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OPINIÓN

El capitalismo ético de los ‘hombres G’

BIOGRAFÍA

Dice Ambrose Bierce que el reportero es un escritor que, con suposiciones, se abre camino hasta la verdad para dilapidarla seguidamente con una tempestad de palabras. Dilapidando verdades y palabras llevo más de 20 años. Nací en Diario 16; crecí en El Mundo y me licencié en este Confidencial. He sido corresponsal político de 20 Minutos en este siglo XXI adC (antes de la crisis). Comparto este Sin Enmienda con una columna diaria en Público. Si conocen un trabajo respetable, háganmelo saber.

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Juan Carlos Escudier.-  15/11/2008

Es improbable que la refundación del capitalismo a la que este fin de semana se están entregando en Washington los `hombres G´ del planeta -incluido Zapatero con silla y todo- nos depare grandes sorpresas, más allá de la confirmación de que algo debía de cambiar para que todo siguiera como hasta ahora. Solbes lo había explicado divinamente: no se puede comer churros por la mañana y refundar por la tarde, salvo que seas el protagonista del Génesis y tengas que hacerlo todo en seis días aprisa y corriendo. En definitiva, a partir de este lunes seguirá habiendo bancos, ejecutivos cuya avaricia rompe nuestro saco, especuladores de distinto pelaje, multinacionales canallas, paraísos fiscales, muchos parados y el resto de figuritas del Belén financiero, que, por tener, tiene hasta un caganet llamado Greenspan que ha dicho que todo le ha pillado por sorpresa y con los pantalones a media asta. ¿Cambiará algo con el tiempo? Veremos.

Siendo éste el inicio de un proceso que puede prolongarse años, estamos a tiempo de aportar una humilde contribución a la causa, siempre y cuando nos deje el FMI en una distracción de su director gerente Strauss-Khan, algo improbable en un ser tan pendiente de la economía mundial y tan poco preocupado de cuestiones mundanas como el amor y el adulterio. Tiempo habrá para valorar el papel que se reserva al Fondo en la salida de este oscuro túnel, aunque por el momento sus actuaciones sean tan lamentables como de costumbre. ¿Cómo es posible que mientras que las grandes potencias del mundo han intervenido masivamente en auxilio de sus instituciones financieras y han aumentado el gasto público para insuflar aliento a sus empresas y proteger los puestos de trabajo, los mandamases del invento sigan condicionando las ayudas a los países en desarrollo a que hagan justamente lo contrario, es decir a que desrregularicen, abran sus mercados y endurezcan su política monetaria?

 

Los liberales -entendidos éstos como el conjunto de individuos partidarios de que el Estado no intervenga cuando se forran y que socialice sus pérdidas cuando la vaca no da más leche-, pondrán el grito en el cielo, pero la única receta posible, no ya para solventar la crisis, algo que cae ya más en la órbita de la psicología que en el de la ciencia económica, sino para evitarla en el futuro, consiste en establecer un sistema impositivo internacional que, además, financie los olvidados Objetivos de Desarrollo del Milenio. ¿Acaso un capitalismo ético como el que dice Sarkozy que se pretende no debe tratar de erradicar el hambre y la pobreza extrema, reducir la mortalidad infantil o combatir plagas como la del SIDA y otras enfermedades?

 

De los impuestos internacionales hay bastante literatura a la que nadie ha hecho ni puñetero caso, entre otras cosas porque el neoliberalismo reinante que nos ha conducido hasta el abismo ha hecho de la reducción de las cargas fiscales directas, el adelgazamiento del Estado y la competencia entre países para ver quien ofertaba impuestos más bajos su cuerpo doctrinal. Si una multinacional saca tajada de la globalización, hasta el punto de poder sortear las legislaciones nacionales para distribuir sus ganancias o evadirlas en paraísos fiscales, lo lógico y hasta lo justo hubiera sido gravar su actividad. Pero, claro, eso no estaba de moda y quienes lo defendían eran unos locos de atar y algún que otro premio Nobel.

 

La tasa Tobin, de la que muchos se han reído o cuando menos la han juzgado inaplicable, es, sin duda, un instrumento a tener en cuenta. Establecer un impuesto a las transacciones en divisas cumpliría funciones recaudatorias, reguladoras –bastaría con subirlo para desincentivar estas operaciones cuando la liquidez del mercado lo desaconsejara- y hasta censales, de manera que se podría conocer en tiempo real cuáles son los objetivos hacia el que se dirigen los grandes especuladores mundiales.

 

De igual forma, sería tiempo de considerar la implantación de un impuesto a las emisiones de CO2, una idea que se desechó a favor de los derechos de emisión que recogió el Protocolo de Kioto. En un momento en el que salvo Aznar, el checo Klaus y el primo de Rajoy nadie pone en duda la necesidad de actuar urgentemente para paliar las terribles consecuencias del calentamiento global, una medida de esta naturaleza constituiría por sí misma un incentivo al desarrollo de energías limpias y respetuosas con el medio ambiente.

 

Para los más incrédulos, es preciso recordar que hay países que aplican ya este tipo de impuestos internacionales. Francia, por ejemplo, ha establecido una tasa a los billetes aéreos del que se nutre un fondo para combatir, el SIDA, la malaria y la tuberculosis en los países subdesarrollados, iniciativa, por cierto, a la que no se sumó Zapatero por la presión del sector turístico patrio. Otro tanto ocurre en Brasil o en Chile.

 

¿Están los mandamases del planeta dispuestos a salvar a sus ricos países y también a los que se mueren de hambre? ¿Es ético resignarse a que, con el ritmo actual, el África subsahariana acabe con la malnutrición de sus niños en el año 2282 o con que tenga que esperar al 2155 para que la mortalidad infantil deje de ser un problema? Con los `hombres G´ nunca sabe uno a que atenerse, por mucho que nos tarareen aquella de “Marta tiene un marcapasos que le anima el corazón...”.

 

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