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DOS PALABRAS

Tensión y dramatismo

@Federico Quevedo - 16/02/2008

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Dicen quienes de esto saben, porque llevan muchos años siguiendo la actualidad política, desde la Transición, que desde aquella campaña electoral de 1982, en la que la izquierda denigró a Adolfo Suárez hasta extremos casi humillantes, no ha vuelto a haber una campaña tan dura y tan difícil. Lo más próximo a esos niveles de agresividad se dio en la campaña de 1996, cuando el PSOE vio que perdía el poder y se aferró al único clavo al que podía agarrarse: el discurso del miedo a la derecha. Fue cuando se les ocurrió aquel famoso video de los dóberman, que abrió paso a un modelo de campaña distinto que ahora se ha generalizado con la universalización del acceso a internet de banda ancha. No le salió mal la estrategia al partido de González, pues lo que iba a ser una derrota sin paliativos para el PSOE acabó en una estrecha victoria para el PP que incluso hizo soñar a González con una nueva legislatura de la mano de los nacionalistas. Por suerte no fue así y el PP ofreció a la democracia una de sus legislaturas más fructíferas. La segunda ya no lo fue tanto.

Pero en el 96, a pesar de los dóberman y del discurso del miedo a la derecha, no se registró ni una décima parte del nivel de agresividad que la izquierda desplegó en el 82. Hasta ahora. La campaña de las elecciones del próximo 9 de marzo está siendo, sin duda, la más violenta desde el punto de vista de la agresividad hacia la derecha democrática que hayamos visto nunca y que, probablemente, vayamos a volver a vivir en muchos años, sobre todo a medida que avancen las generaciones y la referencia a la dictadura se pierda en la noche de los tiempos. Es verdad, voy a insistir en algo de lo que ya he escrito esta semana, pero, que quieren, este ha sido, sin duda, el elemento clave de la semana política que termina y, seguramente, va a marcar los próximos días. Sobre todo porque ayer la encuesta del CIS pronosticó un empate técnico entre los dos principales partidos políticos, reduciendo la distancia entre ambos a 1,5 puntos de tal guisa que si el PSOE obtuviera un resultado en la parte baja de su horquilla y el PP en la alta, la diferencia en el Congreso sería de un escaño a favor de Rodríguez.

Hay quienes creen, y en eso coinciden las encuestas que tiene Génova con algunas que los responsables de campaña de Ferraz tienen sobre la mesa realizadas por Julián Santamaría, que es posible una victoria en votos del PSOE y en escaños del PP. Yo sí que no sé lo que va a pasar, y cualquier sorpresa es posible, pero lo que nos toca analizar ahora es una circunstancia especialmente novedosa, pues nunca se había llegado a unas elecciones en la primera legislatura de un gobierno, sea del signo que sea, con una perspectiva tan ajustada de resultado, en empate técnico entre los principales adversarios. Esa es una circunstancia, digo, que tiene que tener especialmente preocupado al estado mayor de Ferraz, aunque Rodríguez diga que confía plenamente en su victoria. Pero en este contexto se comprenden mejor las palabras de Rodríguez a Gabilondo y ese pronóstico de más tensión y más dramatismo para la campaña. El PSOE necesita movilizar a su electorado más a la izquierda, y eso se consigue con una provocación permanente a los sentimientos más primarios, esos que injustamente vinculan a la derecha democrática con el extremismo o con la dictadura.

Da igual lo que podamos decir en las tribunas de los medios sobre la inconveniencia de ese discurso. Es legítimo usarlo, aunque sea inmoral, sobre todo viniendo de una izquierda cuyos antecedentes democráticos dejan mucho que desear. Lo que no es legítimo es que como consecuencia de un discurso agresivo hacia la derecha democrática se agiten los sentimientos de sectores radicales hasta el punto de que pueda ponerse en riesgo la integridad física de dirigentes de la oposición. Pero esto es lo que viene haciendo la izquierda desde antes, incluso, de llegar al poder en marzo de 2004. Toda esta legislatura ha descansado sobre un acuerdo terriblemente antidemocrático que el PSOE firmó para obtener el poder en Cataluña como paso previo al Gobierno de España, el Pacto del Tinell, probablemente la operación política más perversa de toda nuestra reciente historia democrática. Lo es, porque el Pacto del Tinell es un monumento a la exclusión, y como tal un torpedo en la línea de flotación de la propia democracia. Como consecuencia de ese pacto, la derecha democrática y todo aquello que representa un modelo ético diferente del relativismo inherente a este Gobierno, han sufrido un acoso sin precedentes por parte de quienes buscaban su desaparición o, al menos, su marginación dentro del Estado. Rodríguez ha prometido tensión y dramatismo, y podemos prepararnos porque después de cuatro años ya sabemos lo que es eso: más agresión y más violencia contra la derecha democrática.

La campaña socialista se fundamenta en la permanente agresión al PP. Ese es su único elemento estratégico. Rodríguez no puede vender gestión, porque ha sido un desastre y, salvo sus guiños a determinados sectores sociales, lo demás es humo inconsistente. Tampoco puede vender programa, porque ya hemos visto que su programa es la improvisación permanente y una peligrosa concepción patrimonialista del poder y el culto al líder –“yo crearé tantos puestos de trabajo”, “yo he ahorrado tanto dinero”, “yo, yo, yo...”-. En lo que de verdad confía el PSOE para ganar las elecciones es en el miedo a la derecha. Por eso, si hasta ahora la derecha ha sufrido un acoso sin precedentes, a partir de este fin de semana vamos a asistir a una ceremonia de agresión como nunca antes se había visto en un sistema democrático. Y hay algo que cabe afirmar ahora: no es de recibo una victoria a cualquier precio. No puede valer todo, no puede ser que un Gobierno utilice todos los recursos del Estado, pagados con el dinero de todos los contribuyentes independientemente de su afinidad política, para su interés partidario. Hay que denunciarlo, porque en algún momento tenemos que conseguir que la ética vuelva a ser un componente esencial de la política.

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