TRIBUNA
Dos políticos a la altura de las circunstancias
Javier Ybarra*. - 17/10/2008
La solvencia y la confianza en el mundo financiero que, hace tan sólo unos días, parecían haberse evaporado dejando maltrecho al sistema capitalista, regresan poco a poco, como los soldados de la intendencia que han perdido una batalla e incluso no se sabe todavía si la guerra. Muy cerca de ellos, en Londres, un hombre sin carisma pero libre de prejuicios y muy pragmático emerge de la vulgaridad y acaba convirtiéndose en el médico que parece acertar con el diagnóstico proporcionando al enfermo, la receta que, probablemente, evitará el desenlace fatal: la aparición de una larga onda destructora de la economía.
El hombre es un tipo campechano, grandote y grueso que luce una hermosa pelambrera color “mi cielo londinense” y que sabe muy bien que el capitalismo pasó, a lo largo de la historia, por cuatro fases –1820-1913; 1913-1950; 1950-1973 y 1973-2008–, pero no sabe todavía si ésta que ahora arrecia podría ser la última, la del caos final, o una perturbación más de las muchas que han existido. Es entonces cuando, puesto de pié ante el espejo victoriano de su despacho, decide erigirse en el Bobby del desorden financiero, en el policía que va a enfrentarse al enemigo con todas las armas a su alcance, todas de golpe, sin esperar a que surtan efecto cada una por su cuenta, sino todas a la vez. Quiere evitar a toda costa que el sistema financiero, y con él el capitalismo, acaben derrumbándose o entren en un ciclo económico depresivo de larga duración.
Al National Bureau of Economic Research de los Estados Unidos y al economista ruso Kondratieff, director del Instituto de Investigaciones del Ciclo Económico de Moscú, debemos los mejores estudios sobre la duración de ciclos: largos, de 50 años; medianos, de siete a diez; y cortos, de tres a cuatro. Cada onda representa una importante reactivación de la innovación y el dinamismo económico. Pero ahora, nuestro hombre se encuentra en una encrucijada. No sabe en qué ciclo nos estamos introduciendo; en realidad no lo sabe nadie, pero, a pesar de todo, él intuye la receta. Es viernes 10 de octubre, y hay que idear algo antes de que el lunes abran los mercados. De lo contrario, las premoniciones sobre la teoría del derrumbamiento que vaticinó Schumpeter, cirujano austriaco, economista y ministro de Finanzas en Capitalism, Socialism and Democracy, con su visión fatalista del capitalismo, podrían hacerse realidad.
Nuestro hombre, Gordon Brown, primer ministro británico, marcha a Dover para meditar frente al mar. Y mientras cavila y recoge consejos, se da cuenta de que la ola del Mar del Norte pasa siempre por encima de ella misma. Y es entonces cuando decide que él también debe pasar por encima de sí mismo, de sus prejuicios políticos, de las discusiones liberales o marxistas, de todo aquello que había aprendido antes y después de llegar al nº 10 de Downing Street. Nada de todo aquello sirve ahora. Sólo el pragmatismo, la fuerza creativa, la rapidez de acción y el coraje lograrán detener la onda negra del sistema financiero. Y es así cómo Gordon decide erigirse en el policía de tráfico de la Europa económica y pasmada, e incluso logra que Paulson asuma su plan, el de las nacionalizaciones momentáneas de bancos en apuros.
En Les mystiques économiques dice Louis Rougier que el liberalismo constructor, que es el verdadero liberalismo, no permite que se utilice la libertad para destruir la libertad. Las subprime, las triples hipotecas a años luz, el uso furtivo de las acciones prestadas, las perversas equity swaps, el guarreo accionarial, todo ello, junto a otros vicios, son las armas de destrucción masiva a las que, hace no mucho, se refería Warren Buffet, que deben ser arrojadas de la sinagoga bursátil.
