EL CULTIBERIO
El Iuventazo
@Incitatus - 18/10/2008
Orquestas de jóvenes hay muchas por ahí, pero conciertos que lo levanten a uno de la silla como si se lo llevara un tifón, pues no tantos. A la Orquesta Iuventas, una formación de chicos y chicas estrictamente privada que dirige Rubén Fernández, la conocen ustedes porque no es la primera vez que aparece en esta página. Hablamos de ella cuando uno de sus mejores violinistas, Luis Turina Serrano, escribió para ellos una reconstrucción sencillamente asombrosa del Adeste, fideles, de Reading. Y también cuando, a finales del pasado febrero, bajo la batuta del gran Juan de Udaeta, hicieron un inolvidable concierto “teatral” sobre Rossini en el que este caballo, muy modestamente, intervino como co-autor del texto que declamó, caracterizado y hecho un verdadero flan, el otro “padre” de la criatura, mi buen amigo y hermano Luis Algorri.
Pero lo del otro día fue distinto. Los golfos de la Iuventas (porque son unos maravillosos, deslumbrantes golfos; no hay virtud más escasa ni más valiosa en un músico joven) pisaron, por segunda vez en su vida, el escenario del Auditorio Nacional de Madrid, dentro del ciclo de Orquestas Jóvenes que organiza, con muy buen tino, el director del lugar, José Manuel López.
Yo fui allí, lo confieso, por devoción a los amigos. No debí de ser el único ni mucho menos, porque el Auditorio estaba, literalmente, a reventar. No cabía un alma pero es que ni de canto. Todo lleno… salvo el patio de butacas, o sea las entradas “de corte” que se dan a la Prensa y a diversas autoridades. Que suelen pasar del asunto, claro. Lo cual viene muy bien a quienes tenemos asientos de “palo de gallinero” y que, en cuanto se cierran las puertas, echamos a correr como demonios para sentarnos en las vacías sillas de postín. Así que muy bien: sigan sin venir, ilustrísimos. Favor que nos hacen.
La primera parte, pues la verdad es que razonablemente bien. El Auditorio apuesta en firme por la música de nuestro tiempo, lo cual no deja de ser una bendición, y el asunto comenzó con el estreno absoluto de una obra, El tiempo suspendido, escrita por Fernando Villanueva: un jovencísimo muchacho, flaco y de barba mefistofélica, que escribió unos diez minutos de música verdaderamente interesante, con un pie en la tonalidad y el otro fuera de ella, construida a base de variaciones y juegos sobre una breve idea sonora: demostró que domina la orquestación y que sabe lo que quiere. Hombre, los iuventenses parecían tener la cabeza en otro sitio (luego sabríamos hasta qué punto era así) y hubo quien pifió algunas entradas, quien se distrajo en los ataques al unísono y quien se lió más de lo debido. Pero bien, ¿eh? El autor quedó satisfecho, o eso me decía en el descanso. El público aplaudió con cortesía. Qué más se puede pedir, ¿verdad?
Después, una señora de nacencia rusa, Olga Virkomiskaya, echó mano del violín y ejecutó el estremecedor Concierto para violín y orquesta de Paul Hindemith. Digamos que la hermosa y doliente partitura no necesitó el tiro de gracia. La ejecución fue suficiente para acabar con el menor rastro de vida en ella. La orquesta, que se lo había currado en serio, hizo lo que buena mente pudo. Corramos el oportuno y tupido velo.
Ah, pero la segunda parte fue otra cosa. La segunda parte nos pudo matar a todos. Porque ahí era donde tenían la cabeza los chicos desde mucho antes de la noche del concierto. Ahí.
