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Despotismo y democracia

José Luis González Quirós* - 21/05/2008

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Popper pensaba que encubrir los propios errores es el mayor pecado intelectual. Esta idea sirve para mostrar de manera inmediata que la política no es un quehacer intelectual porque, en la práctica, el arte de los políticos consiste las más de las veces en disimular los errores, en negarlos o, peor aún, en forzar las cosas para llegar a convertirlos en nuevas verdades. Las nuevas formas de despotismo que se insinúan en los partidos y en el Gobierno no buscan precisamente asentar de modo más sólido una democracia fundada en valores morales, en la que nadie se pueda sentir con derecho a arrebatar, en la práctica, la soberanía a los ciudadanos; tratan, por el contrario, de afianzar los resortes del poder que les mantiene arriba, para que nadie pueda poner coto a sus pretensiones, cada día más ambiciosas. Que el Monarca se haya atrevido a elogiar públicamente al actual presidente es una muestra más de ese proceso de acomodo de los poderosos, que nada tiene que ver ni con la libertad ni con la democracia.

Nuestra democracia, que fue alumbrada en medio de un clima tal vez ingenuo, pero idealista y entusiasta, no ha conseguido una mayor legitimación popular que la que tenía cuando era una gran promesa. Vivimos en un sistema en el que la información fluye de manera muy sesgada, en la que se discute con disimulo, en la que se confía en que el electorado acepte mansurronamente las verdades del barquero. El Gobierno intenta imponer sus verdades atentando al buen sentido: hace un trasvase (lo que parece perfecto y muy necesario) pero para que no se diga que no hace lo que dice, impone, con la ayuda de una imponente cohorte de corifeos, una modificación del lenguaje para que ese acto no se llame conforme a lo que realmente dice el uso ordinario, sino mediante una circunlocución más o menos ocurrente. Humpty Dumpty lo advirtió hace mucho tiempo: lo importante es saber quién manda y cuando se sabe eso olvidarse del significado de las palabras, porque el poderoso no lo sería si no tuviese alguna manera de hacer de lo negro blanco.

Con esta clase de armas se puede conseguir cualquier cosa: estar en una guerra en Afganistán, sin estar en ella; hacer que la crisis económica no exista mientras no convenga, o modificar la Constitución sin tocarle un pelo, et sic de ceteris. En España se ha sustituido la democracia por el partidismo y se ha creado una atmósfera sofocante en la que no ya la independencia, sino la mera originalidad, es un enemigo a batir, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Hemos acabado no ya con la independencia del poder judicial, sino con el menor asomo de ella y estamos olvidando que, como ha escrito Fareed Zakaria, “el mejor símbolo del modelo occidental de Gobierno no es el plebiscito de las masas, sino el juez imparcial”.

El Partido Popular se encuentra ante un crítico cruce de caminos, obligado a elegir entre dejarse llevar por la ola dominante -lo que supondrá participar vicariamente de ese poder cada vez más sólido y que no parece a su alcance, para prestarle algún asomo de legitimidad- o, por el contrario, convertirse en un partido que recuerde a los ciudadanos que es preferible vivir en una nación en que nadie sea más que nadie; en un partido que apueste rotundamente por el respeto a la libertad, que recupere la auténtica independencia judicial, que promueva una sociedad abierta y competitiva, y que defienda sin disimulos una única nación en la que quepan todos, con las diferencias razonables pero sin privilegios absurdos.

Ahora parece que la actual dirección invoca los principios como modo de exorcizar el descontento. Sea ello en buena hora, pero hablemos en serio de cuáles son los principios y qué significan, sin caer en el absurdo de creer que por dejarse calificar por el progresismo dominante se logra ser más queridos por los electores. Un Congreso no es el momento de definir las estrategias, pero sí es el momento de plantearse para qué se quiere un partido, esto es, si sirve para algo más que para que los que en él mandan sigan haciéndolo cómodamente.

