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Viernes, 14 de agosto de 2009

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Mala leche, buenas palabras

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LECHE MATERNA

Autor: Edward St. Aubyn.
Editorial: Anagrama.
Páginas: 284.
Precio: 17 €.
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Distinguida con el premio Fémina -premio francés cuyo tribunal es exclusivamente femenino- el pasado año por la delicada exposición de la problemática de la maternidad, Leche materna ha supuesto el salto a la fama internacional de Edward St. Aubyn. La novela retoma al protagonista de sus novelas anteriores aún no traducidas al castellano, Patrick Melrose, durante su particular crisis de los cuarenta, a su mujer, volcada en su segundo hijo, Thomas, y al peculiar primogénito Robert. Aunque los personajes de esta novela no salen, ninguno, muy bien parados, para quien desconozca la trilogía Some Hope encontrará la figura de Patrick algo más antipática. A su alrededor, sus hijos, su mujer y las abuelas, a cual más desgraciado, más egoísta. Es este último rasgo de carácter el que define, por un lado, a los personajes y, por otro, la visión misantrópica del autor.

 

La misantropía es una característica nada rara en escritores que, siendo humanistas en lo profundo -esto es, en abstracto-, son incapaces de soportar al ser humano concreto, y suele ser garantía de éxito. La tenía Oscar Wilde y fue uno de los mayores atractivos de su obra y la tiene St. Aubyn, que por cierto ha sido comparado con el irlandés. Sólo que St. Aubyn elige víctimas demasiado fáciles -la niñera, el embaucador New Age, los nuevos ricos, el norteamericano fanático u obeso- o demasiado crueles -Eleanor no deja de ser digna de toda misericordia- y su humor sulfúrico queda bastante mermado, aun cuando le presta observaciones fulgurantes -“la grasa aprensiva de una gente que había decidido convertirse en sus propios airbags en un mundo lleno de peliglos”, p. 202-.

 

La decadencia de la estirpe aristocrática de los Melrose, poderosísimos en tiempos de la abuela de Patrick, lleva al segundo hijo de éste a dormir en un “armario adaptado” mientras la abuela, Eleanor, entrega los restos de la herencia -simbolizada en la leche materna del título- a un “chamán” irlandés. Ésta herencia es la casa en la Provenza donde Patrick había pasado los veranos de su infancia, adolescencia y juventud, y ahora sus hijos Robert y Thomas. Las relaciones familiares, así como las psicológicas, están trazadas con gran complejidad, percibiéndose una influencia avasalladora de las doctrinas freudianas de la herencia, bien en Patrick, bien en Mary, su esposa, cuya madre practica una forma de egoísmo opuesta a la de Eleanor: si ésta lo daba todo a los demás, con la condición de que no pertenecieran a su familia -reacción por otra parte a la actitud de su madre-, Kettle acapara y absorbe todo, con una forma de egoísmo más evidente y clásica.

 

La ambición estilística de la novela, que se limita a la composición múltiple de los puntos de vista -Robert en la primera parte, Patrick en la segunda, Mary en la tercera y los tres en la cuarta- no confunde una estructura bien armada en torno a las elipsis de once meses, pues la novela sólo nos cuenta los meses de vacaciones a lo largo de cuatro años. Este ritmo de vanos crea una poderosa atracción, así como el realismo del relato, que sólo se relaja con los niños, y los diversos contrastes y paralelismos con los que St. Aubyn teje un relato abosrbente, justamente reconocido. Sin embargo su lectura requiere de ciertas concesiones por parte del lector, como las referidas a los excéntricos niños -personajes por otro lado muy atractivos- o los tópicos con que castiga a los estadounidenses y otros objetos de su ira misantrópica.

 

LO MEJOR: la compleja red de relaciones que afectan a los personajes.

LO PEOR: demasiado deudora de Freud; la traducción.

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