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OPINIÓN

El Club del Sable o por qué Costa y Elorriaga se alinean con el ala dura del PP

BIOGRAFÍA

Federico Quevedo, nacido en Hamburgo (Alemania) en 1961, licenciado en Ciencias de la Información, está casado y tiene 4 hijos. Quevedo ha realizado su carrera profesional en medios como Radiocadena Española, Antena 3 Radio, Europa Press, La Gaceta de los Negocios, Actualidad Económica... Además es colaborador de Telemadrid, Popular TV, 'La Mañana' y 'La Linterna' de La Cope y 'El Gato al Agua' en Intereconomía. Autor de los libros 'Pasión por la Libertad' sobre el pensamiento político del ex presidente Adolfo Suárez, y 'El Negocio del Poder' junto al periodista Daniel Forcada.

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Federico Quevedo .-  28/05/2008

Lo bueno que tienen las hemerotecas es que, efectivamente, están ahí y uno puede acudir a ellas de cuando en cuando en busca de referentes que sirvan para explicar algunas de las cosas de la actualidad que necesitan análisis y atención. En fin, no les voy a aburrir a ustedes con un relato detallado de lo que pasó en el PP después del Congreso de 1989, es decir, tras la refundación, pero baste recordar que entonces Aznar inició un proceso de renovación del PP –hasta ese momento AP- que, obviamente, levantó muchas ampollas. Cuando se preparaba el Congreso de 1990, el famoso de Sevilla, Fernando Suárez ya protestaba por la manera en que desde el aparato se protegía la candidatura de José María Aznar. Tras ese congreso, que fue definitivo para la ‘muerte política’ de la vieja guardia ‘aliancista’, se levantaron algunas voces como la de Alfonso Osorio quien reprochaba a Aznar que no escuchara a “personas del partido tan destacadas como Miguel Herrero, Fernando Suárez, Isabel Tocino, y así sucesivamente, mientras que sí se presta atención y se dispensan honores a algunos personajillos que todos conocemos”. Los 'personajillos' eran, entonces, Rodrigo Rato, Luis Ramallo, Celia Villalobos, Álvarez Cascos...

Unos meses después, el 6 de junio de 1993, Aznar se presentaba a sus segundas elecciones, y perdía, pero el resultado no permitió a la ‘oposición interna’ al líder del PP iniciar el acoso tal y como tenía previsto. Por aquellos tiempos Aznar ya le dedicaba a Pedro J. Ramírez lindezas como esta: “Vamos a actuar con cautela y con soberanía... porque empiezo a estar bastante harto de consejos que vienen de personas a las que yo no se los pido...”. La no victoria de aquel 6 de junio de 1993 elevó al cielo mediático preguntas como esta: “¿Se volverán a repetir las inmejorables circunstancias objetivas de las que la derecha ha gozado para que Aznar y su PP obtengan la confianza del pueblo?”. Aznar tuvo que hacer frente, entonces, a una campaña de acoso mediático considerable, pero a una oposición interna bastante debilitada. Sin duda esa es la gran diferencia de entonces a ahora: quienes habían combatido junto a su líder se mantuvieron a su lado y no se dejaron tentar por los cantos de sirena que desde los aledaños del PP les invitaban a la rebelión contra el patrón de la nave. Había que afrontar el camino definitivo del PP al centro, y dejar atrás a una generación de políticos que hicieron otro camino distinto, el de la Transición.

Menudo contraste, sobre todo cuando algunos de los que hicieron aquel viaje ahora son los que se niegan a que el PP emprenda, de nuevo, el camino de la renovación. Otra vez se vuelve a calificar de ‘personajillos’ a quienes acompañan al líder, e incluso se atreven algunos a pedir la dimisión de Esteban González Pons por criticar a Elorriaga, pero no la de Elorriaga por criticar a Rajoy. Se cuestiona el modo de elección, un sistema que lleva veinte años funcionando sin que nadie antes lo haya puesto en entredicho, y solo ahora se reclama un cambio a remolque del interés de unos. Y se critica la baja participación en el sistema electoral, como si eso fuera, de hecho, una negación de legitimidad... ¿No son legítimos, entonces, los refrendos de aprobación de los estatutos de Cataluña y Andalucía? Y se busca acabar con el líder no desde la legitimidad del Congreso, sino desde la conjura de cenáculos madrileños, trayendo a la mente la imagen de épocas caciquiles, de tiempos de la Restauración, cuando se quitaban y ponían líderes de la derecha en salones de alcurnia. Quienes amparan toda esta estrategia de acoso y demolición lo hacen desde el más puro maquiavelismo político, ese que lleva a los contrincantes a pedirle facilidades al que tiene ventaja porque saben que, por sí solos, son incapaces de conseguirlo... Y acaban sucumbiendo a ese lema propio de los despotismos: “Yo solo respeto las reglas cuando me benefician”.

Me sorprende, se lo digo sinceramente, que dos personas que merecen toda mi consideración como Gabriel Elorriaga y Juan Costa se hayan avenido a contribuir a esta estrategia autoritaria y golpista diseñada en los aledaños mediáticos del PP. Sobre todo porque esas dos personas, cuyo talante moderado y centrista no pongo en duda, se echan con ese gesto en manos de la derecha más dura, aquella misma derecha antiliberal, anticapitalista y antiamericana que dio vida en los orígenes de la Transición al Club del Sable, del que formó parte Pedro J. Ramírez, y que se caracterizó en sus primeros años por un atroz inmovilismo que impedía a la derecha española avanzar por el camino de la moderación y la apertura, necesario para dejar atrás la herencia franquista. No es de extrañar que algunos de los que compartían mesa y mantel aquellos viernes del Club del Sable estén ahora en la trastienda de la conspiración contra Rajoy. Son los mismos que entonces se dejaban llevar por la suave textura de la Nueva Derecha francesa de De Benoist, una derecha elitista y algo racista, y que ahora se hacen fuertes en el inmovilismo antes que avanzar en la dirección correcta de una sociedad abierta y libre. Lo bueno de esto es que la estrategia de acoso a Rajoy está haciendo fluir el verdadero encontronazo entre un estatismo caduco y retrógrado, y un liberalismo moderno y aleccionador. Por eso lo de Costa y Elorriaga solo tiene una explicación: personalismo.

 

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