El batuta Rubén González, que tiene la… (omitamos el adjetivo) manía de atizar al público, antes de cada concierto, lo que podríamos llamar una exposición oral de afanes didácticos y de duración… seamos buenos y digamos que variable, estuvo en esta ocasión verdaderamente ingenioso, fue ¡casi! breve en sus palabras y, esto sobre todo, aludió al hermanamiento espiritual entre la Iuventas y uno de los más grandes milagros que los Cielos han hecho sobre la tierra en los últimos años: la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, de Venezuela. Hizo bien. Porque la segunda parte del concierto fue el calco casi exacto de lo que los insuperables chavales venezolanos, que se acaban de llevar el premio Príncipe de Asturias de las Artes, hicieron el miércoles, 13 de agosto de 2007, en el Royal Albert Hall de Londres, en el ciclo de los prestigiosísimos “Proms”. Allí los dirigía la mismísima reencarnación de Mozart, ese genio zumbón y apasionado de 27 años que se llama Gustavo Dudamel y que tiene un solo defecto, aunque muy grave: de cara, es clavadito a Boris Izaguirre. Pero sólo de cara, claro. Todo lo demás es talento.
Empezó el asunto con las danzas del ballet Estancia, del argentino Alberto Ginastera. Ay, Señor. A este caballo empezaron a humedecérsele los ojos ya con el segundo número, la Danza del trigo. Aquello rompía el alma. Y cuando llegó el Malambo final, la apoteosis, la locura, Inci estaba pingando el moco como un crío, sin poderlo y sin quererlo remediar. ¿Por qué? ¿Por la impresionante belleza de la música? Pues también, claro. Pero sobre todo por ver el fuego, la alegría desbordada, el entusiasmo, el estado de felicidad en que se hallaban los chicos que estaban creando, sobre el parquet del Auditorio, un milagro absoluto que este caballo hacía muchos años que no veía.
Rubén González, que suele ser muy comedido con los tempi, pareció haberse vuelto loco. Estaba en plena transfiguración angélica y, sin dejar de atender a las entradas, se puso, literalmente, a bailar sobre el podio. El Auditorio entero movía los pies, las manos, los hombros, sin poderlo remediar: estábamos todos bailando en los asientos (todos menos yo, que no hacía más que llorar como un bobo de alegría, de felicidad, de envidia, de emoción de yo qué sé qué). Ver a Rubén botar como un gaucho sobre el podio en esos compases en que el 6/8 suena con dos solas y retumbantes corcheas, para luego volver todos al luminoso ostinato (o sea: ¡Plon! ¡Plon! Párapapárapapárapa…) era algo que arrebataba el alma.
Y luego la maravillosa Fuga con pajarillo del venezolano Aldemaro Romero, que se ha muerto el año pasado sin que a este lado del charco lo conozca casi nadie; una pieza de belleza sobrecogedora. Y después, el indescriptible, dulcísimo Huapango del mexicano José Pablo Moncayo, una música durante la cual es por completo imposible estarse quieto (y Rubén venga a bailar en el podio). La llorera de este caballo llegó a extremos oceanográficos durante el Danzón del también mexicano Antonio Márquez; llega a durar aquello cinco minutos más y habría que haber llamado a los de Salvamento Marítimo. Esa obra es… Uh… No sé, no puedo describirla con palabras. Es la belleza misma, la nostalgia, el amor perdido, la infancia; y luego, con una anacrusa de batuta, sobreviene el ritmo endiablado, la locura, la catarsis. Por decirlo con un término técnico y académico: el despiporre.
De propina, ya lo que nos faltaba: el Mambo que Leonard Bernstein escribió para West Side Story. En fin. Yo no sé qué decir. Los chavales de la orquesta poniéndose en pie todos a la vez, cuando lo dice la partitura, para gritar: “¡Mambo!”. Los contrabajos haciendo dar vueltas sus enormes instrumentos sobre su propio eje, lo mismo que alguno de los violoncelos. Rubén completamente fuera de sí, desatado, feliz, sudoroso, más bailón que nunca ante su atril. Gente del público que se ponía en pie y empezaba a mover las caderas. Los trompetas y trombones haciendo el ganso y meneando sus instrumentos de izquierda a derecha, como si fuesen la orquesta de Xavier Cugat o de Pérez Prado. Y, al final, la demostración de la existencia de Dios, porque, contra todas las leyes de la Física, el Auditorio Nacional no se vino abajo con la erupción volcánica de aplausos, con el seísmo de pies bailantes y pataleantes, con el huracán –tropical, claro– de gritos, de aullidos, de bravi. Y con el tsunami de lágrimas que brotaban de donde yo estaba, agotado, reventado, hecho polvo de felicidad.
