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TRIBUNA

Rajoy, Aquirre y la lucecita de El Pardo

Mariano Rajoy Esperanza Aguirre

José Luis González Quirós* - 08/05/2008

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En las sociedades complejas la política tiene mucho de mera administración, porque no es cosa de cada día poner patas arriba el entramado que hace posible, con sus más y sus menos, el funcionamiento civilizado de la res pública. La gente se acostumbra mansamente a hacer lo que le toca, y trata, por lo general, de que las cosas no se tuerzan con exceso. En ese panorama, resulta imprescindible la existencia de un cierto número de personas dedicadas, con más o menos intensidad, a la política, que se convierte así en una forma de vida de muchos ciudadanos. Hasta aquí todo es perfectamente normal y no requeriría comentario especial. Lo que ya no está claro es que los ciudadanos que se dedican a la política tengan derecho a convertir sus decisiones personales en argumentos políticos.

Se trata de una confusión interesada que secundan con entusiasmo perfectamente excusable muchos periodistas con escasa propensión al análisis. Claro que no son estos los únicos culpables. Que el señor Zaplana, el señor Taguas o el señor Acebes decidan abandonar su actividad política debería ser cosa que solo a ellos interesase. Convertir esa clase de mutis en un símbolo es claramente un exceso, pero, además, es un engaño, una cortina de humo que oculta burdamente lo que está en juego.

El caso de Taguas, en particular, ha sido analizado con claridad en estas páginas y muestra uno de los aspectos más sórdidos de nuestra democracia: esos pasillos que unen al poder económico y al político, sin que al simple mortal se le permita meter la nariz en lo que en ellos se cuece. Lo de Zaplana tiene también algo de ese aire, no cabe negarlo, pero al menos no pasa directamente del ex monopolio al Palacio de la Moncloa. No se trata de negar que tales casos tengan un significado, pero sí de afirmar que ver en ellos algo que sus protagonistas nunca han dicho con claridad es darles una importancia de la que deberían carecer.

Abundan las dimisiones que parecen sugerir un descontento de fondo, cuya raíz habría que buscar en la tendencia a confundir los males de su partido con el relativo fracaso de sus biografías. Dice poco esa confusión de su amor a los principios, discurso que con tanta frecuencia llena sus bocas y que casi siempre es puro escapismo elusivo. En efecto, muchos hablan de principios para que no se perciba hasta qué punto esa proclama está en contradicción con su actividad de cada día. La alusión a los principios, cuando no va seguida de una política coherente, tiene el efecto de una salmodia que galvaniza el ánimo de los ciudadanos y refuerza su desinterés en la política.

Hay una especie de conjura para reducir las cuestiones políticas de verdadero interés a luchas fratricidas entre correligionarios, un hábito que consuela a la gente que se tiene por decente, en tanto en cuanto les permite comprobar que lo de los políticos no tiene remedio porque no se ocupan sino de sus cosas. Ese distanciamiento beneficia a quienes quieren reducir la democracia a una mera legitimación de su continuidad y al apoyo incondicional e inquebrantable de los súbditos. Nuestra democracia desfallece mientras los partidos se reducen a clubes exquisitos en los que el elenco de actores con papel relevante es cada vez más pequeño, hasta el punto de que cuando uno de ellos se va intenta colar la mercancía de que algo muy grave está pasando en el país y en el partido.

Los políticos tienden a pensar que sus meros gestos son suficientes para que el ciudadano sepa de qué va la cosa. Son víctimas, ellos también, de la baja calidad de la información política y de su inclusión en las categorías propias de la prensa rosa. Que Aguirre sonría o Rajoy frunza el ceño debería importarnos una higa, pero los medios se encargan de convertir ese gesto en noticia, haciendo depender la política de esa clase de menudencias. En este punto no nos hemos alejado mucho ni de la lucecita de El Pardo, ni de las intrigas palaciegas anteriores al 2 de mayo que ahora conmemoramos. Que el Rey o la Reina cambiaran de pañuelo era gesto capaz de provocar insomnios en la corte.

