Dos buenas razones para ver 'Fama'
@Nacho Gay - 28/02/2008

Un servidor, ante todo buena persona, también desea, como Rajoy, que “la niña que nace en España tenga una familia, una vivienda y unos padres con trabajo”. Faltaría más. Todavía se me saltan las lágrimas cuando recuerdo tan emotivas palabras. Tolón. Tolón. Una familia, una vivienda y una PlayStation, a poder ser. O cualquier otra cosa -incluso nociva- que le impida ver la 'tele' en campaña. Traumas los justos.
Encuentro una sola alternativa televisiva para semejante atracón de política: Fama, ese programa de bailongueo chungo que emite Cuatro a la hora de la siesta. Vaya por delante que a mí este reality me parece una excusa como otra cualquiera para exprimir al máximo el lagrimal de ese núcleo urbano de chavales imberbes que llevan encima semejante pavo que aún son capaces de creer que los sueños se hacen realidad de un día para otro.
Ese mensaje, por cierto, tan pragmático y jovial como simplista y peligroso, es el mismo del que viven todos los realities primos hermanos de esta versión buenrollista y discotequera de la famosa serie televisiva de los años ochenta. Y sí, podría seguir por esta senda hasta destrozar con argumentos de peso el espacio que tan bien presenta una desconocida Paula Vázquez, pero no lo voy a hacer. Una desconocida Paula Vázquez, digo, no tanto por las sucesivas sesiones de botox que se ha ido metiendo para el cuerpo, como por la ilusión desmedida, la pasión y las ganas que le pone a este trabajo.
Fama tiene algo. Algo que tiene loca a su presentadora. Algo que sobrevive a los latigazos que, como buen crítico, me pego en la espalda para que este formato, o cualquiera que se le parezca, me deje de gustar. Algo que no sé muy bien lo que es, pero que me empuja a ver de cuando en cuando dicho programa. Se me ocurren, si acaso, un par de razones para que ustedes echen un baile con estos chavales. Dos razones que nada tienen que ver, por cierto, con el voluminoso pechamen que posee una de las profesoras de la academia y que tanto, tanto, tanto le gusta al realizador del espacio. El pobre, si por él fuera, viviría permanentemente instalado entre una y otra bondad pectoral.
Dos razones, dos:
La primera: Este no es el típico concurso de vagos y maleantes, de chupópteros dispuestos a vivir toda la vida del cuento y a darnos las mañanas, las tardes y las noches con sus nauseabundos testimonios en programas trasnochados que presentan divas del pollo y en los que a buen seguro participa también una manada de ilustres teóricos del petardeo.
La segunda: Fama es, además, un programa blanco que vende ilusión y entretenimiento sin pretender joderle la vida a nadie. Y eso es algo que en la televisión actual cabe calificar casi de quimera.
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