LIBROS
Por favor, no lean este libro
@Nuño Vallés - 25/10/2008

CÓMO HABLAR DE LOS LIBROS QUE NO SE HAN LEÍDO

Autor: Pierre Bayard.
Editorial: Anagrama.
Páginas: 197.
Precio: 15 €.
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En España, un libro que reivindique la no–lectura es poco menos que innecesario. El nuestro es un país en el que casi la mitad de la población proclama con orgullo no haber leído nada y, más aún, no tener la menor intención de hacerlo. Así que las tres “coacciones interiorizadas” que Pierre Bayard aspira a quebrar en este exitoso ensayo sólo se aplican a un ámbito restringido: la obligación de leer; la obligación de leerlo todo; es necesario leer el libro completamente para hablar de él con sentido. Es ésta última es, quizá, la más polémica, y de ahí que sea la utilizada para nombrar el libro. Pero a lo largo de este ensayo perfectamente estructurado el autor francés va a respaldar tan problemática tesis con una argumentación muy sólida, que parte de una revisión del concepto de “lectura”.
Sus enunciados provocadores, pero bien armados, encienden la maquinaria reflexiva del lector, que no puede evitar plantearse si es tan descabellado lo que afirma Bayard. No será difícil convenir que leer no es obligatorio; de hecho, la excusa más manida es la falta de tiempo, y muchas veces podemos estar de acuerdo, aunque leer, lea todo el mundo. No hace falta recurrir a corrientes de pensamiento que reduzcan todo el contenido del mundo a texto. Pues aunque sólo sea el diario gratuito, una revista de motor o una página web, todo el mundo lee algo. Y tampoco parece descabellado que no haya que leerlo todo. Aunque en ciertos ámbitos, como en los académicos o la crítica literaria, se pueda exigir de alguna manera haberlo leído todo, no escapa a nadie que esto es un absurdo. Pero hablar correctamente de un libro no leído parece más un alarde de prestidigitación que un hecho de cultura.
Con mucho humor muy serio y mediante la técnica de la puñalada trapera –utiliza los mismos contenidos de los libros contra ellos–, Bayard explica que el concepto de lectura no es válido como se utiliza, pues se trataría más bien de una cuestión de grado: un libro puede ser desconocido, evocado, hojeado u olvidado. Porque, ¿podemos decir que hemos leído un libro del que nada recordamos? –se nos ocurre que sí, que algún poso habrá dejado aunque sea en el inconsciente–. Si no podemos afirmar que hemos leído, ¿podemos hablar del libro? Bayard ubica a la obra en una “biblioteca colectiva”, y lo importante sería la ubicación en ella del libro, no su contenido –algo parecido al enunciado de Simmel sobre el ser culto–. Pero es que ni siquiera habiendo “leído” el libro mejoramos nuestra situación, porque cada lector interpreta el texto según un “libro–interior” –una serie de códigos que remiten a la educación y a la cosmovisión de cada cual– que conforma un “libro–pantalla” difrente para cada “lector”.
Con estos y otros argumentos, el libro –en general– pierde solidez. Varía su contexto y su contenido, así como las posibilidades de interpretación. Cada lectura es válida, porque toda opinión es argumentable. Podemos hablar de un libro con un grupo heterogéneo de gente, con un especialista en esa obra, con su autor, y sin necesidad de haberlo leído, porque las nociones generales y su ubicación en la biblioteca colectiva son suficientes, y porque el libro no es un objeto sacro que haya que reverenciar. Se impone así la lectura creativa, y he aquí el quid de la cuestión. El lector inteligente sabrá extraer conclusiones no escritas, más aún, contradictorias con lo expuesto –y que, por tanto, lo confirman– sobre la validez de la lectura. Porque, el libro, que para el público medio puede ser libertador, es sin embargo esclavizador en el mundillo académico; el argumento de autoridad no fue revocado en el Renacimiento, sigue plenamente vigente y el libro se convierte en un limitador, un anulador de la creatividad del lector.
A donde quiere llegar Bayard es, como ha advertido Umberto Eco, a proponer la lectura activa del texto. A no tomar un texto como algo fijo sino como un pretexto para la propia creatividad. De ahí algunas intencionadas contradicciones (p. 130, por ejemplo), que hacen aflorar el significado oculto del ensayo. De ahí el aire socarrón, el relativismo, el aspecto de manual de urbanidad. Todo es un engaño para que el lector no se tome tan en serio lo que lee, y se ponga, de una vez por todas, a pensar. Al pedirnos no leer, Bayard se convierte en el más reluciente paladín de la lectura y de la cultura.
LO MEJOR: el mensaje entre líneas.
LO PEOR: que algunos de los libros que cita no son accesibles en castellano.
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