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OPINIÓN

¿Qué hacer? El Gobierno se debate entre bajar impuestos o aumentar el gasto público

BIOGRAFÍA

Quise ser periodista para viajar; pero al final algo debió fallar y he acabado siendo una especie de tecnócrata del periodismo económico. No me quejo. Ello me permite aprender todos los días y contar lo que sucede. Sin apriorismos y sin necesidad de echar mano de los célebres espejos deformantes que colgaban del Callejón del Gato, y que tanto asombraban a Valle-Inclán. Nací en Madrid en el mismo año en que Bardem estrenó Calle Mayor y soy Licenciado en Ciencias de la Información. He escrito un par de libros sobre el capitalismo español y trabajado en radio, televisión y prensa escrita. Y al final he descubierto que Internet es todo eso y algo más. Carlos Sánchez es subdirector de El Confidencial.

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Carlos Sánchez.-  19/11/2008

A Pedro Solbes le gusta repetir una frase: “Todo Gobierno es una coalición entre el ministro de Hacienda y el resto del gabinete”. La repite últimamente de forma recurrente, como si quisiera marcar distancias con sus colegas del Consejo de Ministros. Ahora va a tener la oportunidad de demostrarlo.

 

El Ejecutivo, como se sabe, anda pergeñando un plan de choque  -a Solbes no le gusta nada esta expresión- con el que pretende sacar a la economía del marasmo. Zapatero lo presentará, probablemente, el 27 de noviembre en el Congreso de los Diputados, un día después de que Bruselas haga público el suyo para la UE. Y a la luz de la información disponible todo indica que la tradicional ‘tacañería’ de Solbes a la hora de aumentar el gasto público (incluso en periodos de auge) va a abrir tensiones con sus compañeros de coalición. Incluso con el 'jefe', y desde luego con el partido.Esa tacañería se extiende a su conocida aversión a bajar los impuestos de forma relevante, lo que, sin duda, no va a pasar desapercibido en el Consejo de Ministros, en particular para  Miguel Sebastián, más partidario de utilizar la vía impositiva para estimular el crecimiento.

 

Su viejo amigo David Taguas, ahora en Seopan, le abrió el camino al Ministro de Industria hace unas semanas en el Club Siglo XXI, cuando sacó de nuevo a la luz la necesidad de crear un impuesto sobre la renta de tipo único (flat tax) con un mínimo exento elevado que serviría como mecanismo de redistribución de rentas. El famoso tipo único que un día encandiló al Zapatero de la oposición pero que hoy duerme en el sueño de los justos.

 

¿A quién escuchará el presidente del Gobierno? A su vicepresidente o a su asesor áulico. Ya lo veremos, pero lo que está claro es que Zapatero ha descubierto en las últimas semanas el valor político de la economía, y como todo buen diletante corre el peligro de caer en el error de abrazar la versión grosera del keynesianismo, que no es otra cosa que gastar dinero público a espuertas. Sin tino y al margen de criterios de eficiencia. Sin embargo, si algo dejó bien claro el maestro de Cambridge es que el gasto público tiene una doble función: asegurar el nivel de renta de los trabajadores en periodos de recesión (los célebres estabilizadores automáticos) y estimular el aparato productivo mediante políticas de inversión pública que sustituyan al déficit de ahorro privado con el objetivo de favorecer la riqueza de la nación y el pleno empleo. No es lo mismo gastar que invertir, que diría un economista clásico. No es lo mismo destinar 6.000 millones de euros a consumo (mediante un cheque de 400 euros) que a construir infraestructuras básicas con un efecto multiplicador sobre el conjunto de la economía.

 

El que resiste, gana

 

Se equivocan, sin embargo, quienes piensen que el alicantino saldrá trasquilado del envite. Solbes es tenaz, y, como dijo Camilo José Cela, ya se sabe que en España el que resiste gana. Y él siempre ha resistido, y mucho. Pero es que, además, tiene la habilidad que José María Pemán imputaba a los italianos, a quienes el escritor de cámara de la Dictadura achacaba la virtud de saber ganar las guerras que perdían, como sucedió tras 1945.

 

¿Cuánto ponemos? Se preguntan estos días los técnicos y altos cargos de Hacienda. ¿El 1% del PIB?, ¿el 5%? La pregunta no es fácil de responder. Se trata de saber cuánto dinero necesita España para poner en marcha de nuevo el ciclo inversor y, por lo tanto, el del empleo. Solbes ya ha dicho en público que no está por la labor de que el déficit presupuestario se vaya mucho más allá del 3% que fija la Unión Europea como techo de gasto ‘aceptable’. Básicamente por una razón: al contrario de lo que sucede en EEUU, en la Europa continental el gasto público tiende a quedarse en las tripas del sistema económico, y luego resulta costosísimo erradicarlo.

