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En pro del estado unitario

Manuel Muela* - 23/05/2008

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Como en otras ocasiones de nuestra historia constitucional, estamos viviendo una crisis política que trae causa de las dificultades para estabilizar en España un modelo de Estado, que responda a las necesidades de una sociedad democrática contemporánea. Lo que viene sucediendo es un eslabón más en la cadena de problemas con los que se ha enfrentado el Estado en España desde que los liberales de Cádiz alumbraron la nación política y la dotaron de una Constitución, la de 1812. El modelo unitario que se pretendió entonces ha tenido escasas posibilidades de realizarse en democracia, porque ésta ha sido siempre fugaz en nuestro país. Pero, en mi opinión, no debería condenarse al olvido una formulación constitucional, la del Estado unitario, sobre todo si se considera que lo opuesto a la misma, federalismo o autonomismo, ha supuesto el crecimiento de los sentimientos centrífugos, que alimentan la desigualdad y el debilitamiento del poder público.

Los últimos dos siglos de la historia de España han estado marcados por la controversia y el enfrentamiento entre dos modos de organizar la vida pública y la propia convivencia de los españoles: por una parte, está la tradición más autoritaria y menos tolerante, identificada con la visión centralista del Estado, que ha gozado de una clara preeminencia. Por otra parte, también hemos contado con la tradición abierta y humanista, proclive a la modernización del poder público, cuyo protagonismo ha sido menor, aunque sus proyectos y propósitos siguen teniendo interés para lograr los objetivos del progreso político y la transformación social.

Como consecuencia de ello se ha llegado a la mistificación de confundir al Estado unitario con el centralismo, haciéndolo incompatible con un orden abierto y democrático. Por eso, ha sido frecuente que en las épocas democráticas haya primado la idea de cambiar la estructura del Estado, sin preocuparse demasiado de los contenidos ideológicos del mismo. Con un simplismo muy propio de nuestro carácter nos hemos dejado llevar demasiado por algunas ensoñaciones, cuya realización ha solido acarrear más problemas de los que perseguía resolver: el federalismo de la segunda mitad del siglo XIX y el autonomismo ensayado en el siglo XX, pueden ilustrarnos sobre cómo políticas aparentemente bien intencionadas conducen las más de las veces a la degradación del poder público y al debilitamiento de su expresión máxima, que es el Estado.

España, por causa de una historia difícil y serpenteante, está todavía aquejada de importantes déficits sociales y educativos, también democráticos, sin una sociedad civil suficientemente sólida para suplir tales carencias. Necesita un poder público que impulse su transformación y su modernización, sin despotismo pero con energía. Y el Estado es el instrumento idóneo para ello. Así lo entendieron los países europeos que hace siglo y medio abrazaron los principios de la revolución burguesa, que requería Estados fuertes para vencer las inercias y resistencias al cambio político y social. Sin esa fortaleza solo se podía aspirar a ligeros barnices de modernización, incapaces de alterar las corrientes retardatarias que, con una u otra apariencia, han sido dueñas y señoras de la política española.

La confusión ideológica, trufada de posiciones nacionalistas arcaizantes, ha contribuido a consolidar la idea de que el Estado unitario fuerte es una manifestación autoritaria a la que hay que oponer un modelo distinto, basado en la idea de las parcelaciones territoriales dotadas de poder político propio y autónomo. Los individuos quedan así en un segundo plano, con cierta indefensión ante un poder cercano, que suele carecer de la neutralidad de la distancia y de la preocupación por el interés general. Esa es en gran parte nuestra experiencia política reciente, cuya maduración arroja frutos de desigualdad para los ciudadanos y de oligarquización en el ejercicio del poder público: hay regiones importantes, y menos importantes, en España en las que la alternancia en el poder resulta poco menos que inverosímil sin que haya razones de bienestar económico y social que lo justifiquen.

