
YA SÓLO HABLA DE AMOR

Autor: Ray Loriga.
Editorial: Alfaguara.
Páginas: 184.
Precio: 18 €.
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Lo peor de todo y Tokio ya no nos quiere dieron un lugar de importancia a Ray Loriga, no solo dentro de nuestro panorama narrativo, sino en el exterior, donde no dejaron de lloverle las alabanzas. Algunos lo vieron como “la estrella de rock de las letras europeas”, otros, como Almodóvar, como un “fascinante cruce entre Marguerite Duras y Jim Thompson”, alguno más como “la voz de una nueva generación”. En fin: Loriga se había labrado una envidiable carrera en el difícil oficio de la escritura.
Pero he aquí que su última novela, Ya solo habla de amor, nos hace dudar de algunas de estas alabanzas. Aunque su certera utilización de las imágenes metafóricas nos conquisten, no son suficientes para sostener esta historia que nos suena demasiado. Su protagonista es un hombre que acaba de entrar en la cuarentena y al que lo único que le ilusiona es seguir amando, si bien su existencia se ha convertido en un pozo sin fondo y ya no le quedan ni fuerzas para el suicidio.
Sebastián, que es así como se llama, lleva a cabo un juicio sumarísimo contra sí mismo a través de un narrador en segunda persona que no duda en determinados momentos en dirigirse al lector: “Si tales historias no son del interés general, está por ver, pero quien así piense encontrará aquí un buen momento para dejar de leer” (p. 28). Con su lista de reproches, de detalles sobre sus pecados, llena estas páginas hasta convertir lo que en un principio era una rica lectura en una eterna vuelta sobre el mayor de los agravios cometidos por su protagonista: el de “no ser capaz de amar lo suficiente”.
Como hemos dicho al principio, Loriga tiene una facilidad pasmosa para la metáfora -“Todo amor es sin lugar a dudas el asalto a un tesoro que no nos pertenece, y de lo que uno se lleva a escondidas, como un cazador furtivo, es mejor no dar cuentas a nadie” (p. 75)-, pero es algo que le pierde. Aquí exhibe esa cualidad hasta tal punto que finalmente le hace perder perspectiva. Y es que el personaje termina resintiéndose de esta acumulación de descripciones, y lo que pretendía aportar riqueza, sólo consigue desdibujar.
De esta forma, Ya solo habla de amor se resiente de una estructura muy frágil a la que el recargamiento de descripciones que pretenden en todo momento deslumbrar le acaba pesando. Loriga no sabe dar en el momento necesario el giro, el cambio que haga levantar el vuelo a la narración; ese momento en que, como en el amor que busca Sebastián, suenen los violines. Aunque sea para interpretar una triste melodía.
LO MEJOR: Alguna de sus imágenes poéticas.
LO PEOR: La obsesión de Loriga por recrearse en los personajes de perdedores es agotadora.
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@Nuño Vallés - 11/10/2008
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