Fue el “Iuventazo”. Fue algo muy semejante a lo de los “Proms” de agosto del año pasado, con los venezolanos celestiales. Nunca este caballo había oído, ni sobre todo visto, tocar así a los chicos de Iuventas.
Síganles la pista, por favor. No se arrepentirán. Merece la pena estar pendientes de esta orquesta que lo hace todo sola y tan cada vez mejor que cualquier día, cuando menos lo esperemos, los tenemos en los “Proms”, como a los venezolanitos. Este mismo fin de semana tocan en el espectáculo Dreams, en el Palacio de los Deportes de Madrid. Pronto irán a hacer lo mismo en Barcelona. Y luego, a Nueva York. Tocan una vez al mes, siempre programas distintos y arriesgadísimos, en la Facultad de Medicina. Su web es www.orquestaiuventas.com.
Estemos tras ellos. Por el sendero que ellos pisan se va hacia la felicidad.
(Les dejo ahora: tengo que bajar a la calle, se me han vuelto a acabar los kleenex).
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Opiniones de los lectores (8)
8. diapasónSábado, 24/10/2008, 14:11 h.
Sobre el concierto de la Orquesta Iuventas y dado que yo también asistí y que soy espectadora habitual al ciclo de la Facultad de Medicina me veo en la necesidad de darle mi opinión.La Sra. Vilkomirskaia fue alumna de David Oistrakh uno de los mas grandes violinistas de la escuela rusa, viéndola y oyendola tocar se percibe hasta que punto asimilo sus enseñanzas, su técnica es "casi" perfecta y segura, si tengo que destacar algo de su interpretación de Hindemith en el Auditorio, es su musicalidad y capacidad de comunicacion y expresión, cuando terminamos de aplaudir los amigos que acudimos al auditorio estábamos emocionados y eso no es habitual. El respeto debe ser una norma imprescindible ante lo que se desconoce, entiendo el ensalzamiento a los amigos pero no el ataque indiscriminado.
7. un aficionado de la músicSábado, 24/10/2008, 13:59 h.
solo una cosa más .. por favor, si esto lo escribe alguien que es amigo de la orquesta por lo menos que no se note tanto como en la frase, Luis Turina "uno de los mejores violinistas de la orquesta", por favor ... si él es uno de los mejores venga dios y lo vea, pero bueno para gustos los colores. Por cierto Luis deja de hacer gestos en los conciertos, caras, movimientos desproporcionados ... quedan fatal, grábate y lo comprobarás.
6. un aficionado a la músicaSábado, 24/10/2008, 13:59 h.
sin duda quiero felicitaros por la primera parte del concierto la cual me pareció no como otras veces, cuidada tanto en afinación nada fácil de conseguir y refinada en cuanto a su ejecución. Pero... tengo que decir que en la segunda parte la orquesta se convirtió en la Charanga Iuventas, con un sonido desproporcionado y algo que todavía muchos no entendemos... el viento doblado? mucho escándalo y realmente poca eficacia fué el fruto de todo aquello, veanse las trompetas... El director se pasó la segunda parte viéndolas venir, perdido en muchas ocasiones siguiendo la música mas que dirigiéndola. Merito en parte por montar un programa de tal dificultad pero tener respeto a la música y más vale poco y bien que mucho y mal, una simple opinión, seguir trabajando legareis lejos.
5. CarlosgSábado, 21/10/2008, 12:45 h.
Excelente articulo, lleno de emocion. a partir de ahora intentare seguir los conciertos de la orquesta, no es facil poder disfrutar de algo asi en Madrid.
4.
maritéSábado, 21/10/2008, 09:17 h.
Siento muchísimo habérmelo perdido, sobre todo despues de la experiencia de febrero.
Besos mil también para tí, "suegra postiza".
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