MIENTRAS TANTO
La memoria fértil: de cómo una economía se vino abajo en apenas tres trimestres
@Carlos Sánchez - 19/05/2008
El 14 de abril de 1992 -sin duda una fecha emblemática-, el AVE Madrid-Sevilla comenzó a operar. A bordo, una comitiva oficial alegre y confiada cruzaba Despeñaperros convencida de que se abría un nuevo periodo en la Historia de España. Apenas una semana después, el 20 de abril, los Reyes inauguraban la Exposición Universal de Sevilla y el AVE comenzaba a funcionar para el resto de los mortales, ya sin invitados de postín. La solicitud para organizar la Expo había sido cursada formalmente por España diez años atrás -en marzo de 1982-, pocos meses antes del aplastante triunfo electoral del Partido Socialista en medio de una formidable crisis económica.
El presidente Felipe González dijo en su discurso de inauguración lo siguiente: “La Exposición Universal de Sevilla es el fruto del proceso de consolidación de la democracia española, de su avance económico, de la modernización de España, de la mejora en la prosperidad relativa de sus ciudadanos, de nuestro proceso de integración en la Comunidad Europea y de nuestra total implicación en todos los organismos y foros internacionales”.
En el primer trimestre de 1992, poco antes de que se abrieran las puertas de La Cartuja para recibir a millones de visitantes extranjeros y nacionales, la economía española crecía a un ritmo anual del 3,5% y había dejado atrás los duros años de la reconversión industrial y del ajuste económico. Entre 1987 y 1992 el PIB había crecido claramente por encima del 4% (media anual), y cuando Don Juan Carlos cortó la cinta inaugural este país se salía, literalmente, del mapa. España estaba realmente de moda tras haber dejado atrás la siniestra Dictadura y una Transición que convirtió a la economía en el hermano pobre del cambio político.
Un trimestre más tarde -entre abril y junio-, en el momento en que la Expo estaba en pleno esplendor, el PIB ya crecía bastante menos. Apenas un 0,9%, pero nadie reparó en ello porque eran tiempos de vino y rosas. No había lugar para los agoreros de toda la vida. Los restaurantes estaban llenos y en los cines no cabía un alfiler.
Un trimestre más tarde -con la Expo a punto de echar el cierre- la economía española continuó deteriorándose, hasta el punto de que Estadística avanzó que el crecimiento interanual se situaba ya muy cerca del estancamiento. Cuando los turistas abandonaron definitivamente la Cartuja, el 12 de octubre de 1992, España crecía un raquítico 0,2%.
Saltan las alarmas
La recesión, como es lógico, no tardó en llegar. El último trimestre de 1992 el PIB reflejó una caída del 0,9%, y fue entonces cuando saltaron las alarmas (avivadas por la crisis del Sistema Monetario Europeo). Se volvió a destruir empleo de forma intensa y ya nadie jugaba con las palabras. Lo de menos era si se estaba ante una desaceleración de la actividad económica, una crisis o una recesión. Lo cierto es que durante los tres primeros trimestres del año 1993, la economía retrocedió de forma virulenta: un 2,8% en el primer trimestre, un 1,5% en el segundo y un 0,4% en el tercero. Es decir, en apenas tres trimestre se había pasado del 3,5% (una tasa próxima a su potencial) a la mayor recesión alcanzada desde el Plan de Estabilización de 1959.
Es evidente que la economía española de hoy no es la misma que la de hace tres lustros. Los mecanismos de asignación de recursos han ganado en eficiencia, las empresas (financieras y no financieras) son más solventes y el mercado de trabajo se mide por unos criterios más razonables. No se está, por lo tanto, ante una situación idéntica. La permanencia de España en el euro es, además, un seguro de vida, y aunque desde algunos sectores muy minoritarios se sugiere la peregrina idea de que lo mejor es salir de la moneda única para tener las manos libres y poder devaluar en busca de mayor competitividad, lo cierto es que nadie sensato apuesta por ello.
¿Significa esto que hay que descartar una recesión? Desde luego que no. El deterioro de la actividad económica está siendo bastante más rápido de lo estimado hace poco tiempo y, lo que es peor, como se diría en la jerga bursátil, se están rompiendo todos los soportes a una velocidad de vértigo sin que nadie desde las administraciones central o autonómica se dé por aludido.
