El cine, ese mareo que se convirtió en emoción
@María José S. Mayo - 01/12/2008
Como en muchos grandes idilios, a veces los comienzos son incapaces de augurar todo lo bueno que puede venir después. A mí me pasó algo así con el cine: teniendo en cuenta lo mucho que me acabó gustando, digamos que las primeras tomas de contacto con el séptimo arte no fueron muy alentadoras.
Imaginemos la situación. Un gran teatro convertido en cine, con su moqueta y tapizado de butacas viejo, un sistema de ventilación antediluviano, ambientador de fragancia de agujas de pino... En fin, que aquello de acudir a ver una película era como un viaje largo en un coche viejo con el cartón de abeto oloroso oscilando y con tu abuela al lado oliendo a una de las últimas fragancias de myrurgia... un auténtico mareo. Así que momentos como el periplo en barco de El corcel negro, los trayectos del Enterprise, los vuelos de Atreyu a lomos del gran perro o de Superman, todo aquello, digamos que lo vivía en mis carnes. El cine fue en un principio una experiencia totalmente sentida y mareante, para, unos años después, después convertirse... pues sí: en una experiencia totalmente sentida -emocionante- y mareante -vertiginosa-.
Qué quieren que les diga, la emoción, la empatía con lo que veía en la gran pantalla se convirtió, una vez superadas las sensaciones de claustrofobia y malestar iniciales, en una droga. Una escapada de la realidad al estilo de las que vivía Mía Farrow en La Rosa Púrpura del Cairo, a la que no puedo olvidar cuando se emocionaba como un auténtica niña mientras veía la famosa escena de Sombrero de Copa en la que Fred Astaire canta aquello de “Heaven, I´m in heaven”.
Pues sí. Como en el cielo se encontraba ella y me encontraba yo viéndola e imitando sus lagrimones. O riéndome a carcajadas con las ocurrencias de los hermanos Marx en las sesiones televisivas del sábado por la tarde: “Abrázame más fuerte, mucho más, más fuerte”, le decía un mujerona a Groucho, y éste le contestaba “Como siga abrazándote me saldré por la espalda”. O disfrutando especialmente de los ambientes en los que había que echar mano de la imaginación o del trabajo en equipo para sobrevivir: el grupo de La diligencia escapando de los indios, ayudando a dar a luz a una de sus pasajeras; ese Steve McQueen de La gran evasión que sabía cómo arreglárselas y no perdía la esperanza de volver a escaparse; Han Solo y Luke rescatando a la princesa Leía sin apenas medios -¡Qué suerte la suya, eh!-.
De esta forma creé un completo archivo de imágenes que venían en determinados momentos a mi vida. Si alguien sufría lo que yo anteriormente había pasado me acordaba de Ben-Hur tras ser rescatado de galeras, viendo a través de la trampilla a los otros que allí quedaban, remando y remando. Cuando me cruzaba con algún ambicioso malintencionado, me resultaba imposible no acordarme de los falsos encantos de la joven actriz de Eva al desnudo. O, volviendo a lo mismo, en los momentos en que tenía delante mi primer contrato, no podía olvidarme de “La parte contratante de la primera parte…” de los Marx en Una noche en la ópera.
Había veces que esta dieta visual podía llevarte a perder la noción de realidad, con lo que en tus momentos vitales más emocionantes llegabas a echar de menos esa banda sonora que subrayase su importancia, o ese ralentí que te permitiese disfrutar de todos sus detalles; y en las peores ocasiones vividas, pues hubieses colocado unos cuantos fundidos en negro. En fin, que llega un momento en la vida de todo cinéfilo de pro en el que se te plantea un dilema: vivir el cine o vivir la vida.
Mientras sea la hija del acomodador, haré lo primero, y semana a semana lo intentaré expresar en este espacio. Mi padre seguro que estará orgulloso.
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Opiniones de los lectores (1)
1.
grazhdanskaya1901/12/2008, 19:52 h.
Muchos hemos sentido esas mismas emociones que describes. El olor a lejía del viejo cine del barrio. ¡Las pelis de Disney, cuando eres demasiado pequeño para aborrecerlas! Las primeras quedadas adolescentes. Seguiremos leyendo, Acomodadora.
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