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EEUU en guerra: más muertos por suicidio que en combate

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EEUU en guerra: más muertos por suicidio que en combate

Soldados estadounidenses durante una operación de registro en el barrio Mansour de Bagdad (Efe).

A. Martínez.- 19/03/2008 10:47h

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Cinco años han transcurrido desde que el Gobierno de George W. Bush lanzó la invasión de Iraq. Medios y analistas han plasmado los ataques contra las tropas de ocupación y la violencia sectaria que asola al país. Sin embargo, salvo contadas excepciones, han pasado por alto otra de las consecuencias de la guerra: la alarmante cifra de suicidios entre militares norteamericanos. La cadena CBS desveló recientemente que sólo en el año 2005 se suicidaron más de 6.250 veteranos de guerra estadounidenses, cifra que supera las bajas en combate desde el comienzo de la invasión. Los estudios advierten del creciente número de soldados que padecen problemas mentales en un Ejército presionado por los múltiples despliegues, los bajos índices de reclutamiento y la falta de reemplazos. Según el Gobierno de EEUU, más de 100.000 militares reciben tratamiento por problemas de salud mental, la mayoría por trastorno de estrés postraumático (PTSD), una dolencia tan vieja como la guerra que hasta Vietnam se denominó ‘fatiga de combate’. Dos de ellos han contado sus experiencias a este diario. Esta es su historia.

El despliegue

Joe Wheeler no podía augurar la ‘guerra contra el terrorismo’ cuando entró en la oficina de alistamiento. Corría el año 2000, aún faltaban meses para los atentados del 11 de septiembre y Estados Unidos había vivido una década de relativa paz. En realidad, sólo pensaba en obtener un crédito para continuar sus estudios. Procedía de una familia pobre, de seis hermanos, y aunque trabajó durante su período universitario, sus deudas tras graduarse ascendían a 50.000 dólares. “Estaba en una situación desesperada y nunca pensé que iría a la guerra”. Unos meses después de alistarse las Torres Gemelas cayeron.

Los atentados del 11-S acabaron con sus planes de pasar unos años en una base militar en EEUU para, después, continuar con su vida. Cuando fue movilizado estaba estudiando un master en gestión de empresas para obtener un puesto en la dirección de alguna compañía local. Su mujer acababa de quedarse embarazada. Sin embargo, mientras Wheeler entrenaba en el cuerpo sanitario, los combates se intensificaban en Iraq y la inquietud crecía entre los militares que esperaban en sus bases el momento del despliegue. Ahora cree que la constante ansiedad y el insomnio que sufrió durante esos meses fueron el germen del trastorno que desarrollaría al regresar de la guerra.

En octubre de 2002, poco antes del nacimiento de su hija y de obtener su licenciatura superior, recibió la orden de despliegue. Pensó en desertar, huir a México o Canadá, pero desechó la idea por las consecuencias que tendría para su familia. Así que fue enviado junto con su unidad a Tikrit, al norte de Iraq, a una base repleta de equipos tecnológicos, miembros de intendencia y sanitarios, pero con un número muy escaso de tropas de combate. “Temíamos que si alguien se quedaba dormido durante la guardia o atacaban un convoy, la ausencia de defensa significaría una muerte inevitable”. En el siguiente destino de Wheeler, una base avanzada en Bakuba, las tropas sufrían regularmente ataques con morteros. Los insurgentes apuntaban a las instalaciones que se utilizaban como comedor, matando o hiriendo gravemente a los soldados mientras comían.

Además de la crueldad de la guerra, la sangre y los heridos, Wheeler recuerda con horror la transformación psicológica de aquellos que le rodeaban. Soldados que mataban sin razón alguna y oficiales que abusaban irracionalmente de su poder. “En una ocasión un sargento mayor me ordenó, junto con otros treinta soldados, organizar un peligroso convoy hasta otra base, exponiéndonos a todos a un serio riesgo de ataque. ¿La misión? El oficial quería una cerveza. Sin alcohol”.

Dos años para conseguir un tratamiento

“Creo que el Gobierno no está haciendo mucho para combatir el trastorno de estrés postraumático. Yo busqué ayuda pero descubrí que el sistema es tan frustrante que no sirve para nada”, dice. Los escasos recursos de salud mental que proporciona el Pentágono –que redujo un 25% los fondos para el Departamento de Veteranos entre 1997 y 2004-, la extensa duración de las guerras de Iraq y Afganistán y la falta de reemplazos se han convertido en una bomba de relojería. Una investigación del diario The Hartfourd Courant ha desvelado que algunos militares son enviados de nuevo al combate después de haber sido diagnosticados con estrés traumático, extremo que reconoció la coronel Elizabeth Ritchie, la más importante especialista en salud mental del Ejército de EEUU. Mientras, en 2007 la cifra de suicidios de militares que suministra el Pentágono –que sólo cuenta las tropas “en actividad”- alcanzó su récord desde la Guerra del Golfo.

