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OPINIÓN
SIN ENMIENDA ,  Juan Carlos Escudier

Llamazares quiere quedarse al entierro

BIOGRAFÍA

Dice Ambrose Bierce que el reportero es un escritor que, con suposiciones, se abre camino hasta la verdad para dilapidarla seguidamente con una tempestad de palabras. Dilapidando verdades y palabras llevo más de 20 años. Nací en Diario 16; crecí en El Mundo y me licencié en este Confidencial. He sido corresponsal político de 20 Minutos en este siglo XXI adC (antes de la crisis). Comparto este Sin Enmienda con una columna diaria en Público. Si conocen un trabajo respetable, háganmelo saber.

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Juan Carlos Escudier - 20/03/2008

No contento con la jibarización a la que ha sometido a su partido, Gaspar Llamazares ha dicho que su intención es ocupar el único escaño obtenido por IU, porque una cosa es asumir responsabilidades por el desastre y otra muy distinta irse como un egipcio, esto es, con una mano delante y la otra detrás. Está visto que a Supergaspi no le llama eso de volver a ejercer la medicina de familia y que, ya puestos, prefiere quedarse a certificar la muerte de IU y a hacerle después la autopsia si es que siguen pagando.

Argumenta el asturiano que como IU y los catalanes de Iniciativa han obtenido cerca de un millón de votos, a él le corresponden, al menos, medio millón y que irse sin más sería hacer un feo y de los gordos a sus electores. La culpa, según afirma, no ha sido suya sino del voto útil –algo que, al parecer, Zapatero se ha inventado este año para fastidiarle y que antes no existía- y de una ley electoral que, siendo verdad que se ensaña con IU, es la misma que tenía Anguita cuando especulaba con el sorpasso para desbancar al PSOE. En definitiva, que lo siente mucho pero que no le hablen de dejar el acta de diputado, no vaya a ser que quien le sustituya no se haga con el sistema de votación.

IU lleva tanto tiempo jugueteando con el suicidio que todo el mundo ha aceptado como mal menor esta muerte lenta a la que Llamazares ha conducido a la organización en los últimos años. Lo normal hubiera sido que, tras la debacle de 2004, donde IU desapareció del mapa salvo en Madrid y Valencia y sólo logró grupo parlamentario tras retorcer como una bayeta el reglamento del Congreso, se hubiera propiciado una reformulación del proyecto con la que alumbrar nuevas ideas y nuevos dirigentes.

En vez de eso, se optó por el seguidismo al PSOE, un papel en el que Llamazares se ha sentido especialmente cómodo, bien porque Zapatero le cae simpático y le gusta ir a Moncloa a tomar café con pastas, bien porque creyó con infinita ingenuidad que podía convencer a los votantes de que era él, el increíble Supergaspi y sus superpoderes, el que hacía virar a la izquierda el timón del Gobierno socialista.

La estrategia era descabellada porque, como se demostró, Zapatero utilizó el báculo de IU y el de Esquerra cuando le convino y cuando las cosas se pusieron feas echó mano del PNV y de CiU, que quien controla la caja tiene un tesoro. Si ha habido alguien que con más ardor ha demonizado a la derecha y ha extendido el miedo a que los sucesores de Aznar volvieran al Gobierno ha sido Llamazares, el mismo que ahora se queja del voto útil y del bipartidismo feroz.

Política semejante no podía sino generar indescriptibles tensiones internas en una organización que si por algo se ha distinguido es por su exacerbada querencia a la autodestrucción. IU comenzó siendo la casa común de la izquierda y ha terminado por expulsar con cajas destempladas a todos sus inquilinos. Ni el PCE se ha salvado del desahucio. Si en el proyecto estaba de más la Izquierda Socialista de Pablo Castellano y Alonso Puerta, si lo mejor que podían hacer los de Nueva Izquierda era irse al PSOE –que lo hicieron- y si hasta los comunistas sobran, ¿quién demonios vive ahí dentro?

Basta con repasar las hemerotecas para confirmar que, en efecto, el piso estaba vacío o era Llamazares quien abría permanentemente la puerta. De todo entendía este hombre. Si había que formar parte de la comisión del 11-M, allí estaba él; si había que comentar las cifras del paro, quién mejor que el coordinador; si se trataba de hablar de política exterior, defensa, sanidad, justicia, educación, memoria histórica, trasvases, malas cosechas o de la liga de balonmano, siempre resonaba su voz. Sólo él y Eddie Murphy habrían podido acumular tantos papeles en una misma película.

De lo único que tuvo consciencia fue de sus propias limitaciones electorales. Y así, durante un tiempo, Llamazares trató de convencer a la alcaldesa de Córdoba de que pusiera su cara en los carteles pero Rosa Aguilar, a la que Zapatero le tiene prometido el oro y el moro y de tonta no tiene un pelo, le dijo que se buscara otro voluntario para el trasplante. Pretendía el carismático líder que la edil le sacara la castañas del fuego o, en el peor de los casos, que se arrojara al precipicio en su lugar, mientras él conservaba el cargo de coordinador general, por si podía seguir unos años más ordeñando la vaca.

Persiguiendo a esa vaca cada vez más escuálida, transigió con todo, incluida la aberración de un pacto contra natura en el País Vasco o la humillación de ser medio portavoz en el Congreso porque de la otra mitad ya se ocupaba Iniciativa. Se representaba así la ficción de que IU existía en Euskadi y en Cataluña cuando la realidad es que allí ya no está, y lo que es peor, tampoco se la espera.

El remate final ha sido una campaña surrealista que, para desconcierto general, ha consistido en permanentes ataques al PSOE al tiempo que se exigían puestos en el futuro consejo de ministros. El análisis de Llamazares sobre la situación en la que queda IU, asfixiada por las deudas y abocada a una dramática regulación de empleo, es casi de psiquiatra. Dice que no está débil. Acabáramos.

Quizás haya alguna oportunidad para un partido a la izquierda del PSOE, que enarbole valores no tangibles como el radicalismo y la utopía; quizás no esté todo perdido. Se podría llegar, incluso, a ser optimista acerca de la supervivencia de IU si Llamazares, que es incapaz de dejar las cosas a medias, no se hubiera empeñado en asistir a su entierro.

 

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