Morbo, share y muerte
Reconozco mi fascinación por la muerte, mi necrofilia patológica, que es un poco la misma que sufrimos todos. Nos encanta rodearnos de muerte, porque la muerte, siempre y cuando no sea la de uno mismo, claro, resulta incluso reconfortante. También, en ocasiones, hasta poética. Bella, si me apuran. De una belleza que aflige. Y a todos nos gusta vivir permanentemente afligidos.
Hay gente, incluso, que ha llevado su fascinación por la muerte a lo enfermizo. Cuentan que la escritora argentina Alejandra Pizarnik un día se enamoró de la muerte y, en su intento de poseerla, murió de una sobredosis intencionada de seconal sódico el 25 de septiembre de 1972. Eso sí, antes de morir, Pizarnik dejó escritos para la posteridad sus versos de muerte. Y los versos que hablan de muerte suelen ser los mejores versos.
Ayer, la televisión pública abría su noticiario con la llegada a las costas de Gran Canaria de un cayuco. Cayucos a las costas de Gran Canaria han llegado muchos, pero éste en concreto lo hizo con trece cadáveres a bordo. Por esa razón el problema de la inmigración mereció ayer abrir el informativo; porque ayer la tragedia de esta gente, teñida de muerte, cobró por fin la relevancia oportuna como para ser firmemente atendida.
Horas antes, en Cuatro, Pablo Motos y uno de sus colaboradores habituales estuvieron a punto de morir asfixiados -permítanme exagerar- por millones de pelotitas de porexpán durante el desarrollo de un experimento casero. La competencia creciente por una audiencia decreciente, pero igualmente necrófaga, ha llevado a los pensadores del medio a comerciar directamente con su propia muerte, no solo con la de los demás. Y, por raro que parezca, hay personas dispuestas a jugarse la vida con la loable intención de entretener al respetable.
De haberse producido la muerte de Pablo Motos el martes en El Hormiguero, ésta hubiese sido imprevista, improvisada y en riguroso directo. La repanocha, claro. El sueño húmedo de todo buen necrófago. A partir de ese acontecimiento de extraordianrio interés público, la ilógica del mercado hubiese provocado que el kilo de muerte se pagara a diez, quince o veinte puntos de share, quién sabe; pero una cifra siempre superior a la que se paga actualmente, por supuesto.
También puede que lo vivido el martes en El Hormiguero hubiese sido una tremenda farsa de muerte. Pero eso también formaría parte de la naturaleza del medio y de la lógica inquebrantable del mercado. Sea como fuere, como la muerte de Pablo Motos no tuvo lugar el martes en riguroso directo, es de esperar que, al menos de momento, la televisión siga haciendo caja sólo con la muerte de los otros, lo cual es mucho más práctico y ensucia bastante menos. Y de paso, por supuesto, seguirá alimentando con ello nuestra hambre canina de muerte.
Enlaces patrocinados
Opiniones de los lectores (0)
El equipo de redacción revisará las opiniones para evitar la difusión de comentarios no apropiados o insultos. El horario del foro es de 07:00 a 23:00 h, con horario restringido a los invitados de 10:00 a 19:00 h. Fuera de ese horario no se incluirán opiniones.
Marité y el ‘síndrome María Antonia Ermitas’
@Nacho Gay - 02/09/2008
Roures, lo público y lo privado
@Nacho Gay - 28/08/2008
@Nacho Gay - 26/08/2008
@Nacho Gay - 21/08/2008
@Nacho Gay - 10/07/2008
Todos los derechos reservados © Prohibida la reproducción total o parcial
