TRIBUNA
La crisis de los capitales y lo capital de esta crisis
Isaac Martín Barbero* - 29/11/2008
Hasta hace muy poco las empresas estaban enzarzadas en una guerra por el talento de dimensiones planetarias. Abundaba el capital financiero, el capital social –la confianza de la sociedad global en sí misma- ni se mencionaba y sólo escaseaba el capital humano. Como decía la canción de Presuntos Implicados: ¡Cómo hemos cambiado!
Hoy asistimos a una doble crisis: financiera y de confianza. Ahora sabemos que el dinero, carburante del turbocapitalismo de los últimos años, al contrario de lo que le ocurre a la energía, se crea y también se destruye. Pero ahí terminan nuestras certezas. Vivimos desconcertados y no sabemos ni a quién creer ni qué creer.
Atenazados por la incertidumbre -¿Irán las cosas mal o irán peor?- nos ponemos en lo peor. Parece que los humanos buscamos así limitar pérdidas materiales y minimizar el coste moral de ver nuestras esperanzas defraudadas repetidamente.
Lo malo de esta ‘fatal’ coyuntura –sin dinero y sin fe- es que puede conducirnos al fatalismo. En estos días, en los que salen keynesianos hasta de debajo de las piedras, quizá no esté de más recordar que el primer practicante del keynesianismo –F.D. Roosevelt- denunciaba este peligro cuando en su discurso de toma de posesión afirmaba “Lo único que hemos de temer es el propio temor”. Nadie mejor que él para dejar claro que sobra en una situación como aquella/esta. Pero ¿qué es lo que se necesita?
Desde Estados Unidos, nos llegaba una apelación a la movilización pero también a la humildad y honestidad intelectual. Traducido a día de hoy, supone que los defensores del mercado puro deberían reconocer que no vamos a salir de esta situación sin implicación de los poderes públicos a los que han estado arrinconando durante décadas y, al tiempo, los estatistas de todas las tendencias deberían asumir que sus modelos de otro tiempo fueron abandonados por fracasados y que reimplantarlos sin más no cabe. Unos y otros harían bien en dedicar más tiempo a alumbrar soluciones propias y menos a denunciar debilidades ajenas; y a todos les quedaríamos muy agradecidos si dedicaran más esfuerzos a la estrategia y menos al parcheo.
En situaciones de crisis, conviene desconfiar de los listos y apostar por la inteligencia –el auténtico optimismo surge de la inteligencia del futuro-. Se requiere un liderazgo que genere confianza, lo que supone confiar en las propias fuerzas y trasladar al cuerpo socioeconómico el convencimiento de que subsiste un lenguaje común del bien y del mal (de lo que cabe hacer y de lo que no). Sobre esa base, la responsabilidad es la virtud pública que traduce ese lenguaje común en un concepto que se plasma en criterios de actuación que son la antítesis de la arbitrariedad y la improvisación.
En definitiva, lo contrario de los que a lo largo de estos dos meses hemos visto, por ejemplo, en Estados Unidos, donde los pendulazos entre la primacía de la teoría económica más abstracta unas veces y la práctica política más “concreta” otras, ha arrojado un escenario salpicado de sacrificios baldíos sobre un fondo de credibilidad perdida.
Cuando pongamos -entre todos- freno al deterioro de la confianza, cuando dejemos de perder capital social, el reloj del capital financiero volverá a ponerse en marcha y volveremos, después de un tiempo, a sentir la falta de capital humano. Para estar en condiciones de aprovechar entonces la siguiente recuperación –que llegará- hemos de trabajar desde ya para remediar el más español de los déficits globales: la falta de capital humano adecuado a las necesidades de una economía de primera hoy y que ha de seguir siéndolo mañana.
Más allá de los excesos financieros generados por una combinación de falta de reglas y exceso de liquidez, la actual crisis se saldará con la consolidación de una nueva realidad asiática que no puede contenerse en el actual entramado geoeconómico. Asia reclama su lugar. Este desafío asiático de corte confuciano tiene su base en la educación (capital humano) como prueba el caso de Corea del Sur o Singapur. No tenemos ni la posición de partida de los G7, ni el tamaño de India o China ni los recursos naturales de Arabia Saudí ni el arsenal nuclear de Rusia. Sólo dando la batalla en el terreno del conocimiento y de la educación (capital humano) podremos seguir jugando en primera división. Sólo si somos capaces de seguir siendo podremos seguir estando. Esta crisis nos regalará un tiempo que no debemos desaprovechar.
*Isaac Martín Barbero es abogado y economista.
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Opiniones de los lectores (1)
1.
ideograma29/11/2008, 13:53 h.
España está llena de abogados y todavía más de licenciados en derecho. Pero es la economía la que mueve los hilos del país, no las abultadas leyes. Un jurista no aprende las bases de la economía en dos tardes, ni en doscientas. Un ingeniero puede que sí lo haga.
No es bueno tomar decisiones sentado en una mesa ante más de una docena de consejeros y su mejor trabajo lo realizan al enseñar a quien toma las decisiones. Saber de todo es imposible pero para gobernar necesitas conocer las bases del sistema económico-financiero.
Con los políticos que nos gobiernan en este país vamos directos a la ruina económica. Además de la política y moral que ya padecemos.
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