Sesión continua de memoria histórica
@Nacho Gay.- 14/11/2008 06:00h

Comencemos por mencionar una obviedad: el cine español no vive su mejor momento. Puede que, como ha dicho siempre Fernando Trueba, el cine español esté sumido en una crisis endémica. A la ya incuestionable naturaleza endeble de nuestra industria, se le une desde hace tiempo una ausencia real de variedad argumental; la redundancia temática de nuestros directores; su empeño por llevarnos permanentemente hacia lugares comunes, entre los que destacan, sin duda, aquella guerra, aquella dictadura.
Hoy mismo se estrena en los cines La buena nueva, de Helena Taberna, en la que el joven actor Unax Ugalde se mete en la piel de un sacerdote nombrado párroco de un pueblo socialista en los albores de la Guerra Civil. De fondo, un homenaje a los represaliados como sustrato de un manifiesto netamente anticlerical. La historia de un miembro de la Iglesia que se percata de que el resto del gremio se aleja peligrosamente del Evangelio a medida que toma parte por los sublevados.
Curiosamente, esos son también los pilares que sostienen la narración de una de las películas españolas del año, Los girasoles ciegos, de José Luis Cuerda; cinta que ha sido elegida por la Academia para representar a España en la próxima edición de los Oscar, y que está protagonizada por un diácono malvado, grosero, maniaco, caricaturesco y demás calificativos que el espectador ha de asociar cuando ve estas películas, por norma general, con todos aquellos que en ellas visten sotana negra o camisa azul.
Hace poco que se estrenó también La vida en rojo, de Andrés Linares, quien contextualiza en el tardofranquismo una película rodada con una alarmante falta de medios y ahogada en tópicos. En la recámara, otra cinta aún por estrenar, La mujer del anarquista, un europudding codirigido por Peter Sehr y Marie Noëlle, y protagonizado por Juan Diego Botto y María Valverde. Aunque bien es cierto que en esta cinta, como en muchas otras, la Guerra Civil es un mero pretexto para dotar al metraje de una atmósfera lúgubre propicia para enmarcar una historia de amor maldito.
No es extraño que coincidan en los cines varios viajes retroactivos a nuestro pasado siniestro. En los últimos años, la cartelera española se ha poblado de películas que se han servido de la Guerra Civil y el periodo franquista bien como contexto, bien como pretexto para elaborar dramas que suelen combinar, con más pena que gloria, estampa y doctrina. Y lo han hecho casi siempre desde el mismo prisma, porque el cine ha obedecido como pocas disciplinas la sufrida ‘ley del péndulo’. Desde la producción eminentemente reaccionaria y añeja en los años del Régimen, a la canonización maniquea de los vencidos a partir de la Transición, prácticamente todas las miradas al pasado que se han rodado en 35mm han sido incapaces de salvar con cierta dignidad la cuestión ideológica.

El drama de los maquis (Silencio Roto, de Montxo Armendáriz; El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro). La represión a los vencidos (Las trece rosas, de Emilio Martínez Lázaro). La pérdida de la inocencia en un contexto que la constriñe (La lengua de las mariposas, de José Luis Cuerda; El viaje de Carol, de Imanol Uribe). El retrato de los vencidos en armas (Libertarias, de Vicente Aranda; Tierra y Libertad, de Ken Loach). El resentimiento perpetuo (Salvador, de Manuel Huertas)... La producción cinematográfica sobre la Guerra y el Franquismo ha sido monumental en los últimos años y, sin embargo, y a pesar de que algunas de las películas citadas fueron rodadas con virtuosismo, son pocos los nuevos directores (cabe destacar quizá el caso de David Trueba, Soldados de Salamina) los que han podido escapar a un maniqueísmo reduccionista, opaco, que ya es casi consustancial al género. Y muchos menos los que han pretendido elaborar con sus películas un cierto ejercicio de reflexión; los que no han pretendido encontrar en el contexto desgraciado de la guerra y la posguerra el ambiente propicio para el drama lacrimógeno; los que han buscado un acercamiento al conflicto que vaya más allá de los tópicos sobre los que se ha construido inevitablemente en el imaginario colectivo la realidad de aquella guerra, de aquella dictadura.
En el recuerdo, las sátiras irreverentes de aquel Berlanga (La Vaquilla), las metáforas veladas de aquel Saura (La Caza).
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Opiniones de los lectores (48)
48.
zenobia16/11/2008, 18:14 h.
Como ha dicho con mucha razón Agustín Díaz Llanes el cine español es gilipollas y monotemático, yo añado que sectario y tendencioso a más no poder. Por mí que sigan haciendo este tipo de cine, no me interesa en absoluto. Hace años que veo contadas películas españolas.
47.
eucaba15/11/2008, 20:23 h.
¡Como ruge la caverna! No, si ya sabemos que donde esté una buena peli de Estrellita Castro o Paco Martínez Soria que se quite estas mandangas progres. Desde luego... es que vais por rutas imperiales....
46.
sertorio15/11/2008, 10:38 h.
Por si a alguien le interesa, por favor, pinchen el el Blog de Joaquín Leguina:
http://www.joaquinleguina.es/
Acerca de memoria histórica, y sobre todo, la anmistía del 77....
45.
julipto14/11/2008, 20:22 h.
zzzzzZZZZZZZZZzzzzzz
....grrññññ...ah....cine español?
zzzzzZZZZZZzzzzzz
¿anticlerical?......zzzzZZZZZZZzzzzz
zrzrzrzrz.....ah....ya......como?....guerra civil?...zzzzzzZZZZZZZzzzzzz
si, si,,,,,,......muy interesante el cine españolllllololollll........zzzzzzZZZZZZZzzzzzzz
44.
joanfg14/11/2008, 19:18 h.
Cine para borregos. Para los que se creen en la historia de buenos y malos, para los que se creen que la izquierda del frente popular era homologable con la izquierda europea (ej. ingleses), para todos los tontos que ni saben ni quieren aprender.
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