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EL EROTICÓN

Modelos de conducta erótica (III): el experto sexual

conducta erótica

@María Victoria Ramírez* - 22/04/2008

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En artículos anteriores, estuvimos viendo algunos de los modelos de conducta erótica que regían o rigen el comportamiento de la sociedad española en épocas pasadas pero relativamente recientes, siguiendo los modelos propuestos por Josep Vicent Marqués. Nos quedamos comentando el modelo capitalista-permisivo, dominante en la actualidad en nuestro país, por lo que se refiere al papel de la mujer en el mismo. Pero ¿qué supone para el varón el modelo capitalista-permisivo, y el papel de “experto” y “director” del encuentro erótico que se el asigna en el mismo? ¿Qué ventajas e inconvenientes presenta?

El papel del hombre en este modelo actual de conducta erótica tampoco es agradable. Si la mujer debe adoptar un rol pasivo, y llega a las relaciones coitales, o genitales en general, desconociendo en muchos casos su erotismo más genital, el hombre en teoría debe adoptar el rol complementario: él es el experto, el que sabe cómo y dónde y de qué forma debe hacerse todo, el que debe dirigir el encuentro erótico.

Es importante señalar que se considera al hombre el experto en el encuentro erótico (principalmente en los encuentros genitales o coitales) y, sin embargo, no por ello se le informa adecuadamente. Los hombres tienen tan poca información sobre la sexualidad como las mujeres, o menos. Todo lo más, tienen más acceso a la pornografía (que está llena de mitos e ideas erróneas).

La responsabilidad del hombre en los encuentros genitales (o coitales) es muy grande. De él, de su supuesta pericia o supuesto dominio de “las técnicas sexuales”, depende su propio placer y el placer de su compañera. La responsabilidad del placer de ambos recae, por tanto, en el varón. Si ella no disfruta y no tiene orgasmos, será que “él no se lo monta bien”.

Estas presiones por lograr el preciado orgasmo femenino con la pericia del varón se centran sobre todo en su habilidad en la que se considera la técnica erótica por excelencia: el coito, por supuesto. En el modelo actual se considera que las demás técnicas giran en torno al coito. Por ejemplo, las caricias se conocen popularmente como preliminares (si se practican caricias, tienen el objeto de preparar para el coito, y por lo tanto son caricias preliminares, es decir, finalistas).

La masturbación manual, la masturbación oral, las caricias sin coito, el petting… se consideran técnicas inmaduras o sustitutivas cuando no se puede practicar el coito. Se consideran menos importantes que el coito, “sexo de segunda categoría”.

Se considera que la erótica tiene que ver con el coito, y con los genitales, principalmente. Todas aquellas técnicas que no incluyan los genitales (como las caricias, los masajes sensuales) se consideran inmaduras, o preparatorias para “el sexo de verdad” (el que atañe a los genitales). Con ello, se menosprecia o hace invisible el placer que puedan procurar los encuentros eróticos no genitales.

Si el varón debe demostrar su pericia, principalmente en el coito, una enorme parte de la “responsabilidad” del encuentro erótico depende de su preciado pene, y el “comportamiento” que tenga el mismo en el encuentro coital, comportamiento que se mide en tres parámetros que centran las preocupaciones del personal masculino en la actualidad: el tamaño de su pene, la dureza de su pene en erección, y el tiempo que “aguante” su pene sin eyacular. Se supone (erróneamente) que cuanto mayor se el tamaño, la dureza y el tiempo que aguante el pene, mayor será el placer femenino.

En estas creencias sobre el placer femenino, la responsabilidad del varón y los criterios que lograrán (en teoría) un mayor goce en la mujer, no tienen en cuenta que la zona más sensible en el cuerpo de la mujer es el glande del clítoris, y que éste se encuentra fuera de la vagina; por lo tanto por muy grande y duro que sea un pene, y por mucho tiempo que tarde el hombre en eyacular, el placer femenino no tiene por qué ser mayor. También estas ideas ignoran el hecho de que gran parte del placer de la sexualidad humana puede proceder de encuentros en los que no intervengan los genitales (toda la gama de caricias).

Como consecuencia de estas creencias, las parejas que hacen todo lo que se supone que hay que hacer, y no logran los resultados apetecidos (orgasmo de ambos), se frustran y buscan un culpable.

Debido a este modelo, se considera que si la mujer no tiene orgasmos en el coito es “culpa” del hombre (pensando que se debe a su falta de experiencia, pericia, o al tamaño de su pene…). Esto suele generar complejos e inseguridades en el varón que pueden devenir en una disfunción erótica.

Lo cierto es que el problema en la mayoría de los casos no es el varón o su pene, sino la concepción del coito como “plato único”. Si el menú erótico se ampliara a “más platos”, la mayoría de las mujeres (y hombres) posiblemente disfrutarían mucho más de los encuentros (genitales y no genitales).

El modelo actual de conducta erótica tiene como aspecto positivo el reconocimiento de la erótica de la mujer (se considera que la mujer “también tiene sexualidad” y puede disfrutar de la misma).

Como aspecto negativo, se considera que dicha erótica depende de la pericia del varón, y que el goce de ambos debe conseguirse principalmente a través del coito. Ello ha propiciado que el número de varones con dificultades erectivas, preocupaciones por el control de su eyaculación, y falta de deseo, se dispare en la actualidad. Los varones, hoy en día, miden su pene miden el tiempo que tardan en eyacular, comprueban si la dureza de su pene es suficiente y, en general, muestran una gran preocupación por todos los temas relativos a su supuesto “rendimiento” en el coito, de tal forma que muchos de ellos van a las relaciones coitales como quien va a una oposición, tan ansiosos que no disfrutan.

Este modelo, desde luego, tiene mucho que mejorar. Todo sería más sencillo si mujeres y hombres aprendieran a intercambiar papeles activos y pasivos en los encuentros, si concibieran la erótica como un menú con muchos platos (donde el coito es sólo uno de los muchos platos posibles), si el encuentro fuera considerado un espacio de juego y no de competición o “prueba”, y si las relaciones eróticas fueran concebidas como un paseo (en el que no tenemos que “terminar en ningún lado”). Y, por cierto, ingredientes como la confianza, la ternura y los afectos, suelen mejorar el sabor de “los platos”.

*María Victoria Ramírez es psicóloga y sexóloga.

Asociación www.lasexologia.com

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