Nuestros partidos son tan débiles que una pequeña pandillita puede sentirse tentada a hacer el partido a su imagen y semejanza. Como se ha visto recientemente con el caso del PSOE, el electorado premia con generosidad esa clase de jibarizaciones, porque muchos electores lo posponen todo al éxito de los que tiene por suyos. Se trata de una constatación que resulta desoladora, pero los optimistas tenemos que pensar que la reducción de la política a un marketing gestual, y la sustitución de las funciones esenciales de los partidos por la lealtad inquebrantable de un grupito de hooligans, ha de tener por fuerza las alas cortas.

El PP está pasando por una crisis que puede parecer de personas pero que, con toda seguridad, es de más profundo calado. Hay que esperar que quien se haya podido sentir prisionero no se dedique a fabricar una celda de menores proporciones que la que le ahogaba, y evite la tentación de crear un partido nuevo a su imagen y semejanza.

*José Luis González Quirós es analista político.

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Opiniones de los lectores (5)

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5. usuario registrado borondes08/05/2008, 17:01 h.

Rajoy está todavía a tiempo de acabar con todo esto si decide retomar la iniciativa, hacer un congreso abierto, renuncia a los avales para que pueda presentarse quién quiera y hace que el partido se ponga a hablar abiertamente de lo que le ha impedido derrotar a ZP y deja de hablar de personajillos de quinta fila, de si se saludan o no. ¡Grandeza Rajoy, grandeza!

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4. usuario registrado Martes Carnaval08/05/2008, 16:43 h.

Querido José Luis:

En el paso de un político de la nómina del partido o del Estado a la de una empresa privada hay algo de bueno y algo de malo. De bueno, que nuestro hombre ha superado el encorsetamiento de la profesionalización política. De malo, que esa oportunidad de acceder a un puesto en la sociedad civil es probable que se deba más a su productivo poder de decisión en el pasado y a su previsible influencia social en el futuro que a sus méritos y capacidades.

Que hay que trascender de esta danza del miriñaque que con tanto acierto retratas, ¡qué duda cabe!

Que la política debería ser otra cosa que esta pseudocrónica rosa. Pues sí

Que cuanto más personalicemos la política más la estamos empequeñeciendo. Así es.

Pero no se olvide que como en los programas basura de la televisión, aquí funciona una ley de la oferta y la demanda. Los periodistas hacen este tipo de crónicas porque venden. Y la audiencia los compra porque, como en el caso de la vida de los famosos, envidia el glamour de los políticos o se reconforta con su desgracia. Son vidas que se viven vicariamente con el deseo y la envidia, en unos casos, o con la conformidad y apego a lo que se tiene, en otros.

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3. andaluz perplejo08/05/2008, 14:26 h.

Cuán de acuerdo sigo estando con usted, cuyos artículos siempre leo con interés. Da usted un enfoque sociológico a la vida politica que le diferencia del ya habitual oportunismo y sensacionalismo que vemos en los medios y en muchos periodistas. Es usted más optimista que yo, sin embargo. Cuando el nivel medio cultural, de análisis y de reacción sensata en nuestra sociedad son cada vez más bajos, no veo como pueden nuestros politicos interesarse en profundizar en nuestros problemas, en lugar de intentar minimizarlos, y afrontar soluciones serias y duraderas. Aquí se gestiona la imagen por encima de todo, aunque haya que maquillar, ocultar, torcer, mentir o anticiparse imputando al adversario nuestras propias torpezas, en un intento de quedar vacunado contra las críticas.Espero evolucionemos

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2. usuario registrado anonimo5208/05/2008, 12:01 h.

Estoy de acuerdo en todo.

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1. usuario registrado FernandoFF08/05/2008, 09:34 h.

Hay un sector del periodismo en España que lleva ejerciendo ese intento de acoso al poder desde que hubo visos de libertad de prensa.

Otros que se subieron después al carro ya entraron pensando que al ejercer "la libertad de prensa" ya vale todo. De allí mi insistencia sobre la necesidad de infundir ética profesional en el periodismo.

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