CULTURA Y PODER
Las élites, sus hijos y el gobierno
@Esteban Hernández.- - 27/02/2008

“No es una cuestión de buenos y malos, ni siquiera de ambición, sino de que, si se quiere estar en las élites, necesariamente se ha de competir por tener más poder que los demás”. Según Ferrán Izquierdo, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Autónoma de Barcelona, ex concejal en Sabadell y autor de Poder y felicidad (ed. La Catarata) si se quieren entender las decisiones que toman las élites no debemos fijarnos en factores como su coherencia, la repercusión social o incluso los beneficios económicos que produzcan. Lo esencial “es siempre la competición entre ellas”.
El profesor de la UAB llegó, a través de sus experiencias políticas y personales, a la conclusión de que vivimos en un sistema cuyos enfrentamientos no provienen de problemas materiales o culturales sino de la pelea entre las élites por ganar un poco más o llegar un poco más lejos que sus oponentes. Y eso, a pequeña y a gran escala, “en cualquier ámbito de relación jerarquizada”, en el terreno municipal y en el internacional, en las empresas financieras y en las inmobiliarias. Y en los partidos políticos: “El miembro del comité ejecutivo de un partido tendrá que competir para asegurar su posición y eliminar las opciones que tengan los demás. Eso, que raramente trasciende al exterior, se ha podido apreciar ahora con las tensiones internas dentro del PP; también lo vimos en el PSOE en las primarias que ganó Borrell, cuando todo el aparato del partido peleaba en su contra”.
Para Izquierdo, se trata de dinámicas comunes a toda clase de organizaciones, en la medida en que es el sistema el que genera las respuestas: “cualquiera que esté situado en esas posiciones, aunque sea una bellísima persona, tendrá que hacer lo mismo si no quiere desaparecer de la élite”. Eso no significa que, por ejemplo en política, no se puedan sostener otra clase de posturas, más coherentes y con intenciones más honestas: “en un partido pequeño puedes mantener un discurso que no esté construido desde esos factores, pero no llegas a conseguir el poder”. Si no mantienes la acumulación de poder como prioridad, según Izquierdo, “llegará otro competidor y te echará”. Lo que, en su opinión, “nos permite ver la proximidad del sistema comunista que imperó en los países del este y el capitalismo occidental. Sus élites persiguen lo mismo, lo único que cambian son las herramientas: unos acumulaban partido y Estado, otros capital y Estado”.
Abunda Izquierdo en esta comparación, que puede resultar chocante “sólo si reparamos en los elementos accesorios. Lo que importa en los dos sistemas es la acumulación de poder. En el caso de la URSS fue muy claro, con un grado de concentración muy elevado que, en algún caso, como el de Stalin, sólo tuvo parangón en la historia con los imperios mongoles”. Pero los EEUU, en su opinión, tampoco andan muy lejos, ya que “son terriblemente oligopólicos. Desde la segunda guerra mundial hasta la actualidad, las élites norteamericanas no han hecho más que concentrar poder en un grupo muy reducido de personas”. Y Europa, aunque se trata de un caso diferente -“aquí hay algunas garantías tendentes a repartir el poder puestas en marcha tras 1945”- está en camino de llegar a una situación similar. “Hoy estamos sufriendo una dinámica contraria a la diversificación del poder a causa de esta competición entre las élites”.
Directivos, poder y accionistas
Y esta tendencia, según Izquierdo, se extiende a toda clase de terrenos. También a los económicos: “Si nos fijamos en los motivos por los que se adoptan determinadas decisiones en una empresa, nos daremos cuenta de que para el consejo directivo el objetivo principal no son los beneficios de los accionistas sino conseguir el mayor poder posible. A veces pueden compatibilizar ambos propósitos, pero cuando no es factible, la prioridad será siempre acumular más poder en las pocas manos que toman las decisiones”.
Tampoco el ámbito internacional queda libre de esta suerte de reyertas internas. Así, según Izquierdo, el momento actual del conflicto palestino-israelí sería perfectamente explicable desde esta perspectiva. “La ocupación de Palestina se mantiene a causa de la competición entre las élites israelíes. Una parte de ellas gana mucho en términos de poder con el discurso del gran Israel, lo que se traduce en mayores presupuestos militares y en un número creciente de votos para los partidos que lo defienden. Hay que tener en cuenta que Israel es un territorio similar a Cataluña. Y que un Estado de esas dimensiones sea una de las mayores potencias armamentísticas sólo es justificable por el conflicto”. Dentro de ese tablero de juego, “los palestinos no son más que una pieza, sin capacidad real de influir en la partida”.
Las consecuencias de estos enfrentamientos entre las élites por llevarse un poco más de poder que sus contrincantes son enormes, según Izquierdo, ya que “a pesar de enfrentarnos a peligros reconocidos y de saber cómo darles respuesta, nos quedamos anclados en una capacidad de reacción mínima porque quienes toman las decisiones están mucho más pendientes de su competición interna que de solucionar los problemas comunes. El cambio climático es un buen ejemplo”.
Y esta tendencia no parece ir a menos con el paso del tiempo, Más bien al contrario, tiende a perpetuarse. Y más aún cuando muchos de quienes se hallan en puestos de responsabilidad (sociales, económicos o políticos) son los hijos de quienes detentaron el poder en el pasado reciente. “Cuando más concentrado está el poder –asegura Izquierdo- más importante se vuelve el recurso a la herencia. En España es muy claro, por ejemplo en las élites económicas, e incluso en las políticas, pero ocurre en todas partes. No hay más fijarse en EEUU, con un presidente que es hijo de otro presidente o una aspirante que es mujer de otro presidente. Y si miramos el mundo árabe, se hace evidentísimo: en las élites políticas de Siria, Egipto, Líbano, incluso ahora en Pakistán con los herederos de Bhutto, se juega repetidamente la baza del parentesco”. Aunque eso sí, “no es el único recurso que utilizan las élites para perpetuarse. En las pasadas elecciones presidenciales estadounidenses teníamos dos competidores que habían sido miembros de un club hiperexclusivo de las universidades norteamericanas”.
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