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Creer para ver: la fuerza sobrenatural del amor

Creer para ver: la fuerza sobrenatural del amor

María Pankratz y Cornelio Wall Fehr con unos personajes inundados por un intenso amor.

@María José S. Mayo - 22/02/2008

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LUZ SILENCIOSA


Director y guionista: Carlos Reygadas.
Fotografía: Alexis Zabé.
Intérpretes: Cornelio Wall Fehr, Miriam Toews, María Pankratz y Peter Wall, entre otros.
www.golem.es/luzsilenciosa

El impacto de las imágenes de la película que le dio a conocer internacionalmente Batalla en el cielo, un experimento fílmico sobre el poder salvador del sexo, no terminó de ir más allá de su erotismo desgarrador y alguna que otra secuencia de una contundencia brutal. No obstante a su director, Carlos Reygadas, se le notaba una acusada voluntad de estilo que con Luz silenciosa definitivamente termina de expandirse. Su interés en seguir las máximas del neorrealismo, utilizando actores no profesionales y prescindiendo del maquillaje, se desarrolla aquí a través de un estilo formalmente conservador en un trabajo pensado como homenaje Dreyer y Tarkovski -ahí es nada-.

La cinta, que fue recibida en Cannes con una ovación de siete minutos que se vio refrendada con el Premio del Jurado, desarrolla una historia circular sobre un adulterio en una familia de menonitas de México. Lo hace con una placidez que le ha procurado no pocos detractores que la ven muy lenta y vacía de contenido. Surgen, además, dudas de que haya algo más allá que un homenaje o, directamente, un remake conceptual de Ordet (La palabra), la gran obra maestra de Dreyer, pues como en ella, los protagonistas son devotos seguidores del protestantismo y su gran golpe final es un milagro que rodado de manera muy parecida. Pero Reygadas, no obstante, aporta algo más, porque de tan sinestésico título, sale gran parte de la esencia que guía la película: no es de la palabra cargada de fe, como en Ordet, de la que surge el milagro, sino del silencio en el que la luz cobra toda la importancia. La luz cuya presencia y ausencia -esos absorbentes y magistrales planos del amanecer al comienzo y del atardecer al final- es el desencadenante del ciclo de la vida alterada solo por el poder sobrenatural del amor, capaz de milagros inimaginables. Todo ello mostrado de una manera transgresora con la que parece decirnos: "esta es mi película y por eso me doy el capricho de hacerla de esta manera". Encontramos este sentimiento en ese plano de varios minutos en el que muestra a Jacques Brel cantando la divertida canción 'Les bonbons 67' o en el gesto que posibilita el milagro, realmente llamativo -y que evitaremos destripar aquí-.

Reygadas ha hecho una apuesta arriesgada, como sólo las obras más personales lo son, y eso conlleva que las opiniones estén condenadas a situarse en dos sectores totalmente opuestos: los que se sienten fascinados por ella y los que la odian. Si bien la película es de las que pide un gran esfuerzo de implicación por parte del espectador, lo cierto es que su especial sensibilidad conectará solo con una parte del patio de butacas. A quién esto escribe, este ejercicio artístico le atrapó haciendo que incluso la lentitud fuese un motivo de gozo por la oportunidad de paladear cada momento en que se detiene: El amanecer, el desayuno, el baño, el atardecer; pero sobre todo quedarse atrapado por escenas tan contundentes como la de la lluvia o ese plano del larguísimo beso de los amantes. Si el poder del cine es su capacidad de crear momentos realmente imborrables, esta película lo consigue. Solamente le faltaría un mejor remate de la faena con una mayor unidad de intencionalidades, una mayor contundencia en su subtexto, huidizo y sin contundencia. De esa forma conseguiría ser esa obra maestra que Reygadas parece buscar con fiereza y que no termina de conseguir. Muchos estaremos encantados de que lo siga intentando.

LO MEJOR: La naturalidad de todos sus intérpretes y sus fascinantes paisajes.

LO PEOR: Que de la sensación de que todo es una excusa para darse el gusto de rendir tributo a Ordet.

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