 

Formalmente, su margen de maniobra para aumentar el gasto público es todavía aceptable. Al menos sobre el papel. Las administraciones públicas tendrán el año que viene (oficialmente) un desequilibrio equivalente al 1,9% del Producto Interior Bruto, lo que  significa que, a priori, cuentan (siempre que se cumplan las previsiones) con poco más del 1% del PIB para invertir. Es decir,  unos 11.000 millones de euros, una cantidad inmensa para las economías domésticas pero que representa poco más de la mitad de lo que se va a gastar el Grupo Fomento este año (18.922 millones). Por supuesto en el mejor de los casos, porque lo cierto es que la mayoría de los institutos de coyuntura dan por hecho que el año próximo el desequilibrio presupuestario superará con creces el 3% del PIB. Y hasta el propio Gobeirno reconoce ya que sus previsiones están desbordadas por la realidad.

 

El margen presupuestario, sin embargo, no acaba ahí. Solbes tiene en sus manos proseguir con una pirueta contable iniciada por el PP y espoleada en los últimos años por el Gobierno socialista para asear las cifras de déficit público: es decir, financiar directamente las inversiones en obra pública con cargo al endeudamiento a través de los llamados activos financieros, y que en 2009 alcanzarán la increible cifra de 14.275 millones de euros. Esos activos están destinados a financiar la adquisición de acciones, constitución de fianzas o concesión de préstamos que realiza el Estado como financiador de proyectos de inversión a otros agentes económicos: públicos y privados. Así es como se construyen líneas de ferrocarril o carreteras. No computan, por lo tanto, a efectos de déficit público, pero si se tienen en cuenta a la hora de calcular el endeudamiento. Aquí si hay margen, pero no hay que olvidar que al financiarse mediante emisiones del Tesoro generan gastos financieros, que ya en 2009 ascenderán a 17.100 millones de euros, una cifra equivalente a lo que se gasta este país en desempleo cada año.

 

El endeudamiento público, en cualquier caso, no parece un problema insoslayable. El año próximo (sin contar las adquisiciones que haga el Fondo de Activos Financieros creado para rescatar a la banca) representará el 38,8% del PIB, lo que significa que aún se está muy lejos del límite del 60% establecido en Maastricht.

 

Cae la recaudación fiscal

 

Desde el lado de los ingresos, las cosas son bastante más comprometidas. Como ha reconocido Solbes, la recaudación fiscal se ha desplomado muy encima de lo previsto inicialmente. Hasta el punto de que los ingresos tributarios totales del Estado (antes de las transferencias a las regiones) crecerán apenas un 1,8% el año próximo respecto del avance de liquidación de 2008. Pero es que en algunos impuestos, como el de Sociedades, la caída estimada será del 15,1%, lo que explica que el vicepresidente se haya negado en redondo a rebajar la presión fiscal de las empresas.Aquí tenemos una fuente de problemas.

 

En el Impuesto sobre la Renta, las cosas se presentan algo mejor, pero sin alegrías. El Gobierno prevé un aumento de la recaudación del 6,7%, tasa que a priori parece muy optimista a la luz del deterioro del mercado de trabajo y del descenso de la inflación, que merma también los recursos del Estado por el menor crecimiento de las bases imponibles. Al Gobierno ‘le conviene’ una inflación alta para recaudar más al no haber deflactado las tarifas del IRPF de 2009, lo que supone una subida en frío de la presión fiscal. Y es muy probable que el PIB nominal (con inflación) crezca el año que viene por debajo del 2%.

 

Tampoco parece haber margen para bajar el IVA, ya que se prevé un crecimiento de la recaudación del 4,8%, a no ser que se haga de forma selectiva con el objetivo de aligerar la carga fiscal de las rentas más bajas (alimentos o bienes de primera necesidad), pero eso lo debe aprobar Bruselas.

 

La pregunta flota en el aire ¿Es el momento de bajar de forma agresiva la presión fiscal? David Taguas, apoyándose en un reciente trabajo publicado por los profesores Boscá, Doménech y Ferri (Moneda y Crédito, 2008), cree que sí. Y en esta línea se manifiesta en privado Miguel Sebastián. Silente como pocas veces. Probablemente para no romper ningún cristal que le impida ocupar destinos más altos. Según el análisis de estos profesores, si España redujera la cuña fiscal 19, 5 puntos (diferencia entre el salario que se lleva el trabajador a casa y el pagado por el empleador antes de impuestos y cotizaciones), hasta acercar la presión fiscal a la de Estados Unidos, se producirían benéficos efectos en el largo plazo. En concreto, el PIB aumentaría un 8%; las horas trabajadas, un 7% (la mitad las horas por trabajador y la otra mitad la tasa de empleo), mientras que la productividad crecería un 1%. Ello reduciría, según Taguas, un 25% el gap en renta per cápita con la economía norteamericana.

 

Con estos mimbres, Pedro Solbes debe construir un paquete de estímulo de la economía. Como se ve, no hay mucho margen de maniobra. Aunque también puede optar por aplicar su vieja receta económica: no hacer nada. Jugar al tacticismo para ganar tiempo esperando que los problemas se pudran. Y al final aparacer como el ganador de la partida. Una especie de destrucción creadora, que diría Schumpeter. Ya observaba Keynes que a largo plazo, todos muertos (in the long run we are all dead). Pero claro, hasta que eso llegue Solbes corre el peligro de pasar a la Historia como el ministro capicúa, por dejar al país como lo encontró hace 15 años.

 

 

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