Si quiere seguir significando algo, el PP tiene que romper el statu quo, tiene que ser valiente y decir en lo que cree: en España, en la libertad, en la poliarquía, en la igualdad de todos ante a ley, en la independencia de las instituciones, en la limitación del poder... Debe hacerlo con entusiasmo y convicción, con credibilidad, huyendo del oportunismo y de la mimetización con el clima de desencanto y resignación que otros pugnan por extender. Y eso se antoja muy difícil si, a cuenta de no se sabe bien qué grandes principios, la dirección se oculta en palabras que no significan nada, se parapeta en sus posiciones y se dispone a proseguir impávida en sus puestos, mientras los que creen que algo importante debiera hacerse han de resignarse a contemplar con estoicismo y algo de asco un paripé de tercera clase.

*José Luis González Quirós es analista político.

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12. No a Popper21/05/2008, 16:41 h.

Considero de muy mal gusto citar a Karl Popper,responsable ideológico mayor del totalitarismo "transparente" que padecemos.Reformar una sociedad sin permiso DE CADA UNO DE LOS AFECTADOS,es Despotismo.La Represión de Género es Despotismo.La Homosexualización de la sociedad es Depotismo y del peor,a lo César cortando manos en las Galias para no tener guerra en 25 años:aquí cortan los huevos para prevenir una guerra civil .La Ley del Tabaco,el revisionismo contra el Estado Nación y la irrisión de la Patria,etc,etc,etc,son Despotismo.Y no gobernar como Estado Soberano sino como diga "el Amo",al que servía Popper,es Despotismo,con el agravante de Colonialismo. Contra Popper,pido la Independencia incluso intelectual de España respecto de potencias extranjeras.

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11. melancolía21/05/2008, 16:37 h.

De acuerdo con los aspectos fundamentales de su artículo. Lamentablemente unas instituciones y sobretodo una justicia independiente, hoy por hoy, en España suena a utopía.

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10. chankette21/05/2008, 16:26 h.

...En nuestra época de ensoñación, discutiamos por obtener una democrácia en la que: La representación política fuese de los ciudadanos El equilibrio de los poderes del estado mediante su independencia. La correcta administración de los recursos del estado. y otros... Ahora tenemos cuestionada nuestra constitución por multiples lados, que no se corresponden. Unos comienzan a observar en las autonomías una bolsa de despilfarro y corrupción que redunda en peores servicios públicos generales. Otros plantean el utilizarlas como trampolín hacia una "no independencia" sino "diferenciación clasista" hacia el resto de regiones...¡Y los demas mirándonos el ombligo!. Personalmente creo que al PP no le interesó ganar, prefirió quedarse en segundo plano viendo como revienta a quién lo creó.

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9. usuario registrado borondes21/05/2008, 15:36 h.

Si algo significó el centro en España fue tomarse la democracia en serio. Entre otras cosas porque la democracia y la libertad eran deseos vehementes. Ahora haría falta algo de eso. Hay que defender a capa y espada las posiciones propias del electorado del PP: economía liberal, libertad de enseñanza, autonomía de las instituciones, en especial la de la Justicia, poliarquía, iniciativa privada, unidad de España y respeto a la religión, lo que no quiere decir hacer todo lo que digan los Obispos que han sido muy responsables de gran parte de los votos contra el PP, justo los que le han hecho perder. Es un error confundir la seriedad en las posiciones con el radicalismo verbal y las malas maneras en su defensa. Ese es el mal que le están haciendo a la libertad algunos que se dicen liberales y que no saben sino vociferar. No queremos una derecha que se parezca al sectarismo de la izquierda sino una izquierda que aprenda a respetar la opinión ajena como hacen los verdaderos liberales y a jugar con limpieza, sabiendo que se puede ganar o perder pero que nunca se puede dejar de ser lo que se es ni de decir lo que se piensa.

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8. chankette21/05/2008, 15:02 h.

Como miembro de esa "especie en vías de extinción" que somos aquellos que crecimos en ese "clima tal vez ingenuo, pero idealista y entusiasta" quiero expresar, no solo mi desilusión por el momento político actual sino, ademas, por la deriva tan "delicadamente peligrosa" hacia la que nos dirigimos. La llamada "opinión pública",se reduce a tertulias radiofónicas y columnistas y son solo (en un alto porcentaje) ramales de los grupos de poder formados (llámense partidos políticos). La opinión (o preocupación) del resto de ciudadanos no coincide en la mayoría de los casos con los debates que se practican en dichos medios (observense si no la tensión que se vive en alguno de los foros de este diario con respecto a ciertas noticias y que no se ve reflejada en los medios antes citados)...

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