
LECHE MATERNA

Autor: Edward St. Aubyn.
Editorial: Anagrama.
Páginas: 284.
Precio: 17 €.
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Distinguida con el premio Fémina -premio francés cuyo tribunal es exclusivamente femenino- el pasado año por la delicada exposición de la problemática de la maternidad, Leche materna ha supuesto el salto a la fama internacional de Edward St. Aubyn. La novela retoma al protagonista de sus novelas anteriores aún no traducidas al castellano, Patrick Melrose, durante su particular crisis de los cuarenta, a su mujer, volcada en su segundo hijo, Thomas, y al peculiar primogénito Robert. Aunque los personajes de esta novela no salen, ninguno, muy bien parados, para quien desconozca la trilogía Some Hope encontrará la figura de Patrick algo más antipática. A su alrededor, sus hijos, su mujer y las abuelas, a cual más desgraciado, más egoísta. Es este último rasgo de carácter el que define, por un lado, a los personajes y, por otro, la visión misantrópica del autor.
La misantropía es una característica nada rara en escritores que, siendo humanistas en lo profundo -esto es, en abstracto-, son incapaces de soportar al ser humano concreto, y suele ser garantía de éxito. La tenía Oscar Wilde y fue uno de los mayores atractivos de su obra y la tiene St. Aubyn, que por cierto ha sido comparado con el irlandés. Sólo que St. Aubyn elige víctimas demasiado fáciles -la niñera, el embaucador New Age, los nuevos ricos, el norteamericano fanático u obeso- o demasiado crueles -Eleanor no deja de ser digna de toda misericordia- y su humor sulfúrico queda bastante mermado, aun cuando le presta observaciones fulgurantes -“la grasa aprensiva de una gente que había decidido convertirse en sus propios airbags en un mundo lleno de peliglos”, p. 202-.
La decadencia de la estirpe aristocrática de los Melrose, poderosísimos en tiempos de la abuela de Patrick, lleva al segundo hijo de éste a dormir en un “armario adaptado” mientras la abuela, Eleanor, entrega los restos de la herencia -simbolizada en la leche materna del título- a un “chamán” irlandés. Ésta herencia es la casa en
La ambición estilística de la novela, que se limita a la composición múltiple de los puntos de vista -Robert en la primera parte, Patrick en la segunda, Mary en la tercera y los tres en la cuarta- no confunde una estructura bien armada en torno a las elipsis de once meses, pues la novela sólo nos cuenta los meses de vacaciones a lo largo de cuatro años. Este ritmo de vanos crea una poderosa atracción, así como el realismo del relato, que sólo se relaja con los niños, y los diversos contrastes y paralelismos con los que St. Aubyn teje un relato abosrbente, justamente reconocido. Sin embargo su lectura requiere de ciertas concesiones por parte del lector, como las referidas a los excéntricos niños -personajes por otro lado muy atractivos- o los tópicos con que castiga a los estadounidenses y otros objetos de su ira misantrópica.
LO MEJOR: la compleja red de relaciones que afectan a los personajes.
LO PEOR: demasiado deudora de Freud; la traducción.
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