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TRIBUNA
Cuarta Gran Revolución Mundial
@Javier Ybarra Ybarra - 29/10/2008
Probablemente, el próximo año comencemos a sentir el impacto de una nueva gran revolución mundial. Las grandes revoluciones mundiales han sido tres y sirvieron para abandonar unos comportamientos sociales y económicos y exigir la implantación de otros más equitativos.
Durante estos últimos años, la sociedad ha comprobado cómo buena parte de los antiguos valores de la vida financiera y económica han perdido sangre y vigor, honor y claridad en los negocios. El uso abusivo del crédito, el desbarajuste inmobiliario, la opacidad en los mercados de derivados y futuros y la endiablada especulación liderada por los hedge funds han llevado al escaparate donde se muestran las virtudes y los vicios del sistema –las bolsas– hasta el origen del problema: los años alegres en los que Greenspan bajaba los tipos de interés a ras de suelo, como si fuera un pequeño diablillo que tienta al ser humano a endeudarse durante generaciones para poder vivir por encima de sus posibilidades.
Históricamente está demostrado que todo cambio económico ha forzado siempre un cambio social, y viceversa. La primera gran revolución mundial se produjo en la Edad Moderna y comenzó con un enfrentamiento entre dos países europeos de honda raigambre comercial: Inglaterra y Holanda. Luego, a fines del siglo XVIII, esa misma revolución sobrevoló territorio norteamericano dejando a ambos lados del Océano el fruto de su poderío revolucionario: Un sistema político parlamentario donde los burgueses y los aristócratas se repartieron el poder.
Los aristócratas quisieron girar de nuevo hacia atrás la rueda del tiempo pero los nuevos ricos, la incipiente burguesía fue ocupando espacios de poder en medio de un debate religioso y sociológico de primera magnitud, pues la actividad comercial y financiera era considerada una actividad vergonzante que chocaba frontalmente contra la prohibición de la usura.
El espíritu capitalista no fue un asunto de fabricantes y comerciantes aislados, sino de grupos humanos que se dieron unas normas de conducta. “El capitalismo no surgió de la acumulación del capital que promovía la expansión económica –la piratería, los capitales acumulados, la especulación, etc– sino del espíritu capitalista, de la mentalidad de ganar dinero como algo absoluto, como un deber o una llamada interior” (Max Weber) .
Si cada gran revolución mundial fue la consecuencia de profundos desarreglos e injusticias colectivas, también fue el vehículo en el que llegaron las nuevas conquistas sociales. Fue, por ejemplo, lo que sucedió durante la segunda gran revolución mundial: la llamada revolución industrial. Debido a la tensión que se generó entre obreros y propietarios de fábricas, esta onda expansiva de la economía trajo consigo las conquistas salariales y sociales que, hasta entonces, habían sido concesiones de la caridad y el paternalismo, inspiradas por hombres de honor como Frédéric Le Play.
Incluso el Ejército español jugó un papel estelar en esas conquistas obreras de finales del siglo XIX. “El 15 de mayo de 1.890 llegó a Bilbao el capitán general de Burgos, marqués del Oria, para obligar a los propietarios de Altos Hornos de Bilbao a mejorar las infrahumanas condiciones de vida de sus obreros. Según El Noticiero Bilbaíno del día siguiente, el compañero Facundo Perezagua, líder del PSOE, continúa detenido en la cárcel” (Nosotros, los Ybarra, pag. 748).
La tercera gran revolución mundial se inició con la Guerra de 1.914 y aportó al mundo dos conquistas estelares: el sufragio universal y la protección social. Debido a la Revolución Rusa, a la Gran Depresión de 1929, a la expansión nazi y a la Segunda Guerra Mundial, surgieron los partidos de izquierda, y el capitalismo pasó varios años sujetado por las bridas que le colocó la sociedad para evitar que se desbocase, propiciando de ese modo el aumento del gasto público que trajo consigo la creación de los Estados de Bienestar. Ello representó un paso decisivo pues como señala Gabriel Tortella “en la era liberal, a mediados del siglo XIX, el gasto público se hallaba en torno al 10%” (Los orígenes del siglo XXI, pag. 520).
La cuarta gran revolución mundial podría ser la que dé comienzo en 2.009, la del regreso al humanismo y al gasto público, la de los políticos que sepan mostrarse próximos al sufrimiento y necesidades de la gente y no la de los que sirvieron a sus propios intereses y presumieron de corazón duro a base de ridiculizar el buenismo.
El nuevo orden mundial se inspirará probablemente en el liberalismo constructivo, no en el nostálgico ni en el vulgar, sino en aquel que admite las soluciones éticas y heterodoxas porque la finalidad de una política liberal constructiva es limitar el dominio del Poder mediante un sistema de contrapesos y topes que, en los últimos años, han brillado por su ausencia. Es la hora de recordar a Roosevelt y de confiar en Obama y en Bretton Woods II.
*Javier Ybarra Ybarra es autor de Nosotros, los Ybarra
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