CINE
Cándido tributo a la música negra

Danny Glover, genio y figura hasta la sepultura.
@María José S. Mayo - 16/05/2008
HONEYDRIPPER

Director y guionista: John Sayles.
Fotografía: Dick Pope.
Música: Mason Daring.
Intérpretes: Danny Glover, Lisa Gay Hamilton, Yaya Dacosta, Charles S. Dutton y Mary Steenburgen, entre otros.
www.golem.es/honeydripper
Rendido a todos los temas sociales candentes, John Sayles, director de Hombres armados o la reciente La casa de los babys, pero sobre todo de la que apunta como su mejor película, Lone Star, baja su listón crítico -que, todo hay que decirlo, nunca llegó a los niveles de Ken Loach- y se infunde del espíritu de Frank Capra para dirigir esta película cándida, pero tributaria de una época en la que los guitarristas de blues -el estilo que tan bien se analizó en los documentales producidos por Scorsese- empezaron a convertirse en verdaderas estrellas. Sucedió gracias a la electrificación de sus instrumentos, lo que les posibilitaba estar a la altura sonora del saxo, la trompeta o el piano.
Todo sucede en un pueblecito de Alabama en los cincuenta, una época en que los negros todavía estaban destinados a labores menores como la recogida de algodón o el servicio en las casas pudientes, pero empezaban a arrasar en el mundo de la música. Como en tantas otras partes del país, el sábado noche es el momento esperado por los temporeros, militares y otras serie de trabajadores para gastar su escueto salario en un poco de diversión. Pero el Honeydripper, consagrado a la música en directo, no es su lugar elegido, rendidos como están a los sonidos enlatados de la juke-box. Su dueño ve la salvación en la contratación de un guitarrista de éxito que deberá ser sustituido por un joven vagabundo que sorprende a todos con su guitarra y su amplificador, muy al estilo de Chuck Berry, que empezó a tocar los acordes de un piano con su guitarra.
Sayles pasa de puntillas por el tema de la segregación racial y se recrea en su fascinación por esta música negra plasmada casi desde esos ojos de niño que juega a tocar el piano que ha dibujado sobre una tabla o de esos otros del pequeño que termina fabricándose una guitarra. Ellos son el marco que abre -fantásticamente, por cierto- y cierran un relato en el que Danny Glover brilla con luz propia como dueño de este local al borde de la ruina en un territorio poblado por leyendas y supersticiones, empapado en sudor y blues, reflejado con un aliento mítico que incluso se permite incluir espíritus rondando guitarra en mano por los porches de los principales establecimientos. Un goce austero y poco ambicioso este que nos prepara Sayles, pero siempre bien engarzado y auténtico, lo cual no es mala cosa en estos tiempos dados a la impostura.
LO MEJOR: La introducción y su tono mesurado.
LO PEOR: Su excesivo candor en determinados momentos.
Criterio de valoración:
Obra maestra.
Muy buena.
Buena.
Interesante.
Regular.
Mala.
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