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Aguirre o el puñetazo en la mesa de condesa consorte

@Jesús Cacho - 30/06/2008

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La historia se repite, dice el tópico, y a veces esa repetición se anuncia con signos tan evidentes, tan obvios, que resulta asombroso que los afectados por la reiteración caigan en la misma zanja, caminen seguros dispuestos a tropezar con la misma piedra que sus predecesores. Se ha escrito ya demasiado sobre las bondades de la primera legislatura Aznar (1996-2000), de la misma forma que existe consenso generalizado a la hora de considerar la segunda como manifiestamente mejorable, por aplicarle una definición elegante. La mayoría absoluta lograda en marzo de 2000 no cambió a José María Aznar: simplemente lo desenmascaró, sacando a relucir el talante profundamente autoritario que anidaba en su almario.

Algo parecido podría llegar a ocurrir con Esperanza Aguirre Gil de Biedma en la presente legislatura autonómica. Tras su polémica victoria en octubre de 2003, consecuencia del episodio de corrupción política que fue el tamayazo (Tamayo y Sáenz), la presidenta de la Comunidad de Madrid, condesa consorte de Murillo, logró una apabullante mayoría absoluta en las autonómicas de mayo de 2007, esta vez sin trampa ni cartón. Curiosamente esa victoria, unida a la situación de un PP abierto en canal después de la “dulce derrota” del 9-M, parece haber provocado un cataclismo en el paisaje emocional de una mujer que ha sabido administrar con sabiduría esa imagen de derecha algo rancia que despide, a cuenta de la cual se ha visto obligada siempre a circular por la política con el freno de mano echado, que ya decía Henri de La Chapelle (Discours sur les Maximes morales), que “cada cual se crea una imagen exterior, un semblante que sustituye lo que se es por lo que se quiere parecer”.

El caso es que Aguirre ha decidido soltarse el pelo y presentarse a pecho descubierto como la única y real oposición a Mariano Rajoy en el PP. Está claro que el resultado del reciente Congreso de Valencia ha conseguido sacar a la presidenta madrileña de sus casillas, haciendo aflorar la peor versión del personaje, porque tras lo allí ocurrido –decapitación de su escudero, Ignacio González; cambio de trinchera de los consejeros regionales Prada y Lamela, y triunfo sin paliativos de su gran rival Ruiz-Gallardón- la liberal Aguirre ha dado un puñetazo en la mesa mandando a galeras a los citados Prada y Lamela –en la vida de Doña Esperanza, las traiciones políticas siempre van en pareja, como la Guardia Civil-, en un golpe disfrazado de cambio del Gobierno regional obligado por la crisis, pero que todo el mundo ha entendido como lo que es: la venganza de una mujer que se ha sentido traicionada.

El volantazo de Doña Esperanza hacia la derecha quedó ayer perfilado en la entrevista aparecida en el diario El Mundo. Es obvio que después del famoso “no me resigno”, una frase que algunos han elevado casi a la categoría de enseña ideológica, Aguirre dio un paso atrás, dejando en la estacada a sus voceros mediáticos. La presidenta madrileña no se atrevió a dar el paso al frente de encabezar una candidatura de oposición a Rajoy que hubiera logrado concitar en su derredor a la dispersa guerrilla popular, convencida de que el apoyo mayoritario de los barones del partido aseguraba el triunfo de Rajoy y su propia derrota. A Esperanza le salvó su instinto político, lo que nos privó de conocer cuál es el verdadero equilibrio de fuerzas en la derecha española entre liberales y conservadores, entre el centro derecha y la derecha dura.

Pero lo ocurrido en Valencia ha surtido el efecto de dinamitar ese instinto de conservación, haciéndole romper amarras con la prudencia para lanzarse a tumba abierta, a lomos de la ambición, como la gran alternativa a Rajoy en las filas de la derecha. Un clásico como Adam Smith, hablando del carácter posesivo y acaparador de la ambición de poder, escribió que “una vez que esa pasión ocupa completamente el corazón, no admite ni rival ni sucesor. Para los que se han acostumbrado a la posesión e incluso la esperanza de la admiración pública, todos los demás placeres se debilitan y decaen”.

Aguirre ha dado un paso al frente. Una apuesta sin duda arriesgada, porque al hacerlo así endosa las tesis de quienes auguran la caída estrepitosa del gallego tras las derrotas electorales que los duros le vaticinan para 2009, y porque esa oposición hace añicos esa flor de invernadero liberal que ella misma ha cultivado con mimo todos estos años, en tanto en cuanto ese paso al frente le convierte en representante de la corriente aznarista en el PP, en abanderada de la parte más conservadora del partido, aquella que abjura del centro condenándose a si misma a no llegar jamás al Poder. Y una apuesta peligrosa, porque es evidente que por esa deriva el PP, no digamos ya la propia Aguirre, corre el riesgo de perder Madrid -la Comunidad e incluso la Alcaldía-, y ello por muchos que sean los dislates de que haga gala Rodríguez Zapatero.

Es obvio que una buena parte de la sociedad española –dentro y fuera del PP- ha visto con buenos ojos el cambio de timón hacia el centro protagonizado por Rajoy, así como la pérdida de lastre que para el partido suponían algunas de las figuras señeras del aznarismo. La importancia de esa corriente ha quedado cuantificada en el Congreso de Valencia y es equivalente, muy grosso modo, al 16% de voto en blanco que renegó de don Mariano, lo que equivale a decir que representa, también muy grosso modo, a 1,6 de los 10,3 millones de votantes del PP en las pasadas generales de marzo. Esa es su fuerza. Y ese es el enorme riesgo que corre Esperanza Aguirre: el de convertirse en estandarte de la derecha española más conservadora. No creo que lo que está sucediendo sea del agrado de un tipo tan culto y con tanto seny como Regino García-Badell, su jefe de gabinete. Como escribió Montaigne, “solo el uso de la razón puede ponernos a salvo de los perniciosos efectos de la ambición desmedida”.

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