A menudo se atiza al Gobierno de Zapatero por hacer de Don Tancredo ante el nuevo escenario económico, pero a uno no le deja de sorprender el hecho de que ante una fuerte caída de los ingresos públicos ninguna administración autonómica (mucho más afectadas que la propia Administración central por el pinchazo del ladrillo) haya anunciado un plan de ajuste del gasto o un paquete de medidas encaminada a reconducir la situación. Nada de nada. Rien de Rien. Lo único que se les ocurre es ayudar a los pobrecitos ladrilleros, sin duda los más necesitados.
Esta ceguera, que tiene mucho de desidia, es lo verdaderamente chocante en la actual coyuntura. Y por eso, no estaría de más que unos y otros tiraran de hemeroteca para refrescar la memoria y recordar lo que pasó hace 15 años.
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Opiniones de los lectores (16)
16.
agarcía19/05/2008, 21:06 h.
Sr. Sánchez, no me tengo por ligero de meninges y, estando de acuerdo con casi todo su artículo, discrepo sobre que nadie en su sano juicio abogue por salir del Euro.
Yo sí abogo por ello y comprendí muy bien el NO sueco a perder su soberanía monetaria y la capacidad de corregir vía tipos de interés y cambio las desviaciones. Pero, claro, también sé que España no es Suecia ni tiene la estabilidad política y constitucional ni la seriedad de desempeño de su clase política. Por ello yo abogo por volver a la peseta pero solo para el hipotético caso de que España se comporte en cuestión de finanzas públicas y gasto de las Administraciones con la seriedad sueca.
Y para largo lo tenemos.
Es por lo que no tenemos por lo que nos viene bien el €: la disciplina fiscal impuesta por el Banco Central Europeo, con Alemania al fondo. Pero al precio del descontrol en la balanza exterior, la falta de herramienta para la recuperación temporal de competitividad, o para aliviar la carga del endeudamiento familiar.
Hoy España tendría que haber devaluado, hubiera devaluado el mercado la peseta; para entendernos el €=220pta, o mas.
Vivimos como ricos sin serlo por el €. Y lo pagaremos caro.
15.
Falcata19/05/2008, 19:46 h.
Ah, es verdad PPete que época gloriosa del PSOE aquella. Con un 18% de paro...y Solbes diciendo que nos fuesemos haciendo planes privados de pensiones porque sería imposible pagarlo....Es verdad sentaron las bases del crecimiento...y aquellos ministros que decían que la universidad era una fábrica de parados...que teníamos la flota de pizzeros mejor preparados de Europa...que chispa tenían, que gracia...y la juventud, que no podía soñar comprar un piso...que felices éramos. Y luego llega el PP y lo fastidia todo, y crecemos y disminuye el paro...pero claro eso fué por la construcción, porque el PSOE puso las bases para que fuesemos los lideres del....abastecimiento de aviones en vuelo??? Que futuro glorioso hubiesemos tenido como gasolineros del aire....
14. Suave19/05/2008, 18:47 h.
Excelente artículo... pero un matiz: en aquel entonces había serios problemas coyunturales y hoy, sin embargo, nos enfrentamos a una severa crisis sistémica. Está vez será peor y, sobre todo, más extenso en el tiempo.
13. PPepete19/05/2008, 18:46 h.
CUQUIÑA. El AVE que estaba aprobado por el PP en 2004 tenía un presupuesto de 500.000 € (quinientos mil euriños). Todo lo del PP con Galicia fue pura mentira. No obstante, me gustaría que hablase usted del "atraco" de la Ciudad de la Cultura, llamada también mausoleo de Fraga. La broma va a acabar con un coste de más de 100.000.000.000 (cien mil millones de pesetas) que la administración de Fraga adjudicó cuendo ya había perdido las elecciones para que el nuevo Gobierno no paralizase el proyecto. No le he leido el menor comentario sobre este despilfarro. Con ese dinero sí que se hubiese activado el proyecto del AVE, de verdad, no con propaganda. Eso sin hablar de los 900.000.000 € que le querían dar a Villar Mir por pasar por su mina con una concesión casi vencida.
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