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Javier Ybarra*. - 10/09/2008
Un político que gobierna con el retrovisor colgado de la barbilla, que niega la evidencia y enfrenta a una parte de la sociedad con la otra nunca podrá ser un hombre de Estado. “El hombre de Estado”, dice André Maurois, “se guarda de gobernar para una clase social y prevé las inevitables reacciones de los grupos sacrificados. Así como un médico prudente y sagaz jamás administra a un enfermo remedios que, para curar sus males pasajeros, provoquen una larga afección del hígado, así un político razonable no apacigua a los obreros irritando a la burguesía como tampoco halaga a la burguesía a expensas de los obreros. El hombre de Estado se esfuerza para considerar la Nación como un cuerpo viviente cuyos órganos son todos solidarios entre sí. Toma cada día la temperatura de la opinión pública y cuando la fiebre sube, obliga al país a descansar”.
Zapatero, sin embargo, no descansa. Es un torbellino. Quiere mantener al país con elevadas temperaturas y sigue la receta del famoso psiquiatra judío Víctor Frankl, ex presidiario en el campo de exterminio de Auswitch: “La salud psíquica precisa un cierto grado de tensión interior”. Él mismo está lleno de tensión. Por las mañanas, al levantarse, nuestro presidente siente una necesidad imperiosa de hacer cosas, aunque no sabe muy bien cuáles. Quiere ir a muchos sitios, sin tener muy claro adónde. Llama a Solbes y éste lo apacigua. Llama a Rubalcaba y hace lo propio. Pero él maquina sin cesar y opta por el retrovisor frente al parabrisas, prefiere conducir mirando al pasado más que al futuro, pues hay en él como una voz interior que le obliga a resolver las cuentas pendientes de la Historia.
Es entonces cuando entra en conversación con su querido abuelo, asesinado en la guerra, y con sus antepasados los Zapatero judíos que fueron expulsados de España en 1492 por culpa de una iglesia católica deseosa de lograr la unidad religiosa. Y es así cómo nuestro presidente y los españoles que lo siguen, en lugar de afrontar el futuro, entran en contacto con los fantasmas del pasado y les oyen hablar como si fueran personajes de aquella novela de Sechan y Maslowski que, en 1951, obtuvo en Francia el Gran Premio de Aventuras –Vous qui ni´avez jamais été tués– y que termina con esta pregunta: “¿Podéis vosotros, seres vivos, comprender nuestros sentimientos de fantasmas, vosotros que jamás fuisteis asesinados?”.
Es en este estado psicológico cuando nuestro presidente decide llamar a sus sabios asesores para recabar opinión. Uno de ellos le lee estos párrafos del Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, y le mantiene en su idea de que hay que seguir negando la crisis económica incluso ante los embajadores en el extranjero. “Para ser feliz”, dice el sabio holandés, “basta con creer que se es feliz. Es lamentable el estar engañado, pero más lamentable aún es no engañarse nunca. Están en un error aquellos que creen en la dicha humana y suponen que se halla en las cosas mismas [en el déficit público, en el bolsillo de la gente, etc.], cuando lo cierto es que únicamente se halla en el concepto que de ellas tengamos”.
Añade luego el sabio: “Llega mucho antes al espíritu humano lo falso [que no hay crisis económica] que lo verdadero [que la hay]. Las gentes que oyen en la iglesia un sermón serio y razonado bostezan y se aburren, pero si el que habla es de los que cuenta cosas fútiles e incoherentes, con énfasis de púlpito, los oyentes atienden, no se duermen y abren un palmo de boca”.
“Entre los locos y los sabios”, dice Erasmo, “no hay diferencia alguna y si la hay es a favor de los primeros, ya que la felicidad les cuesta menos porque les basta con creer que la tienen. Además, pueden compartirla con más personas, y ya es sabido que el goce se duplica cuando se disfruta en compañía”. Seamos, pues, todos un poco más locos y sigamos pensando, con nuestro presidente, que la crisis económica española es simplemente una invención del PP.
*Javier Ybarra es autor de 'Nosotros los Ybarra'.
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