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La bonita ultraviolencia que nos mata de risa

La bonita ultraviolencia que nos mata de risa

@Nacho Gay.- 06/07/2008

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Lo dijo en su momento ese fetichista neopop llamado Quentin Tarantino: “La violencia es algo tremendamente cinematográfico”. Tanto que el celuloide contemporáneo la ha erigido intencionalmente como una de sus características definitorias. Ahí está su filmografía para demostrarlo; ahí está el remake de Funny games, que Michael Haneke acaba de realizar para constatar que el sadismo puede funcionar a las mil maravillas como elemento constitutivo esencial del texto fílmico.

Muchos son los amantes de este tipo de praxis cinematográfica. Muchos también los detractores; gente que sostiene que el cine actual puede llegar a engendrar violencia. Pero en realidad la violencia ha formado parte del discurso fílmico desde sus comienzos. No hay más que ver las secuencias bélicas de Intolerancia, de Griffith (1916), o la terrible dureza con la que Einsentein rodó las escenas de la revuelta de Odessa en El Acorazado Potemkin (1925).

El problema es que el tratamiento cinematográfico de la violencia ha ido mutando con el paso del tiempo. Sin en plena vanguardia soviética la violencia se sustentó a menudo en fundamentos puramente ideológicos (Eisenstein), a medida que el Modelo de Representación Institucional propio del Cine Clásico se fue perfeccionando, la violencia se convertiría en un mero componente narrativo, que formaba parte de la lógica inquebrantable de los géneros y que no tenía implicaciones idiosincrásicas de ningún tipo. Si acaso didácticas.

En el relato simbólico que práctica el Hollywood clásico (años 20-50), relato que es completamente aséptico, las acciones quedan justificadas en tanto en cuanto son protagonizadas por un héroe que roza la perfección moral. Así que cuando John Wayne le metía un par de tiros entre ceja y ceja a un Apache, el espectador del western estaba obligado a interpretarlo como un acto eminentemente justo y necesario.

Tarantino o cuando la sangre salpica

En su empeño por construir un discurso de antítesis a la hegemonía de los grandes estudios, la vanguardia europea de Godard, Pasolini, De Sica o Bergman utilizará la violencia como un elemento de reflexión y crítica en su cine de arte y ensayo. No fue éste un fenómeno exclusivamente europeo. Hubo ciertos directores afincados en EEUU como Kubrick que, influidos por el cine que se hacía en el ‘viejo continente’, alumbraron un Nuevo Hollywood y crearon desde allí obras maestras como La Naranja Mecánica (1971); una reflexión, hoy ya paradigmática, acerca de la violencia y la naturaleza corrupta de las democracias occidentales. Cuyo protagonista, por cierto, pronuncia durante el metraje la frase genial que da título a este artículo.

Los años ochenta dieron el pistoletazo de salida a lo que los teóricos han definido como Cine Postmoderno. El concepto del espectáculo se convertirá a partir de entonces en la piedra angular que sostiene la obra cinematográfica. Y la violencia pasará a concebirse no como un elemento narrativo sino más bien formal. Con una mirada entre morbosa y fascinadora, los directores contemporáneos son propicios a la escenificación explícita, discrecional y sádica de la violencia, aunque ésta apenas tenga justificación narrativa.

El máximo exponente de esta tendencia es sin duda Quentin Tarantino, cuyo concepto de la violencia es amoral e incluso divertido. El realizador americano ha aprovechado sus indudables cualidades como director y guionista para configurar películas como Pulp Ficcion, Kill Bill o Reservoir dogs, en las que la violencia se concibe como algo bello, profundamente estético, poético, o meramente coreográfico. Tarantino se libera, por medio de este concepto y tratamiento de la violencia, de cualquier responsabilidad moral sobre las repercusiones que sus obras puedan tener sobre los individuos que las ven.

¿Quién está realmente enfermo?

Es en la actualidad, por tanto, cuando el cine muestra la violencia con un mayor índice de gratuidad, ya sea de forma seductora, como en el caso de Tarantino, o redundante y desafortunada como ocurre en de la mayoría de los blockbusters yanquis o de los productos gore, que se han constituido con el tiempo como un género propio de la postmodernidad cinematográfica. Y de ahí el debate al que hacíamos mención al principio de estas líneas: ¿El cine puede contagiar esa fascinación por la violencia a los individuos que ven estas películas?

Algunos cineastas postmodernos nos ofrecen la solución al conflicto, gracias probablemente a que la característica fundamental de este periodo es el eclecticismo. Si el Cine Clásico americano es la tesis y el Moderno la antítesis, el postmoderno sería la Síntesis de los dos anteriores. En la actualidad, pues, cabe todo. Por eso nos podemos encontrar con una concepción divertida de la violencia (Planet Terror, de Robert Rodríguez), grandilocuente (300, Zack Snaider), poética (Titus, Julie Taymor), morbosa (Hostel, Eli Roth) o evangelizadora (La Pasión de Cristo, Mel Gibson), pero también con otros autores que se sirven de ella como eje fundamental sobre el que reflexiona su discurso de autor.

Son películas como Una historia de violencia (David Cronemberg), Elephant (Gus Van Sant), Funny Games (Michael Haneke) o No es país para viejos y Fargo (de los hermanos Cohen) las que nos han ayudado a entender que lo que está verdaderamente enfermo no es el cine actual, sino la sociedad contemporánea.

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Opiniones de los lectores (1)

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1. antiTarantino25/09/2008, 11:23 h.

Mi opinión es que en algunos directores actuales (Tarantino, Robert Rodriguez, y por ese estilo), la violencia es objeto de banalización, lo cual es lo más peligroso de todo. Se nos muestra que la violencia es bella, lo que puede dar lugar a una confusion ética, si es que se llega a identificar lo bello con lo bueno. El cine debe de dar cabida a la violencia puesto que es algo que forma parte (no digo esencial, como pretenden algunos) de la naturaleza. Pero mostrar que puede ser algo trivial y gratuito y lo que es peor, procurar un placer estético es completamente amoral y cercano al fascismo.

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