Creo que disponemos de conocimiento y experiencia histórica para constatar que los intentos de modernización del Estado en España, basados en aquellas premisas, han fracasado sucesivamente, porque, entre otras cosas, se han primado los sentimientos de lo centrífugo. Se ha olvidado que en nuestro país, donde todavía persisten importantes desequilibrios sociales, sigue siendo necesaria la capacidad homogeneizadora de un poder público central fuerte (Conferencia en el Ateneo: 'Ante el Estado de las desigualdades: el Estado unitario'). La tendencia de los poderes regionales autónomos a eludir el interés nacional ha sido una constante histórica. Que no debería ser así, porque también son parte del Estado, pero es, y a los hechos me remito. Cada día tenemos pruebas de ello.

Por tanto, parece que es momento de encarar un problema que tiene difícil arreglo dentro de éste orden constitucional: entre las reformas del mismo habría que abordar la sustitución del derecho a la autonomía de las regiones por formulaciones más cercanas a la descentralización administrativa que al concepto de autonomía. Se quiera o no, éste último siempre deriva en acentuar la debilidad del poder público, cuando no en la deslealtad hacia el propio Estado. Un Estado así concebido, nutrido y sostenido con los valores de la democracia, nada tiene que ver con el señuelo del odiado Estado centralista, que ha resultado tan útil para vender a los españoles una mercancía política muy beneficiosa para algunas clases dirigentes, pero menos para los ciudadanos y contribuyentes.

*Manuel Muela es economista.

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Opiniones de los lectores (7)

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7. Modesp23/05/2008, 18:36 h.

Felicidades por este artículo. Comparto totalmene la argumentación y las conclusiones. El actual proceso de cantonalización no solamente no ha traído ningún beneficio sino muchos perjuicios a España. Animo al Sr. Muela y al Confidencial a continuar apoyando una España moderna y unida.

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6. usuario registrado almutamida23/05/2008, 14:37 h.

Las automias solo sirven para llenarle la panza a una ingente cantidad de politicos y funcionarios, que no funcionan.
Toda gestión con organismos del ESTADO, la hago sin problemas, cuando tengo que acudir a la "Junta" (que junta dinero para ellos), es un cachondeo.
El gran error es que en vez de tener un Estado central, y cierta autonmia para Cataluña y Vascongadas (que hubiera podido mantenerse, o si no les gusta, que se marchen), hay 17 taifas insostenibles.

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5. Elphin23/05/2008, 12:38 h.

Brillante, Iturbide. Sobre todo en su apunte sobre el poder mesiánico y en su conclusión sobre el poder totalitario. Pero el círculo vicioso de poder totalitario y sociedad sumisa es ya muy difícil de romper sin una importante conmoción, política o civil, y que no es muy seguro que pudiera ser pacífica. ´Si la reacción de ira e indignación que se vive entre los partidarios de la derecha estos días fructifica, es posible que sepueda aprovechar el tirón. Si no, nos espera1 una larga noche sin libertades

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4. vascongado23/05/2008, 12:21 h.

El estado unitario (sin fueros, sin autonomías) que propugna el señor Muela sólo tiene un problema; es el sistema perfecto para que los catalanes, los vascongados, probablemente incluso los navarros y los gallegos, digan que no quieren formar parte de él. El estado unitario, en España, o es autoritario o no es.

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3. usuario registrado regeneracionya23/05/2008, 10:17 h.

Gracias por iluminar el camino, Sr. Muela.
Como decia Iturbide, la frase "Necesita un poder público que impulse su transformación y su modernización, sin despotismo pero con energía" es clave.
La transformacion necesitaria capital politico, lideres comprometidos con el futuro del pais con las ideas claras y la valentia para hacer las reformas necesarias, en lugar de estar pensando en apuntalar su poder y colocar a los del equipo.
Y luego se necesitan los controles del poder que eviten ese despotismo, el poder judicial, la prensa, en ultima instancia la sociedad civil. Con la intervencion politica que existe tanto en el poder judicial como en los medios estamos muy lejos de un control adecuado.
Aparte que intentar dar marcha atras en muchas de las tendencias descentralizadoras de los ultimos tiempos se encontraria con una resistencia en las CC.AA. brutal, las nuevas generaciones convenientemente "educadas" se echarian a la calle contra el estado opresor. Estos cambios para que fueran aceptados necesitarian un contexto de crisis descomunal.
Por cierto, ¿se conoce la perdida para el potencial de desarrollo de España en su conjunto que supone esta descentralizacion mal llevada?

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