Manuel Muela*.- 13/11/2008
Desde que se produjo el apagón económico-financiero, la parálisis se ha adueñado de la sociedad y de sus dirigentes, tanto políticos como empresariales, produciéndose un sentimiento de orfandad que parece la antesala de la depresión. En un país acostumbrado a las tutelas, antes autoritarias y después amablemente democráticas, no estaría demás aprovechar lo ocurrido para empezar a infundir esperanza, tan necesaria, explicando la verdad y desechando las quimeras y mistificaciones que alimentan vanidosamente quienes están acostumbrados a terminar creyéndose sus propias mentiras: es lo que suele suceder cuando el gobernante o responsable de turno se obstina en ignorar la realidad. Hemos tenido, y seguimos teniendo, ejemplos abundantes de ello.
Conviene reconocer que España ha sido durante los últimos quince años una nación que ha recibido cuantiosos recursos europeos para estimular su crecimiento económico, orientado a anclar su economía en el seno de la Unión Europea, de forma que más del 70% de todo nuestro comercio internacional se desarrolla en ella: las grandes potencias, Francia y Alemania, han alcanzado una posición dominante en un mercado, el español, que ha sido uno de los pilares más sólidos del consumo de toda la Unión. Habría poco que objetar a ese proyecto de estímulo y desarrollo, apadrinado por los países ricos, si éste se hubiera traducido en la construcción de una economía sólida y progresiva con un modelo de producción plural y suficientemente diversificado. No ha sido así, y ese es nuestro drama.
El dinero abundante y barato inundó España que, harta de viejas penurias y con gobernantes tan poco experimentados como previsores, se dedicó a su disfrute pensando que, si venían mal dadas, estábamos en un marco comunitario capaz de cubrir nuestras carencias. Razón por la cual durante años la economía española ha consolidado un monocultivo de producción alrededor de lo inmobiliario, el turismo y el consumo, abandonando cualquier intento de diversificar y enriquecer el tejido productivo. Un sistema crediticio eficiente y gran conocedor del país ha actuado como gran valedor del boom, convirtiéndose, en la práctica, en el comprador por excelencia de todo lo que se construyera en España, siendo generoso en la concesión de préstamos y también en las valoraciones de pisos y solares.
Los poderes públicos, ocupados por una clase política ahíta de recursos y privilegios, han sido acompañantes solícitos del fenómeno, percibiendo las contrapartidas fiscales para engordar los ingresos de la hacienda, sin reparar demasiado en los gastos: una administración laxa que se correspondía con la propia imagen del país a la que nadie tenía interés en modelar de otra manera. Sólo las exigencias de la unión monetaria, a raíz de Maastricht, obligaron a una cierta disciplina en las cuentas públicas, pero nada más.
Cuando, de forma abrupta, llegan los problemas, se culpa a los demás, siempre el enemigo exterior, y, rehuyendo contar la verdad, se dice y repite que la UE ha decidido los planes de rescate financiero, cuando realmente se ha limitado a decir que le parece muy bien lo que haga cada país para salir del atolladero, porque de fondos europeos nada de nada. La traducción castellana es que “cada palo aguante su vela”, y a eso nos enfrentamos los españoles, amedrentados y huérfanos. Pero, continuando con las quimeras, le llega el turno a la Conferencia de Washington y nuestra presencia en ella, que se vende como el bálsamo de fierabrás. Mientras tanto, constatamos que se anuncian medidas que no se ejecutan, y que la parálisis se va adueñando de los espíritus. Se mira a Bruselas o a Washington, pero no a Barcelona, Sevilla, Valencia o a otros tantos lugares de nuestro país cuyos problemas andan necesitados de remedios.
Los gobernantes tratan de mantener un mensaje presidido por la idea de que será duro, pero pasajero, y que desde fuera tendremos apoyos sobrados para sortear la tempestad, sin decir que el futuro será necesariamente de un perfil mucho más bajo, que supondrá sacrificios, y que deberá fundarse en valores olvidados o casi desconocidos para algunas generaciones de españoles: la austeridad, el esfuerzo y la honradez en la gestión del poder público. Al fin y al cabo, ese sería el comienzo de la modernización genuina de España.
*Manuel Muela es economista.
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