La semana en que Wheeler regresó a casa su hija anduvo por primera vez. “Nunca llegue a verla gatear”, lamenta. Su mujer no tardó en descubrir los profundos cambios que había sufrido. Estaba irritable y paranoico. Le costaba mantener un trabajo. Se despertaba por la noche en medio de atroces pesadillas y sufría alucinaciones. Unos meses después de su regreso, comenzó su proceso de divorcio. Con todo, Wheeler tardó dos años en conseguir una declaración de “invalidez” para que el coste de su tratamiento corriese a cargo del Departamento de Veteranos. “Es difícil hacer progresos, los terapeutas cambian cada tres o cuatro meses”, dice. Sin embargo, continúa con su tratamiento porque cree que las drogas que le suministran en conjunción con la terapia le ayudan.

Otro veterano de Iraq con trastorno de estrés postraumático, Samuel Lynch, tuvo que superar los mismos obstáculos burocráticos para recibir terapia en un hospital del Departamento de Veteranos y considera que esas dificultades son una parte decisiva del problema. “La gente habla del PTSD en el contexto de una lista de síntomas. Pero algunos terapeutas lo ven como algo más profundo y lo abordan desde una perspectiva existencialista, como un daño moral. La idea es que el soldado se siente traicionado. Siente que sus superiores no se ocupan de él (al no tener suficientes suministros y ser utilizado por los oficiales), siente que los políticos no se preocupan de él (nos ponen en peligro mientras ellos se quedan en casa), que la sociedad no se preocupa de él, que sus seres queridos no le entienden. Esto puede llevar a una falta de confianza, a un aumento de la ansiedad, a retraerse de las emociones. Creo que esto es lo que ha pasado”.

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Opiniones de los lectores (41)

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41. usuario registrado chano roma19/03/2008, 21:37 h.

Destacaría también el proceso de desmilitarización vocacional y militarización profesional de USA, donde a base de campañas publicitarias de reclutamiento te prometen el oro y el moro (osea, estabilidad económica y atención sanitaria, ambas jodidas en USA hoy) pero no te dicen, ojo, que igual mañana te mandamos a una guerra que solo convence a los que no están allí.
Supongo que si fuera una guerra de "Gran Motivo" se ocuparían más de ellos, pero como es lo que es, que ni se sabe para qué, con esta sensación de chapuza continua...
Me gustaría saber las motivaciones que les dan a los militares que están allí, motivaciones como las que tenían en el desembarco de Normandía, donde desde el primero hasta el último tenía claro lo positivo que sería... en ésta parece que el único que lo tiene claro es el primero (bueno y su miniyo pucelano) y que los que están en el meollo se sienten marionetas, pues no perciben esa Motivación. Es decir, estamos aquí pa´qué? jugandonos la vida, con hijos que no vemos crecer, matando sin conocer delito, quejándonos de que se defiendan y que nos miren con desprecio, nuestras razones no os parecen justas? vaya nuestras razones que ni nosotros conocemos.

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40. usuario registrado PUK19/03/2008, 20:33 h.

(34) Prefería pensar ¡ay! que eras un pacifista selectivo...

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39. usuario registrado Gómez19/03/2008, 20:17 h.

A 500 en el 36. El del bigote, es el ÚNICO jefe de gobierno que se ha permitido poner los pies encima de una mesa del Presidente de los Estados Unidos. Se de uno que lleva cuatro años babeando para poder reunirse con dicho Presidente sin conseguirlo. La diferencia es notoria. ¿Por qué será?

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38. usuario registrado Gómez19/03/2008, 20:13 h.

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37. usuario registrado PUK19/03/2008, 19:58 h.

(33)Lo que digo es que las guerras siempre son impopulares. Ahora,a toro pasado, todo se ve muy claro, pero en la 2ª Guerra Mundial,el que tenía el apoyo de la gente era Chamberlain que era el pacifista que consigió "un papel" firmado por Hitler; el antipático, el odioso, era el gordo, el del puro, que quería llevar a los hijos de Gran Bretaña al matadero... Pero Churchil tenía razón.
(34)Yo no hablaré, porque no lo sé, sobre lo que se siente o deja de sentir en una guerra, como haces tú con tanta autoridad ¡Debes haber participado en muchas! Pero para mí una persona que habla como tú de la desgracia de esta gente es un mal bicho.

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