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OPINIÓN

Una lección de democracia y un problema para Zapatero (elecciones USA, II parte)

BIOGRAFÍA

Federico Quevedo, nacido en Hamburgo (Alemania) en 1961, licenciado en Ciencias de la Información, está casado y tiene 4 hijos. Quevedo ha realizado su carrera profesional en medios como Radiocadena Española, Antena 3 Radio, Europa Press, La Gaceta de los Negocios, Actualidad Económica... Además es colaborador de Telemadrid, Popular TV, 'La Mañana' y 'La Linterna' de La Cope y 'El Gato al Agua' en Intereconomía. Autor de los libros 'Pasión por la Libertad' sobre el pensamiento político del ex presidente Adolfo Suárez, y 'El Negocio del Poder' junto al periodista Daniel Forcada.

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Federico Quevedo.-  06/11/2008

Su victoria es tremendamente esperanzadora y, si me apuran, tiene un punto de emoción que en nuestro caso sólo se ve empañado por la presencia casi sacrílega de los sociatas patrios en los fastos de celebración de su triunfo. Pero para poder comprender el alcance de la victoria de Obama es necesario que hagamos un esfuerzo, comprendo que a veces difícil, por obviar que también Pepiño Blanco y, por supuesto, Rodríguez, querían que ganara el senador demócrata. Es comprensible que mucho votante de bien del PP mirara con recelo al nuevo presidente norteamericano cuando solo escuchaba alabanzas del mismo en boca del tontolaba, pero eso no debe hacernos perder la perspectiva de las cosas porque tanto Pepiño como Rodríguez son la excepción que confirma la regla de que el pueblo soberano cuando elige en libertad, elige a los mejores. Independientemente del ejercicio de sectarismo paleto de los socialistas, lo que debemos valorar es la lección de patriotismo, el ejemplo de convivencia y la demostración de esperanza que un pueblo tan denostado por nuestra progresía ha dado al mundo.

 

El pueblo americano nos ha dado una lección de democracia, y no digamos sus líderes políticos, lección de la que deberíamos aprender sin tardanza. Ellos han elegido al mejor, y ahora a Obama le toca demostrar que puede dar una respuesta positiva a todas las esperanzas que los norteamericanos han puesto en su persona. Siempre he sentido una admiración grande hacia aquel pueblo y hacia ese gran país, a pesar de sus muchos defectos y de las muchas veces que han actuado con la prepotencia de quien se sabe el más fuerte y eso le permite esconder sus carencias tras la máscara del desprecio. Pero es una democracia envidiable, y su gente es sencilla y accesible, y sus costumbres, siendo tan distintas, resultan fáciles de incorporar a nuestro estilo de vida. Viví en Chicago una larga temporada -la ciudad que hoy ha dado un presidente al mundo, un presidente de color, culto, joven, educado y que sigue siendo una incógnita-, y esa experiencia me ayudó a comprender que la democracia solo puede serlo entendida como la voz del pueblo y la supremacía de su decisión soberana.

 

Esa manera de ver las cosas y de entender la democracia es lo que encierra el espíritu integrador y colaboracionista de los discursos de Obama y de McCain, ganador y perdedor de estas elecciones, al conocerse los resultados. Solo desde esa perspectiva cabe admirar las palabras del nuevo presidente intentando derribar cualquier barrera que pueda separar a unos norteamericanos de otros. Lo que ha pasado este 4 de noviembre lo predijo Tocqueville hace dos siglos: “Llegará, pues, un tiempo en que se puedan ver en la América del Norte ciento cincuenta millones de hombres iguales entre sí, que pertenezcan todos a la misma familia, que tengan el mismo punto de partida, la misma civilización, la misma lengua, la misma religión, los mismos hábitos, la mismas costumbres, ya través de los cuales el pensamiento circulará bajo la misma forma y se pintará con los mismos colores. Todo lo demás es dudoso, pero esto es cierto. Ahora bien, es este un hecho enteramente nuevo, cuyo alcance no podría abarcar la imaginación misma”.

 

Tocqueville se quedó corto en los números, pero ese hecho enteramente nuevo ha llegado ya, de la mano de un presidente de color en la nación más poderosa del mundo. ¿Qué cabe esperar de él? Desde luego, como ayer destacaba Carlos Sánchez, no cabe esperar que se comporte como un rojo peligroso o un izquierdista radical. Supongo que Obama es plenamente consciente de que el mayor caudal de votos lo ha obtenido, precisamente, de los sectores más moderados e, incluso, derechistas de la sociedad americana. Al contrario de lo que ocurriera aquí hace unos meses, cuando Rodríguez ganaba las elecciones gracias al voto radical y extremista, Obama ha concitado sus mayores apoyos entre el voto tradicional de los republicanos, como el voto hispano y el de las clases medias y altas, por lo que no es previsible que haga gestos que puedan desencantar a esa parte del electorado. La contraposición de su discurso integrador y moderado, de su planteamiento realista y pragmático, con el tono radical y falso de Rodríguez, es una mala noticia para nuestro presidente, aunque hoy se esté sacudiendo de las mangas de su chaqueta los desplantes de Bush a la espera de que Obama le llame para reunirse con él en el Despacho Oval.

 

Pero si Rodríguez y el tontolaba creen que la victoria de Obama va a hacer olvidar los verdaderos problemas de este país, van listos. Por mucho caudal de esperanza que haya empujado al senador demócrata a la victoria, poco o nada va a influir la misma en que en nuestro país se corrijan las cifras dramáticas del paro y la recesión económica, cuya cara amarga empieza a pasarle al PSOE factura en las encuestas, sin que hayamos llegado a lo peor de la crisis todavía. Quizá en el terreno económico es donde Obama puede despertar los mayores recelos: ¿llevará a cabo una política proteccionista? De ser así, no es una buena noticia para nosotros, aunque habrá que esperar a enero y a los nombramientos que lleve a cabo en su Gobierno para adivinar quienes han ganado entre los asesores de su equipo, si los liberales o los intervencionistas. También serán importantes los nombramientos en la Secretaría de Estado y en la de Defensa, porque es lo que va a marcar el nuevo rumbo de su política exterior.

 

Con todo, ya es factible adivinar que no va a haber grandes cambios, ni siquiera en Iraq donde Estados Unidos ha conseguido ganar la guerra que libraba contra el terrorismo de Al Qaeda lo que facilitará la vuelta a casa de las tropas. Pero Obama ya ha anunciado que pedirá a sus aliados una mayor implicación, lo que se traduce en más tropas y más dinero, en Afganistán, donde verdaderamente Estados Unidos está librando una de las batallas más sangrientas contra el terrorismo fanático y el fundamentalismo islámico. Tampoco variará su política hacia Israel y el proceso de paz, lo que nos obligará a seguir manteniendo tropas en el Líbano. Y qué va a hacer el ‘pacifista’ Rodríguez cuando Obama le pida una mayor implicación a cambio de alguna que otra deferencia… ¿será un aliado “fiel”, como él mismo ha dicho que es, ahora que Bush se va? ¿De qué va a vivir la izquierda radical sin un Bush al que hacer culpable de todos los males de la humanidad? Para desgracia de Rodríguez y el radicalismo patrio, Obama va a poner muchas cosas en su sitio. Y permítanme una sola referencia final dedicada al PP: haría muy mal el partido de Rajoy si, haciendo caso omiso de las insolencias del tontolaba y su obsesión por apropiarse de lo que no es suyo, no se sube al carro de la corriente de cambio y esperanza que supone Obama para hacer frente al inmovilismo dentro de sus filas, y al talante totalitario de Rodríguez y su gobierno.

 

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