La conclusión que Gordon Brown ha sacado tras su estancia en Dover es que el liberalismo de Manchester, el pura sangre de los liberalismos, el del laissez-faire, laissez-passer, se podría comparar con un sistema de regulación del tráfico que dejase circular a los automovilistas sin carné de conducir, ni código de la circulación. En cambio, el Estado socialista se parece a un régimen de circulación donde la autoridad establece cuándo debe uno sacar su coche a la carretera, adónde ha de dirigirse y por qué camino. El Estado liberal constructivo es, en cambio, el que asume Brown, aquel en el que los automovilistas son libres de ir adonde les plazca pero respetando el Código de circulación.
Y mientras Brown lanza su plan a través del Canal de la Mancha, no lejos de allí, en París, un descendiente de sefardíes españoles, Nicolás Sarkozy, asume la función de negociador e impulsor, impregnándose del poder carismático al que Max Weber recomendaba acudir en los instantes decisivos. Y entre la fuerza creativa de uno y la catalizadora de energía positiva del otro, usando las metáforas del tambor y el imán, logran su objetivo inmediato: tranquilizar a los inversores. La esperanza permanece viva.
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Opiniones de los lectores (6)
6.
jibaro17/10/2008, 18:44 h.
Me parece un artículo muy equilibrado y razonable. Es verdad que Mr. Brown en el pasado no ha estado tan fino como ahora, pero para mí esto aumenta el merito de su decisión, pues ha sido capaz de romper con sus anteriores esquemas. Efectivamente, ha sido una decisión pragmática, que es lo que necesita en este momento la economía a nivel global.
Me gusta mucho la frase : “El estado liberal constructivo, es aquel en el que los automovilistas son libres de ir adonde les plazca, pero respetando el Código de circulación”. Es obvio. Sin embargo no habíamos caído en cuenta que el liberalismo se había convertido en la jungla, en la casa de tócame Roque, en una desorganización consentida por todos, pero más por unos que por otros, por los de la “ganancia de pescadores en rio revuelto”. Esta es la autentica verdad. A algunos no les gustarán estas medidas, pero antes que ellos está el bien de todos, que es el que quieren la gran mayoría de los ciudadanos. Lo siento, pero aquellos tendrán que pasar por el aro, pues nos estamos jugando el bienestar general presente y futuro. El capitalismo salvaje posiblemente (si las medidas son las adecuadas), quedará reducido a su mínima expresión. Afortunadamente.
5.
ahorrador17/10/2008, 13:50 h.
Confianza...... Con confianza hice caso a (asesor financiero,director de sucursal mi banco,asegurador .... a elegir )y me estoy estrellando.
El dia que todos los partidos politicos me digan,
garantizamos o garantizaremos tu pension,seguro,cuenta bancaria y mantenimiento de tu poder adquisitivo (el pedir recuperarlo es una utopia) empezare a tener confianza de nuevo.
Tambien me gustaria que me aclararan,en lenguaje simple, como va a recuperarse el dinero que tan generosamente va a repartirse.
4.
FernandoFF17/10/2008, 12:42 h.
Lamento tener que discrepar con un articulista conquien coincido en muchos otros comentarios. Aún no han demostrado ninguno de los políticos gobernantes estar a la altura de las circunstancias. De hecho, las circunstancias precisamente se han precipitado por no haber estado a la altura entre ellos los dos citado - Brown & Sarkozy - en particular Brown que fue responsable de la economía británica durante los años aplaudidos de Tony Blair.
Habría que leer un libro - Fantasy Island - donde se cuestiona toda la política económica del llamado "milagro británico" y como se ha falseado y manipulado los balances para vender una imagen de opulencia que hoy se ha dado de bruces con la crisis de su banca.
3. Nube Roja17/10/2008, 12:28 h.
"Estar a la altura de las circunstancias" es una frase que podría extrapolarse no solo a políticos sino a cualquier persona, en especial a aquellas que abandonando su palabra pierden su honradez y su dignidad.
2.
tirosopla17/10/2008, 12:05 h.
Quizás la postura es demasiado "política".
De vez en cuando a los peces gordos tambien hay que tirales fuerte de las orejas.
Un saludo.
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