Nos sorprenderíamos si estudiáramos los distintos regímenes económicos que hubieron en los distintos continentes. Algunos ofrecerían soluciones a problemas de hoy en día. Su éxito se debía principalmente al respeto a "la palabra dada", o sea, la ética de cada actor implicado en un acuerdo.

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10. usuario registrado catulo07/12/2008, 12:18 h.

Dudo mucho que desde una publicación como Crónica y el indudable prestigio de Muñoz Machado se pueda influir en una clase dirigente y unas administraciones que jamás responden de su hechos.El mal es muy profundo.
Ahí tenemos el Estatuto Catalán,sus promotores sabían de su inconstitucionalidad,no les importa. El T.C. sin saber qué hacer, pues sus motivaciones son exclusivamente políticas.Es un ejemplo,pero que influye en los ciudadanos que ven como, impunemente, se bordea la Constitución todo.
Interesante sería poder acceder a Crónica a través de Internet.

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9. usuario registrado manuels07/12/2008, 00:02 h.

Totalmente de acuerdo. La Justicia es una asignatura pendiente. Esto exige:
1.-Poner en el Ministerio de Justicia a alguien que pueda llevar adelante un auténtico Pacto por la Justicia. M.F. Bermejo no es el adecuado.
2.-Más dinero para la Justicia.Programa especial de choque...informatización (sistemas expertos), formación, documentalistas judiciales,agentes, oficiales, jueces de refuerzo provisionales.....
3.-Unificar los sistemas informáticos de los Juzgados de todas las Comunidades que tienen transferidas las competencias. Lo ideal es que todo pasara a ser competencia del Consejo General del Poder Judicial. Ellos serán los competentes en todo y, por tanto, responsables.
4.-La partida de la Justicia (toda, la global) se determinaría por petición del CGPJ y aprobaría por las Cortes como ahora, pero como primer punto de los Presupuestos Generales del Estado.
5.-Modificación legislativa en normas sustantivas y procesales. Menos leyes, pero que se cumplan. Menos procedimientos, pero más claros y sencillos.
Y esto es sólo para una de las asignaturas pendientes quedan otras: Energía, Educación, Unificar el mercado,

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8. usuario registrado mármol06/12/2008, 19:22 h.

Es una de las muchas interpretaciones interesadas desde el mundo del derecho.Y ese es parte del problema, la interpretación del derecho y quién la realiza. Si en derecho dos y dos no son cuatro, todas las interpretaciones que desde el derecho se hagan pueden ser factibles. El problema reside cuando las interpretaciones son sesgadas, o mejor sectarias, y se pretende que sean las generales, las de todos, cuando sólo son las de una parte de la sociedad que pretende imponerse al resto. Por ello a un gobernante lo que se le pide es que gobierne para todos, no que haga las interpretaciones que le convengan, algunas veces incluso en contradicción con lo expresado pocos minutos antes, y que se intente que todo se adecúe a sus intereses. Y ese es el gran problema de nuestra sociedad, que los intereses sectarios acaban imponiéndose, porque una vez definido el enemigo y la bondad de nuestras interpretaciones todo es más fácil. Con lo cual no estamos en una democracia, ni siquiera en una partitocracia, sino en un SECTACRACIA... y Pepiño Blanco es su profeta.

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Acerca de...

@Cristina Falkenberg

Soy abogado (Complutense) pero estudié también en ICADE y en el Middlesex Business School en Londres (E-4). Tengo un Máster en Economía Internacional y Management de la Università Luigi Bocconi (Milán). Mi tiempo libre lo dedico a las cosas más inconfesables como hacer Pilates y leer El Confidencial. Además, soy una absoluta convencida de que hay que recuperar el binomio 'civitas- libertas'.

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